Para citación: Tessada Sepúlveda,
V. (2024). Proyectos estatales de educación formal para niñas y mujeres del
campo. Chile, 1929-1960. del prudente Saber y el máximo posible
de Sabor, (20), 1-p. DOI: 10.33255/26184141/2033e0044
Proyectos estatales de educación formal para niñas y
mujeres del campo. Chile, 1929-1960
State Formal Education Projects for
Rural Girls and Women. Chile, 1929-1960
Vanessa Tessada Sepúlveda | Universidad Autónoma
de Chile. Chile
ORCID: 0000-0003-2884-5710
Recepción: 27/6/24. Aceptación: 9/8/2024. Publicación: 12/2024
Resumen
El presente artículo busca realizar un análisis acerca de la inserción de las mujeres y niñas habitantes del mundo rural en las propuestas educativas del Estado, especialmente, de aquellas que habitaron en el Valle Central de Chile entre los años 1929 y 1960. Hasta ahora, la bibliografía nos muestra que los estudios realizados en torno a la inserción de las mujeres y las niñas en el medio rural chileno son escasos, al igual que los que abordan su educación. El análisis se realiza sobre dos ejes. El primero se enfoca en rastrear las ideas que atravesaron la concepción sobre la mujer campesina y los argumentos que fundamentaron la necesidad de generar espacios educativos para ellas, a partir de voces femeninas que durante el período tomaron la representación de este sujeto excluido de la sociedad. El segundo eje propone delinear las iniciativas educativas que desde la institucionalidad estatal se generaron hacia las niñas y mujeres del campo en la educación primaria y secundaria. Se propone que el Estado habría tenido una «aparente despreocupación» por la educación de las mujeres y niñas campesinas, salvo a nivel de la alfabetización primaria. En este sentido, hasta la década de los sesenta no la pensará como un sujeto productivo. La investigación se ha realizado a partir de la documentación del fondo del Ministerio de Educación Pública presente en el Archivo Nacional de la Administración, producción de egresadas de la Escuela de Servicio Social Elvira Matte Cruchaga de la Universidad Católica y material hemerográfico obtenido en la Biblioteca Nacional de Chile.
Palabras
claves:
educación, espacio rural, mujeres
Abstract
This article seeks to carry out an analysis about the
insertion of women and girls living in the rural world in the educational
proposals of the State, especially those who lived in the Central Valley of
Chile between the years 1929 and 1960. Until now, the existing literature shows us that the studies
carried out on the insertion of women and girls in rural Chile are scarce, as
are those that address their education. The analysis is carried out on two
axes. The first focuses on tracing the ideas that went through the conception
of peasant women and the arguments that founded the need to generate
educational spaces for them, based on female voices that during the period took
the representation of this subject excluded from society. The second axis
proposes to outline the educational initiatives that were generated from state
institutions towards rural girls and women in primary and secondary education.
It is proposed that the State would have had an “apparent lack of concern” for the
education of rural women and girls, except at the level of primary literacy. In
this sense, until the sixties he did not think of it as a productive subject.
The research has been carried out based on documentation from the Ministry of
Public Education fund present in the National Administration Archive,
production by graduates of the Elvita Matte Cruchaga School of Social Service
of the Catholic University and newspaper material obtained from the National
Library from Chile.
Keywords: education, rural space, women
Introducción
¿Para qué educar
a mujeres y niñas campesinas? ¿Cómo hacerlo? ¿Qué iniciativas se formularon
desde el Estado? Estas simples preguntas son las que abordaremos en este
artículo, en el que, a partir de la revisión de archivos documentales,
buscaremos analizar, visibilizar y problematizar la educación de las niñas y
mujeres que habitaron, especialmente, en el Valle Central de Chile entre los
años 1929 y 1960. Escogimos estas dos fechas porque marcan, a nuestro parecer,
dos momentos importantes para la formación de mujeres en el mundo rural: el año
1929 con la concreción de las Escuelas Normales Rurales para la formación de
docentes primarios para el campo, que forma parte de las iniciativas ruralistas
en la educación primaria y que se convirtió en una alternativa para la
formación de jóvenes provenientes de sectores rurales; y 1960 abre un segundo
período con la inauguración de la primera escuela agrícola para mujeres por
parte del Ministerio de Educación Pública, cuyo objetivo era la formación
técnica de mujeres de cara a la Reforma Agraria.
Hasta
ahora, la bibliografía nos muestra que los estudios realizados en torno a la
inserción de las mujeres y las niñas en el medio rural chileno son escasos. Más
bien, la mayoría de las investigaciones acerca de los procesos modernizadores
del Valle Central del país vividos durante el período de estudio obliteran la
participación de las mujeres en esos procesos, mencionan de manera tangencial
las consecuencias que la modernización agrícola tuvo en la vida de las mujeres
y niñas, se centran en las transformaciones de la familia como núcleo
productivo o integran de manera invisibilizada la participación de las mujeres
en la «obligación» del inquilino.
El
«inquilinaje» fue el sistema de trabajo más importante en el área del Valle
Central (este término designa a la zona entre Aconcagua y Ñuble) caracterizada
por la explotación agrícola a partir de la gran hacienda. Los campesinos,
denominados inquilinos, a través de un contrato llamado «obligación», mantenían
un pedazo de tierra dentro del latifundio a cambio de trabajo y especies. La
«obligación» debía ser acordada por un hombre de la familia y, como parte ella,
la familia del inquilino debía cumplir con ciertos trabajos en los fundos. Este
modelo generó una estratificación social profunda en el medio rural, gracias a
la cual los hacendados lograron mantener cuotas de poder político, económico y
social, que muchas veces usaron para impedir o ralentizar los procesos de
transformación del campo (Bengoa, 2015).
Las
investigaciones de las transformaciones del medio rural que han incluido la
perspectiva de género indican que hubo consecuencias diferenciadas para hombres
y mujeres. Ximena Valdés, una de las exponente más importantes de estas
investigaciones junto al grupo CEDEM (Centro de
Estudios de la Mujer), indica que la modernización del campo fue un proceso
contradictorio para las mujeres de la hacienda. Por un lado, la mecanización y
modernización del campo les hizo perder espacios de inserción laboral y sus
saberes tradicionales cayeron en desprestigio (Valdés, 1988). Por otro lado, el
arquetipo de familia pensado para el modelo económico implementado no se pensó
desde la especificidad rural donde los roles femeninos se significaban de
manera distinta. En este sentido, Valdés (2020) aduce que ser «dueña de casa»
no se restringía a la reproducción en el hogar, sino que debían trabajar en
aquellas labores indicadas por los patrones, por lo menos, hasta que se integró
el salario a las familias y se configuró el modelo de esposo proveedor.
La
bibliografía también rescata una incipiente incidencia de las mujeres en las
transformaciones sociales y políticas. Para el período de convulsiones de la
década de los treinta, María Angélica Illanes (2019), releva la participación
de trabajadoras de campo asalariadas (las lecheras) y la asociación en torno a
los «Comités de dueñas de casa». En los años sesenta, se ha investigado su
integración en los centros de madres y juntas de vecinos, donde lograron
desarrollar nuevas formas de sociabilidad femenina (Oxman, 1983; Tinsman,
2017). Asimismo, se ha analizado su inserción laboral en el tránsito desde el
régimen hacendal al trabajo por temporadas en el modelo agroexportador
instaurado por la dictadura de Pinochet (Valdés, 2020).
Estas
investigaciones que abordan a las mujeres en la producción agrícola y el
espacio rural abren preguntas acerca de cómo los fines de la modernidad para
las mujeres rurales no implicaron las mismas transformaciones y mejoras que
para las mujeres urbanas. Es decir, mientras que en el espacio urbano, desde el
siglo XIX, encontramos que se levanta el sujeto mujer política
que reclamaba una ciudadanía activa, derecho igualitario a la educación,
participación política y emancipación intelectual ante la restricción y
negación de derechos en la construcción de la República (Castillo, 2021); para
las mujeres del campo, los planes de modernización y mejoramiento entendieron
la instrucción como alfabetización y trabajo doméstico, dejando de lado la
autonomía, los derechos y la emancipación individual. Así, si bien desde 1915, como apunta Castillo
(2021), las mujeres tienen derecho a la educación, —que la autora ejemplifica
en la existencia de escuelas, liceos y la apertura de la Universidad para las
mujeres—, cabe preguntarnos: ¿qué acceso tenían las niñas y mujeres que
habitaban los espacios rurales a esta modernidad de derechos para las mujeres?
¿había algo más allá de la educación primaria?
Una
mirada comparada nos muestra, por una parte, que la educación rural y agrícola
de las mujeres ha sido un tema poco abordado desde la historiografía y, por
otro, que las alternativas educativas para las niñas y jóvenes eran reducidas.
En Argentina, los objetivos que atravesaron la educación agrícola y rural para
las mujeres pasaban por las ideas de la construcción de la nación: civilizar,
pero, sobre todo, entender a la familia como espacio para lograr el arraigo en
la tierra. En este sentido, las mujeres fueron concebidas como reproductoras
para el mejoramiento del hogar, por lo que la transmisión de conocimientos
agrícolas se centró durante gran parte del siglo XX en el
hogar, invisibilizando el aporte económico de la mujer-madre campesina
(Gutiérrez, 2019). Esta visión produjo una educación diferenciada que se
canalizó a través del extensionismo y se organizó primero a través del
Ministerio de Asuntos Agrícolas y luego del INTA
(Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria), instituciones que ponen en
funcionamiento los programas de Hogar Rural y los Centros de Hogar Agrícola
para preparar a madres rurales y maestras para los cursos de hogar rural y
agrícola; luego, el INTA crea una Sección
de Hogar Rural, dando continuidad a esta visión acerca del papel femenino,
centrándolo en el arraigo de la familia en el campo. Como vemos, el esfuerzo de
preparación agrícola de las mujeres fue llevado adelante por instituciones
productivas y no por las educativas (Gutiérrez, 2014, 2019; Peirano, 2006).
En
Uruguay, desde principios del siglo XX se
piensa en el papel que debería cumplir la mujer en el medio rural. En la visión
del Programa de Educación Rural (1917) se confirmaba la visión civilizadora de
la educación en el medio rural, y se evidenciaba que la mujer contaba con
características específicas para realizar esa labor. Con ello, se reproducía la
idea de las mujeres como transmisoras educativas para el espacio doméstico. Es
decir, la importancia de la educación de las niñas se basaba en la repercusión
que tenía en el hogar campesino (Clavero, 2022). Las pedagogías ruralistas de emergencia
posterior propusieron la idea de la necesidad de formar educadores con
conocimientos específicamente rurales, sin diferenciar entre maestros y
maestras (Reisin, 2023).
Así,
el objetivo de este artículo es realizar un análisis acerca de la inserción de
las mujeres y niñas habitantes del mundo rural en las propuestas educativas del
Estado. Nuestra propuesta se mueve sobre dos ejes. El primero, se enfoca en
rastrear las ideas que atravesaron la concepción sobre las mujeres campesinas y
los argumentos que fundamentaron la necesidad de generar espacios educativos
para ellas, a partir de voces femeninas que durante el período tomaron la
representación de este sujeto excluido de la sociedad. El segundo eje, propone
delinear las iniciativas educativas que desde la institucionalidad estatal se
generaron hacia las niñas y mujeres del campo.
A
partir del análisis de ambos ejes, lo que proponemos es que, primero, las
personas que testimoniaron, analizaron u opinaron sobre la situación de las
mujeres campesinas en el período estudiado coinciden en un diagnóstico que
resaltaría las carencias culturales, sociales y económicas en que habitan las
mujeres del campo, cuyo análisis nos permitiría vislumbrar una interpretación
jerarquizada de lo urbano por sobre lo rural, que, por lo tanto, no buscó
comprender las formas de vivir en el campo, sino que las leyó desde una mirada
«urbanocéntrica». Una segunda propuesta apunta a que el Estado habría tenido
una «aparente despreocupación» por la educación de las mujeres y niñas
campesinas, salvo a nivel de la alfabetización primaria. En este sentido, hasta
la década de los sesenta no la pensará como un sujeto productivo. Por último,
creemos que la construcción sexo-genérica que deriva tanto de las lecturas
sobre la vida campesina y sus necesidades, como de los fines de la educación se
pensaron desde la familia tradicional urbana como referente, sin buscar
comprender los significados de la vida en el campo ni su valorización.
Para
llevar adelante esta investigación tomamos documentación proveniente de
variadas fuentes: el fondo del Ministerio de Educación Pública presente en el
Archivo Nacional de la Administración, producción de egresadas de la Escuela de
Servicio Social Elvita Matte Cruchaga de la Universidad Católica y material
hemerográfico obtenido en la Biblioteca Nacional de Chile.
El
texto comienza con la descripción del contexto socio-histórico entre 1929 y
1960. En una segunda parte, analizaremos diversos textos que hablan de las
condiciones de vida de la mujer campesina. En la tercera parte, analizaremos
las propuestas educativas que desde el Estado se realizaron para la integración
de las mujeres en la educación, abordaremos la educación primaria y la
educación profesional. Por último, presentaremos las conclusiones.
Contexto: el
espacio rural, la modernización agrícola y la educación
Durante la
primera mitad del siglo XX se produce una
preocupación por el campo. La depresión económica de los años 30, no solo dejó
al descubierto la fragilidad del país ante los mercados internacionales sino
que develó la subutilización y escasa producción agropecuaria del sistema de
latifundios en el valle central chileno. Ante esto, los gobiernos adoptaron el
modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), que
intentó impulsar de manera importante la industria nacional y que repercutió en
la necesidad de modernizar las explotaciones agrícolas, sobre todo, para lograr
el abastecimiento interno. Pese a ello, las investigaciones dan cuenta que «el Estado
invirtió menos recursos en educación, salud, infraestructura y otros servicios
para el sector rural que para el sector urbano, y los pobres del campo fueron
los más discriminados» (Robles y Kay, 2018, p. 117). Cuestión que no llama la
atención pues, pese a que el discurso político del Frente Popular (que gobernó
entre 1938 y 1952) visibilizó al sujeto campesino, no se logró promulgar una
ley de sindicalización campesina (lo que recién se lograría en 1967); y tampoco
se generó un sistema de reorganización de la gran propiedad de la tierra,
manteniendo el modelo de Caja de Colonización Agrícola creada a principios del
siglo XX. Así, como afirma José Bengoa
(2015), el proceso de modernización técnica de las haciendas
suscitado durante el período no logró remover la estructura hacendal ni el
trabajo inquilino.
Estos
cambios estuvieron acompañados por transformaciones a nivel educativo pues,
como veremos, se produce un diálogo entre el Estado docente y las necesidades
económicas del país. Esta convergencia abrió paso a un pensamiento pedagógico
«ruralista» entre la docencia primaria que circuló a nivel latinoamericano, que
implicaba un intento de modernización de la vida rural, a través del
establecimiento de una relación entre la educación en el medio rural y el
desarrollo económico local (Reisin, 2020). No obstante, este impulso, que se
dio especialmente a nivel de la educación primaria, fue perdiendo fuerza. Como
ha investigado Camila Pérez, desde la década de 1940 se produce una
homogeneización del currículo que «urbaniza» la formación escolar (2018).
Asimismo, al igual que en el
resto de América Latina, el analfabetismo se presentó como un problema endémico
del mundo rural. En 1920, el 49,7 % de la población nacional era analfabeta, y
para 1960 era del 34,6 %, es decir, en 40 años solo había logrado disminuir
cerca del 15 % (Gutiérrez, 1975). A eso, se sumaban otros problemas educativos
de larga duración en el mundo rural: el alto ausentismo y deserción escolar,
problemas de cobertura escolar, condición de mano de obra de los niños, niñas y
jóvenes y poca valorización por parte de las familias de la educación (CIDA, 1966; Pérez, 2020). Con la
llegada de Pedro Aguirre Cerda y del Frente Popular a la presidencia se impondrá una política
educativa que buscó ampliar la cobertura, preparar a los alumnos para el
trabajo y subsanar las deficiencias en alfabetización. Así, durante su período
(1938-1941) se crearon 18 nuevas escuelas de enseñanza industrial y de minas y
se pusieron en práctica campañas de Alfabetización Popular (Superintendencia de
Educación Pública, 1965). Además, se apostó por el mejoramiento del mundo rural
a través de la educación no formal que se desplegó a través del Instituto de
Información Campesina (1939), el cual se transforma en 1941 en el Instituto del
Inquilino.
De
igual manera, desde el Ministerio de Educación Pública se comienza a perfilar
la educación profesional. Con respecto a la educación agrícola, con la fundación del Ministerio de
Educación Pública en 1927 se crea el Departamento de Educación Secundaria y se
aloja allí una Sección de educación agrícola, comercial e industrial. En la
década de los cuarenta, la Sección se convierte en Dirección de Enseñanza
Profesional y en la década de los cincuenta, se convierte en Dirección de
Educación Profesional que alberga el Departamento de Educación Agrícola. Esta
Dirección tenía la obligación de vigilar la dirección técnica pedagógica y administrativa
de la educación agrícola, comercial, industrial y técnica femenina.
Representaciones
sobre las mujeres campesinas
En este escenario
de mejoramiento económico del mundo campesino y de transformaciones políticas y
educativas, las mujeres campesinas tuvieron un lugar que podemos caracterizar
como relegado y secundario. Como ha ido develando la investigación de archivo
realizada, hubo pocas iniciativas de carácter estatal, tanto de carácter formal
o no formal, que tuvieran como sujeto principal a las mujeres en el período
abordado. Asimismo, no ha sido fácil encontrar, en medio de esta vorágine de
transformación y de importancia del medio rural, voces y textos que aborden de
manera específica las condiciones de la mujer campesina y su educación.
Sin
embargo, esta situación no sorprende. Teresa María Ortega (2015), siguiendo a
Rosario Sampedro y Sarah Whatmore, da cuenta de que la desatención
historiográfica hacia las mujeres campesinas y rurales esconde una mirada
«androcéntrica» y «agrocéntrica» que pone en el centro a los procesos de
modernización económica y técnica, y cuyos protagonistas son agricultores,
campesinos y jornaleros. Por otro lado, las visiones tradicionales también
ignoran la actuación de las mujeres en aquellos procesos y no relevan los
espacios de la reproducción o no valoran la actuación en los espacios
cotidianos. Asimismo, el feminismo ha tenido una mirada «urbanocéntrica» que ha
entendido el espacio rural de manera jerárquica, por lo tanto, como secundario
y marginal. Así, ha interpretado desde ese paradigma, por ejemplo, los límites
de lo privado y lo público, de lo productivo y reproductivo. A esta desatención historiográfica por las
mujeres campesinas, podríamos sumar el contexto local, en que hay baja
alfabetización, poca participación en agrupaciones y una falta de derechos que
no solo afecta a las mujeres, sino a los hombres campesinos y peones.
Por lo
dicho, para poder explorar las condiciones específicas de las mujeres
campesinas en el período de estudio, nos hemos topado con dificultades, tanto
en encontrar su voz en la documentación, como su representación de manera
individualizada respecto del contexto campesino. Aquí trataremos, a partir de
un corpus de textos de distintas proveniencias, las condiciones de vida de la
mujer campesina. Estos textos, que serán listados a continuación, están
elaborados por algunas mujeres trabajadoras de haciendas que experimentaron el
trabajo campesino o que hablan desde el compromiso político y feminista (Elvira
Ramírez, Eliana Sagredo, Carmen, Rebeca Muñoz), por educadoras que se
preocuparon por el espacio rural (Graciela Mandujano, Dora Gaete, Amanda Labarca)
y por visitadoras sociales rurales (Marta Ugarte y María Luisa Undurraga).
El
corpus de textos analizados es el siguiente: Elvira Ramírez, La vida de la mujer en el campo
(1935); Amanda Labarca, El mejoramiento de la vida campesina (1936);
Carmen, La Lechera (1936); Entrevista a Graciela Mandujano (1939)
realizada por el MEMCH; Marta Ugarte, Observaciones sobre los problemas del campo. La mujer campesina
(1940); Rebeca Muñoz, Mujeres campesinas (1940); Dora Gaete
(entrevista), La primera granja escuela femenina y su
directora (1943); Eliana Sagredo, La
mujer campesina en la lucha del pueblo (1943); Georgina
Durand, Entrevista a Graciela Mandujano (1945); Dora Gaete, Escuela
Granja Femenina (1948a) y María Luisa Undurraga, El Servicio
Social Rural (1952).
El
análisis lo hemos dividido en tres categorías: la primera es la caracterización
de la mujer campesina, sus habilidades y la construcción sexo-genérica sobre su
labor en la sociedad; en segundo lugar, se habla de las condiciones materiales
en que viven las mujeres del campo; y, por ultimo, hemos abordado los dichos
sobre la educación de las mujeres del campo.
Características de la mujer campesina
Una de las
características que más se destaca de la mujer campesina es su condición de
madre, lo que infiere de ella aptitudes (entendidas como virtudes) como la
abnegación y el sacrificio. Amanda Labarca dice de ella, que es «muchísimo más consciente de
su responsabilidad, más apta para la abnegación, más capaz de sacrificios que
el padre» (Labarca, 1936, p. 143). Para las visitadoras sociales también es del
rol maternal desde donde emergen sus principales aptitudes: «Su corazón de
madre, capaz de heroicos sacrificios, de sublimes cariños, de constantes
renunciamientos» (Ugarte, 1940, p. 23). En este sentido, esas «virtudes» le
permiten no solo afrontar la maternidad, sino también sus condiciones de vida,
trabajo y familiares.
Sin
embargo, hay que recalcar que pese a que en la lectura sexo-genérica la maternidad, el sacrificio y el
cuidado son naturales a las mujeres, los textos analizados coinciden en que las
mujeres deben ser educadas para dar cumplimiento a su rol: «la madre no posee
ni los más indispensables conocimientos que necesita para desempeñar sus
labores del hogar; basta seguirla un momento en el desempeño de sus tareas
diarias para convencerse de eso» (Ugarte, 1940, p. 28). Cuestión que se podría
explicar, por un lado, porque esta desvalorización responde a los procesos de
modernización del conocimiento, provenientes de las ciudades, y por otro, debido
a que no hay valoración por los saberes campesinos, transmitidos por la
oralidad.
Otros prejuicios patriarcales definen a las mujeres campesinas. En la construcción binomial de las características femeninas y masculinas, las encontramos alejadas de la intelectualidad y la cultura y más cercanas a la emocionalidad y la naturaleza. Graciela Mandujano retrata a la campesina como una persona indiferente a la cultura, a la civilización y a la estética (Mandujano, 1939). Idea que se repite transversalmente en los textos:
Se convendrá en que intelectualmente es
ella el reflejo de la más completa desorientación. Su vida es una continua
producción de actos aislados, que no guardan entre sí relación alguna […] Y no
es que su proceder obedezca a un criterio errado, no; es sencillamente, que
carece de criterio, que todo lo hace al azar. (Ugarte, 1940, p. 24)
Dora Gaete, educadora, redunda en esta
misma interpretación. Para ella, la campesina: «Es el elemento más ignorante
del campo: supersticiosa, desaseada, inclinada a la pereza» (1948a, p. 21).
Estas características se
repiten para su presentación personal: «Su rostro, su peinado, su vestido,
revelan despreocupación: no hay detalles en ella que indiquen su deseo de
parecer atractiva, así como en su casa rara vez se encuentran huellas de su
mano femenina» (Ugarte, 1940, p. 29). Entendiendo que la «mano femenina»
refiere a la delicadeza que debería prodigar la mujer y al interés por parecer
atractiva a los hombres, ambas características que están ausentes en la mujer
campesina.
Condiciones
de vida
De acuerdo con los análisis, las
características de la campesina, si bien se derivan de su naturaleza femenina,
su desarrollo está supeditado a sus condiciones materiales de vida y trabajo.
La vida en la hacienda y, sobre todo en régimen de inquilinaje, sometía a las
familias a vidas precarias. Los textos analizados abordan repetidamente las
carencias de la vida cotidiana de estas mujeres. Las casas campesinas son descritas como
«pocilgas inmundas» (Ramírez, 1935, p. 2), que «carece[n] muchas veces de las
más indispensables condiciones para asegurarles siquiera la salud y moralidad»
(Ugarte, 1940, p. 33). La miseria y pobreza de las habitaciones, el
hacinamiento y la promiscuidad son elementos que dan cuenta de las condiciones
de vida de las familias campesinas. Es decir, las malas condiciones materiales
redundaban en problemas morales, de los que las campesinas no estaba exentas.
Con respecto al trabajo, no
hay valoración por la inserción laboral de la mujer. Sus aportes son
considerados limitados, pues el régimen hacendal y la familia la constreñían a
labores como lechadoras, chacareras, viñateras, lavanderas o cocineras, todas
ellas desarrolladas en condiciones de indignidad. Rebeca Muñoz describe así la
vida de la mujer trabajadora: «Viven su vida lóbrega y tétrica nuestras mujeres
campesinas. Sufridas y silenciosas levántanse al alba, cumplen su doble papel
de esposas y madres, a la vez que trabajan para el patrón» (1940, p. 6).
Esta mirada evalúa el papel de
la mujer desde el modelo burgués de familia, con una madre centrada en lo
doméstico y no como parte de la producción. Así, las condiciones laborales del
hombre campesino impedirían a las mujeres hacerse cargo plenamente de sus
familias y hogar, y los trabajos que pudiesen realizar tampoco les significaría
algún tipo de autonomía económica.
La madre que necesita trabajar para el
sustento de sus hijos, si no quiere abandonarlos por completo, está limitada a
hacer solo de lavandera, y eso solo para aquellas que viven cerca de la ciudad.
Para las otras, solo les queda la expectativa de desempeñar trabajos agrícolas
dentro de la propiedad donde residen. Y la mujer, no solo no está en
condiciones de poder elegir, sino simplemente debe someterse a aceptar aquella
actividad que el fundo le ofrece. (Ugarte, 1940, p. 31)
En este sentido, la evaluación de las
familias rurales en las condiciones descritas impiden tanto la realización de
la mujer en el modelo de familia propuesto, así como estiman también la
insuficiencia del hombre como esposo proveedor.
Posibilidades
organizativas y educativas
Los textos que hemos trabajado mantienen
una mirada que desde la experiencia urbana dialogan con el mundo rural,
estableciendo una relación de cooperación entre ambos espacios, que, en mucho
casos, se plantea como jerárquica. Desde organizaciones de mujeres, en este
caso el Movimiento pro Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH), se hace desde su revista La Mujer Nueva un llamado a apoyar a las
campesinas en su organización: «Y es justamente
en este punto donde necesitan nuestra ayuda: para impulsar la unión de todas
las mujeres trabajadoras del fundo y para que se sientan apoyadas por las
mujeres de la ciudad» (Carmen, 1936, p. 4).
Otras visiones acerca de la
organización de mujeres apuntan a fortalecerlas para luchar junto al hombre,
subordinando la especificidad femenina al mejoramiento colectivo: «Hay
que rodear de cariño a la mujer campesina, a fin de que se ponga al lado del
hombre, estimularlo con sus luchas, ayudar en el trabajo organizativo necesario
para alcanzar mejores condiciones de vida en el campo» (Sagredo, 1943, p. 5).
De esta manera, vemos que hay dos vías de acercamiento a la organización
femenina. Una que las llama a unirse desde su identidad de mujeres para su emancipación;
y otro en que cumplirían el papel de compañeras del luchador social.
Junto
con la organización, la educación forma parte del camino de mejoramiento de la
vida campesina. Desde una mirada conservadora, es el patrón el que debe apoyar
a las mujeres: «Es que no tenía los
medios necesarios para triunfar, sus recursos eran muy limitados. Su ignorancia
le cerraba todas las posibilidades de mejorar […] Ella no fue nunca a la escuela, ni siquiera
conoce las letras. Hubo seres que la pudieron haber ayudado: los patrones»
(Undurraga, 1952, p. 519). Esta mirada será predominante en sectores ligados a
la Iglesia Católica y, como hemos visto en otras investigaciones no apuntan a
la transformación social, sino que a la mantención del orden social hacendal (Tessada,
s.f.).
A través de Dora Gaete conocemos otra mirada, una
feminista. Para educar a la mujer campesina para su emancipación primero era
necesario romper los prejuicios acerca de la educación femenina. Para ella, la
escuela debía ser: «el primer lugar de agente de la cultura campesina»
(Franko, 1943, p. 34), que permita un desarrollo pleno, económico e individual
y que arraigue a las familias a la tierra:
Creo que tendrán que convenir en que el
destino de la niña campesina no es únicamente ser empleada doméstica en el
pueblo más cercano, […] Tendrán que estar de acuerdo en que la vida rural
ofrece muchas posibilidades […] Pero no se trata de preparar a la niña del
campo para un trabajo más remunerativo, sino de destruir el prejuicio de que en
el campo no se puede ser feliz […] que enseñe a la mujer a encontrar en los
campos la felicidad, el bienestar y la fuente de economía que tanto anhela.
Esto, paralelamente a la entrega de los conocimientos necesarios para
desempeñarse eficientemente en el hogar y en el trabajo agrícola. (Franko,
1943, pp. 32-33)
Estas propuestas
apuntaban a la escasez, o más bien, insuficiencia de espacios formadores
específicamente de mujeres en el área rural. Graciela Mandujano, quien fuera
subdirectora del Instituto de Información Campesina y militante del MEMCH,
hablando de la mujer chilena en general, indica «que solo falta que el sistema
educacional se preocupe más de sus potencialidades y le abra oportunidades
mejores de servicio y de desarrollo de sus aptitudes» (Durand, 1945, p. 179).
¿Qué formación
dar a las mujeres? Propuestas educativas desde el Ministerio de Educación
Pública
Durante las tres
décadas que abarca este estudio, las condiciones de vida de las mujeres en el
espacio rural se modificaron muy poco. Los textos recién analizados nos
permiten colegir que existía una necesidad por mejorar esas condiciones de
manera amplia, desde lo material a lo cultural. Las formas de llevarlo a cabo y
los valores y modelos sexo-genéricos que alimentarían esas mejoras, específicamente
las educativas, son dispares y responden a posturas ideológicas y religiosas. A
continuación, indagaremos en aquellas promovidas por el Ministerio de Educación
Pública.
La educación primaria y normal rural
En la década de los treinta emergen
respuestas desde la educación primaria y normal a las necesidades educativas
del campo. La discusión y promulgación de la Ley de Educación Primaria
Obligatoria en 1920 conformó un paso importante en la obligatoriedad de la educación primaria
rural. Aunque estaa se restringió a los cuatro primeros años de escolarización,
la cobertura se expandió no solo a los pueblos o asentamientos rurales sino que
también se obligó a los dueños de fundos donde hubiese más de 20 niños
susceptibles de asistir, a mantener una escuela primaria (Pérez, 2018; 2020).
Estas nuevas disposiciones estuvieron acompañadas de otras directrices que
apuntaron al fortalecimiento de la escuela rural. En 1930 se dictaron las
«Disposiciones complementarias especiales para las escuelas rurales» (Decreto
3143 del 7 de junio), donde se definía el carácter específico de la escuela
rural y en 1932 se creó la Sección Rural en la Dirección de Educación Primaria.
En estos años, la modernización, el mejoramiento económico y el arraigo a la
tierra eran los objetivos perseguidos por la escuela rural (Pérez, 2018;
Tessada y Pérez, 2024).
Desde una mirada de género,
las niñas fueron integradas a la escuela primaria, pues estas eran
principalmente mixtas, sobre todo en el medio rural. Las investigaciones
indican que durante finales del XIX y principios del XX hubo una matrícula importante de niñas (Ponce de León, 2010). Pese a
ello, los datos arrojados por los distintos censos nacionales informan una
mayor tasa de analfabetismo entre las mujeres de sectores rurales, números que
podrían hacer cuestionar los alcances de la escolarización en estos sectores.
El impulso ruralista de la
educación primaria cristalizó en la creación de Escuelas Granjas, una escuela
primaria rural, de primera clase (es decir, con todos los niveles de primaria)
y que debía mantener un terreno de más de cinco hectáreas para la
experimentación y conocimiento de prácticas agrícolas por parte de los alumnos.
Estos establecimientos educacionales funcionaban en régimen de internado y
reunían la realización del plan curricular primario con el desarrollo de
conocimientos rurales y técnicos agrícolas amplios, pero a la vez
contextualizados a sus territorios. Este modelo se extendió por el país y
encontramos su presencia hasta la década de los años sesenta (Tessada y Pérez,
2024).
Sin embargo, las escuelas
granjas no estaban pensadas para la preparación de mujeres. Algunas de ellas,
como la escuela granja Pocuro, contó con una modalidad externado para la
preparación de niñas y jóvenes con cursos de economía doméstica, higiene,
confección o puericultura. Es decir, no existió una formación permanente en
conocimientos agrícolas para ellas (Dirección de Educación Primaria, 1941).
En 1943 esa realidad
cambia. Por impulso de la profesora Dora Gaete Pequeño, el Estado inauguró la
Escuela Granja Femenina N.° 40 en la localidad de San Vicente de Tagua Tagua,
Colonia Pedro Aguirre Cerda. Este escuela granja es la única iniciativa para
mujeres de este estilo que conocemos, sin embargo, tuvo una corta vida (1943 a
1948). Para Dora Gaete la finalidad de la escuela rural era formar a mujeres y
hombres en términos de igualdad, es decir, debía ser una educación que se
alejara de los prejuicios asociados al género femenino, que propendiera a la
emancipación y al arraigo en la tierra. De acuerdo con su pensamiento:
1. La escuela debe formar un tipo rural (hombre o mujer) para que actúe
favorablemente en su medio.
2. La escuela debe enseñar al hombre y a la mujer a encontrar en la tierra
la fuente de su emancipación económica y social.
3. La escuela debe servir a la colectividad. (Gaete, 1948a, p. 14).
La Escuela Granja Femenina ofrecía la
formación de «Obrera Agrícola calificada» y de «Dueña de casa campesina». La
primera, con más asignaturas dedicadas a industrias agropecuarias,
contabilidad, legislación social y conocimientos elementales de agricultura; la
segunda, con economía doméstica, industrias caseras, y negocios en pequeña
escala. En ambas, la formación apuntaba a la finalización de la educación
primaria, una formación agrícola básica, educación en puericultura y educación
sexual y religión y moral. También, y de manera importante, entregaba
herramientas para obtener entradas económicas propias.
Oscar Bustos, por esos años director de Educación Primaria, reconocía que: «en nuestro propio país, son muchas las mujeres campesinas que comparten eficazmente con el hombre las actividades relativas al cultivo de la tierra» (Dirección de Educación Primaria, s/f). Sin embargo, en su concepción redunda una visión tradicional y reproductiva de la labor femenina, es decir, atada a su papel maternal y cuya educación constituiría una influencia positiva en la familia. No está en su visión la autonomía de las mujeres ni su emancipación económica:
Hay que arraigar al niño campesino a la tierra, estimulando por medio del trabajo agrícola realizado dentro de la escuela, su natural inclinación por las faenas del campo […] Cuando el padre se dé cuenta de que su hijo ha aprendido en el colegio una técnica nueva […] comenzará a sentir por la escuela un interés que antes no tenía […].
Ahora bien, nadie tiene más posibilidades por su sexo y por las funciones que desempeña en el hogar, que la mujer para realizar este propósito. Su capacidad de penetración ha sido utilizada más bien con móviles políticos y religiosos y muy poco o nada con finalidades educacionales y sociales, actividades que se acomodan mejor con la psicología de la mujer y que tienen más profundas y trascendentales consecuencias.
Es la mujer la que custodia más directamente que el hombre la educación del niño y la que por su naturaleza está más cerca de él. Sin embargo, no se ha cuidado en forma especial de mejorar su cultura y de robustecer su personalidad. (Dirección de Educación Primaria, s/f, p. 8)
De acuerdo con investigaciones previas
(Tessada, 2023), esta escuela cerró tras un sumario levantado contra su
directora que denotó: «el peso de los prejuicios sobre las capacidades
femeninas, [y] la estructura patriarcal tradicional que el proceso de
modernización del agro ayudó a consolidar» (p. 229). Como denunció Gaete en esa oportunidad: «La
mitad del campo quedará, otra vez, sin educación» (Gaete, 1948b, p. 260).
Finalmente, la escuela granja N.° 40 de San Vicente reabrió en 1949 convertida
en escuela granja masculina y se estipuló en el Reglamento de las Escuelas
Granjas de ese mismo año, que estas escuelas estaban para «formar
hombres capaces de comprender e impulsar las posibilidades económicas que les
ofrece el trabajo agrícola y su significado en la prosperidad del hogar y de la
Nación» (Ministerio de Educación Pública, 1949, p. 3), excluyendo
específicamente a las mujeres de esta formación agrícola.
El aliento ruralista de los
años treinta también tocó la formación del magisterio normal. Uno de los
problemas de largo aliento de la escolarización rural era el profesorado, tanto
en su preparación como en su número, condiciones de trabajo y remuneración. Con
la reforma a la enseñanza normal de 1929 (Decreto Ley 5100), se crearon las
Escuelas Normales Rurales, las que se ubicarían en los centros agrícolas del
país (Pérez y Rodríguez, 2021). Estas escuelas contaron con un currículo
diferenciado con asignaturas relacionadas al mundo agrícola y, como indican Cox
y Gysling (1990) que se enfocaba principalmente en el carácter alfabetizador de
la escuela rural. Hubo, por lo menos, siete escuelas normales rurales en el
país entre masculinas, femeninas y mixtas.
Para las niñas y jóvenes, las
escuelas normales, entre ellas las rurales, abrieron un camino de ascenso
social, de actuación en el espacio público y de asumir roles de liderazgo
gremial y social (Núñez, 2010). Todo ello como parte del proceso de
feminización de la docencia primaria (Egaña, Salinas y Núñez, 2000; Pérez y
Rodríguez, 2021; Fiorucci et al., 2022). Lamentablemente, no
contamos con investigaciones específicas que nos aporten datos cuantitativos
acerca de la integración jóvenes provenientes de espacios rurales en la
formación normalista.
En las Escuelas Normales
Rurales, la formación específicamente rural se fue diluyendo con el paso del
tiempo, hasta ser prácticamente irrelevante en los años sesenta. Esa misma
década transformó la educación normalista en una formación postsecundaria,
acabando con la formación exclusivamente en internado y avanzando hacia la profesionalización.
Ahí, la preocupación se trasladó a la especialización disciplinar y el
currículo se homogeneizó totalmente con el urbano (Pérez, 2017; 2018).
Por último, cabe mencionar que
en la década de los cuarenta el Estado se propuso —en la línea de la
experimentación educacional— la creación de las llamadas «zonas
experimentales». Estos espacios tenían como objetivo promover la integración de
los servicios educativos, bajo las ideas de la educación democrática, la
continuidad y la diferenciación educativa, incorporando las necesidades de los
territorios donde se implementarían. La zona más importante fue la «Zona
Experimental San Carlos», ubicada en las cercanías de Chillán, un lugar
altamente agrícola, por lo que se pensó desde la educación rural, de la
capacitación agrícola, la vida campesina y sus industrias derivadas. Sin
embargo, no contaba con una mirada de género, solo la escuela primaria y la
formación normal se pensaron con carácter mixto (Ministerio de Educación
Pública, 1946; Superintendencia
de Educación Pública, 1965). El plan experimental San Carlos fue de corta duración.
En 1948 fue desmantelado debido a que intereses económicos y políticos
obstaculizaron su desarrollo. (Rubio et al, 2019).
«Campesinas de probeta»: La educación profesional agrícola
para mujeres
Desde el área de
la formación profesional, es decir, técnica para el trabajo, la inserción de
las mujeres fue igualmente lenta. Si bien la idea de reunir progreso económico
y preparación técnica provenía del siglo XIX, la
crisis económica de los años 30 más el modelo económico ISI, lo
potenció especialmente en su aspectos industriales. Sepúlveda, Sevilla y
Valdebenito (2020) indican que entre la década de los 30 y los 60, se vivió un
importante desarrollo de la educación técnica, a diferencia de períodos
anteriores caracterizados por prejuicios de clase y dificultades en el campo
laboral. Pese a ello, los autores apuntan que el modelo formativo de las
escuelas eran deficientes y se arrastraba el prejuicio de inferioridad con
respecto a la formación académica. Su avance condujo a una mayor
especialización docente y a la búsqueda de la profesionalización. Este proceso
derivó en la creación del Instituto Pedagógico Técnico dedicado a formar los docentes para la enseñanza profesional, y en 1947
a la apertura de la Universidad Técnica del Estado (Carimán, 2011).
La
inserción femenina en la educación profesional se ha analizado principalmente a
partir de las escuelas técnicas femeninas de carácter urbano que preparaban en
labores relacionadas al textil (Sepúlveda, 2019). El primer atisbo de
participación femenina en la enseñanza agrícola, lo encontramos en 1954
plasmado en el Decreto 9106 que norma los Planes de estudio de las escuelas
agrícolas femeninas. Este documento da una primera luz hacia la formación
profesional de las mujeres en las labores del campo. Sin embargo, el texto que
lo acompaña indica, al igual que otros estudios más o menos contemporáneos, que
hasta el momento el Estado no contaba con escuelas de esas características. De
hecho, el Superintendente de Educación Enrique Marshall lo expresa así en el
documento que informa al ministro sobre el decreto: «Debo manifestar a US. que
por primera vez en nuestra historia educacional se reglamenta sobre esta
interesante iniciativa que tiende a la capacitación económica, social y
cultural de la mujer campesina» (Superintendencia de Educación, 1965, p. 1).
Más bien, hasta ese momento las escuelas agrícolas femeninas que funcionaban en
el país eran de carácter particular, tal como se ha analizado en otro trabajo,
(Tessada, s.f.), sin ir más
lejos, la elaboración del plan de estudios había contado con la ayuda y
experiencia de la Escuela Familiar Agrícola de Nos, particular.
En el
decreto del año 54, la creación de las escuelas agrícolas femeninas tenía por
finalidad el arraigo en la tierra —a fin de evitar el éxodo rural—, robustecer
la economía del hogar y de la comunidad, a través de la «superación de la
mujer» y resguardar las tradiciones agrarias (aunque no especifica aquí a qué
tradiciones se refiere). Como vemos, una construcción de mujer en el papel
reproductivo, atada a lo tradicional y al hogar. Es decir, limitada a un
espacio de la sociedad rural que no se pensaba relacionado con la modernización
agraria ni al desarrollo laboral, en un espacio fuera del hogar. Como se
desprende del plan de estudios se formaba a la mujer para la labor de dueña de
casa con conocimiento de labores productivas que se pudieran realizar en el
hogar.
En
1962 por Decreto 895 del Ministerio de Educación se acuerda un nuevo Plan de
Estudio de las escuelas agrícolas dependientes de la Dirección de Educación
Profesional. Con este decreto se esperaba reunir en un documento todos los
planes para escuelas agrícolas masculinas y femeninas, además de una serie de
disposiciones dispersas. Una de ellas fue la homogeneización de asignaturas,
agrupando las cerca de 85 existentes en 33. Con respecto a los planes de las
escuelas femeninas, mantendrían una formación diferenciada por género, en que
se hacía hincapié en «asimilar la
enseñanza agrícola femenina al respeto de la enseñanza agrícola, con planes y
programas de estudios que guarden relación desde el punto de vista de la
orientación general; pero con la conveniente diferenciación» (Superintendencia
de Educación, 1965, p. 4). Esta diferenciación se daba tanto en los grados
recibidos como en las asignaturas impartidas. En este sentido, se aumentó la
dedicación a ramos generales, a educación para el hogar e industrias caseras,
en la senda de la preparación de una dueña de casa rural.
Para
el primer grado (tres años de estudio), mientras que las escuelas masculinas
recibían el Certificado de Auxiliar de Campo con mención en Especialidad, las
mujeres recibían el Certificado de Auxiliar Femenino de Campo. El segundo grado
(cinco años de estudio) correspondía a Práctico Agrícola, el que era entregado
en ambos tipos de escuelas; y el tercer grado (siete años de estudio)
correspondía al Título de Técnico Agrícola. Sin embargo, en los planes
propuestos para las escuelas agrícolas femeninas no se contemplaban estos dos
últimos años lectivos, es decir, solo se planificaron hasta segundo grado.
Esta
diferenciación profesional puede ser interpretada como parte de la concepción
que el Estado tenía sobre el trabajo de la mujer en el mundo agrícola, dedicado
al fortalecimiento de la familia campesina, más que a la inserción autónoma y
productiva de las mujeres en esos espacios. En este sentido, H. Tinsman (2017)
ha analizado cómo el ideal de familia y mujer promovido por la Reforma Agraria
(y previamente por el Frente Popular con su proyecto ISI)
respondía al modelo moderno burgués de padre proveedor y mujer esposa-dueña de
casa centrado en la complementariedad de los roles sociales. La integración de
este modelo causó contradicciones en el espacio rural, tanto en la mujer de la
hacienda (como lo ha investigado Ximena Valdés) como en aquellas habitantes de
pueblos rurales. Esta construcción sexo-genérica se replicó en la formación
diferenciada de la mujer campesina.
La
concreción de la primera escuela agrícola estatal recién sucedió en 1960, con
la apertura de la Escuela de Yerbas Buenas. De acuerdo con las fuentes orales,
el terremoto de 1960 y la necesidad de acoger a jóvenes huérfanas de la
catástrofe, apuró la apertura de la Escuela. El plan de estudios que se
implementó solo entregaba el Certificado de Auxiliar de Campo. En 1965
egresaron las primeras 22 estudiantes. (SNA
Educa, 2022). Se colige de su funcionamiento, que la Escuela Agrícola de
mujeres tenía por objetivo integrar a mujeres del campo, pues abrió sus puertas
en modalidad internado, con pabellones que tenían capacidad para 80 alumnas. La
razón de ello radicaba en que la mayoría de ellas provenía de sectores de
escasos recursos, campesinos, por lo que eran becadas, y: «Como es la única
Escuela Agrícola para Mujeres, recibirá alumnas de todo el país» (La Mañana de Talca, 1960). Además, debido a que escasamente las
mujeres rurales lograban recibir su educación primaria completa, la Escuela de
Yerbas Buenas estaba autorizada por el Ministerio para, además, impartir el
quinto y sexto de primaria.
En
1965, de acuerdo con un reportaje aparecido en revista Vea, la Escuela de
Yerbas Buenas seguía siendo el único establecimiento femenino fiscal del país
que formaba Prácticos Agrícolas. De acuerdo con la misma publicación, esta
preparación iba en consonancia con el proceso de Reforma Agraria que se estaba
viviendo. Se indicaba allí que: «Su amplia preparación y su ilimitado
entusiasmo [de las egresadas] las capacitan para colaborar positivamente en el
proceso revolucionario de nuestra agricultura» (Vea, 1965, s/p).
En el
mentado reportaje también se hace alusión a que las alumnas aprenden a usar
tanto maquinaria moderna para la explotación como elementos rudimentarios, pues
se preparan para «la compleja conformación de nuestro territorio y nuestra realidad
económica» (p. 17). Asimismo, el reportaje destaca que la preparación es
completa y ya para 1965 «las alumnas abordan tareas que hasta hace poco tiempo
les estaban vedadas. Desde la reparación de tractores a la doma de potrillos. Y
desde la preparación de un kuchen al dominio de la contabilidad» (p. s/n).
La descripción de la escuela llama la atención, demuestra la tensión en los patrones de género que generó la formación agrícola de las mujeres. Así, el equilibrio se lograba pues, pese a que estarían preparándose para trabajos masculinos, la escuela les permite conservar y consolidar sus virtudes femeninas:
En 15 hectáreas, bajo el sol y la
lluvia, desde hace 5 años, ciento noventa y siete muchachas y 23 profesores, al
mando de una maestra, con una mentalidad que la quisiera un estadista, cultivan
en silencio la revolución con faldas del agro chileno […] las mujeres chilenas
se preparan a sorprender a los hombres, entregando a fines de año los primeros
títulos de prácticos agrícolas […] La dura vida del campo no le resta a ninguna
su exquisita femineidad. Al contrario, el contacto con el sol, el agua, el aire
cordillerano, el silencio y la vegetación les da a estas campesinas de probeta un
candor que enamora. (Vea, 1965)
Algunas
conclusiones: obstáculos, invisibilización y perspectivas
La lenta,
incipiente y difícil inserción de las mujeres en la educación rural y agrícola,
no solo se debió a limitaciones y obstáculos que se le achacan al mundo rural,
a saber, la familia como espacio de producción, la alta deserción escolar, la
carencia de establecimientos educacionales en los campos, la dispersión
habitacional, la poca valoración por la educación y/o la resistencia de los
latifundistas por crear escuelas, sino que también respondió a un imaginario
construido acerca de las mujeres campesinas, que se proyectó desde una mirada
urbanocéntrica y patriarcal. Es decir, se entendió su lugar como subordinado
interseccionado no solo por el elemento de género, sino que por el territorial
urbano-rural, de división sexual del trabajo y de clase.
Encontrar
las voces de las mujeres campesinas en documentos escritos, que nos permitan
abordar este proceso ha sido un obstáculo importante. La mayoría de ellos se
encuentran escritos por testigos de las ciudades, e incluso estos no son
abundantes pues la figura de la campesina se subsume a la familia y al
campesino, quedando invisibilizada.
En los
textos analizados encontramos que las ideas acerca de la mujer campesina las
minusvaloraban denominándolas incultas, promiscuas y supersticiosas; las
identifican con la naturaleza, por lo que debían ser guiadas-civilizadas, las
consideran complemento del hombre a nivel familiar y no les atribuyen
posibilidad de autonomía, solo de obediencia. Los proyectos educativos
relacionados al pensamiento feminista tienden a generar condiciones y
habilidades para la emancipación y autonomía, mientras que las miradas más
conservadoras apuntan al mejoramiento de la familia sin romper el orden social
hacendal. En los textos analizados podemos claramente ver el diálogo entre las
representaciones sobre las mujeres campesinas y las iniciativas educativas que
alimentaron.
La
escasez de iniciativas educativas estatales que logramos rastrear nos permiten
interpretar que predominó un desinterés de parte del Ministerio de Educación
Pública por hacerse cargo de la especificidad de género y llevar la modernidad
emancipadora que la educación sí propiciaba en el medio urbano. Es llamativo el
olvido al que pasó rápidamente la experiencia de la escuela granja femenina y
que la construcción de los planes de las escuelas agrícolas femeninas se
hiciera a partir de la experiencia de particulares. Podríamos inferir que
existió una elección del modelo de mujer campesina que construir, cuyo
referente estuvo más cercano al conservantismo que a la emancipación.
Por
último, queda pendiente indagar acerca de la participación de mujeres y
observar, desde una perspectiva de género, los programas de educación no formal
que llevó adelante el Estado, como las campañas de alfabetización o aquellas
dirigidas al mundo rural a través del Instituto de Información Campesina e
Instituto del Inquilino.
Notas
1. Esta
investigación forma parte y se ha realizado gracias al Proyecto FONDECYT Postdoctoral N.° 3210358. «Aprender es
bonito, da gusto ver a la mujer hablando». Experiencias y memorias de niñas y
mujeres en la educación rural y agrícola. Valle Central, Chile (1938-1973),
financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo, ANID, Chile.
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