Para citación: Olivares D. (2024). Las culturas del diseño. Antagonismos
discursivos en torno al concepto de Guy Julier . del prudente Saber y el máximo posible de Sabor, (20), 1-p. DOI: 10.33255/26184141/2017e0037
Las culturas del diseño. Antagonismos discursivos
en torno al concepto de Guy Julier
Design Cultures. Discursive Antagonisms within the Concept of Guy
Julier
Daniela Olivares.
Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo,
Universidad de la República. Uruguay
danielae.olivares@gmail.com
ORCID: 0009-0006-1232-280X
DOI: 10.33255/26184141/1990e0037
Recepción: 22/5/24. Aceptación: 23/8/2024. Publicación: 9/2024
Resumen
Presentamos
una deconstrucción del concepto de cultura de diseño de Guy Julier, como punto
de partida para describir un marco en referencia a las prácticas y sentidos que
configuran al diseño.
Esto implica reconocer modelos de disciplina y de profesión,
desde el punto de vista del contexto local, y puesto en relación con lo global.
Estableceremos vínculos entre esta matriz conceptual y nuestro
horizonte epistémico, y realizaremos nuestro aporte en relación con lo que
arroja nuestro contexto particular y nuestro objeto de estudio, que es la
carrera de Diseño de Comunicación Visual, de la Universidad de la República, de
Uruguay.
Palabras
claves: diseño, cultura, educación
Abstract
A deconstructive analysis of the concept design
culture, coined by Gur Julier, is introduced in this article. This is a
starting point to describe a frame for understanding practices and senses which
perform the discipline of design.
This implies to regognize models of discipline and
profession, from the point of view of the local context, in relation with to
the global situation.
Links will be established
between this conceptual knot and the degree we analize, which is Licenciatura
en Diseño de Comunicación Visual, in Universidad de la República, Uruguay.
Keywords: design, culture, education
Introducción
El
presente artículo se basa en la tesis doctoral Las
culturas del diseño en la Universidad ante un escenario poscovid. Un análisis
etnográfico y discursivo sobre prácticas y sentidos en el taller de Diseño.
Licenciatura en Diseño de Comunicación Visual, FADU Udelar1. Dicho trabajo consistió en
un abordaje socioantropológico, donde se observaron numerosas clases de taller
en formato presencial y virtual, y se entrevistaron docentes, entre los años
2020 y 2024. Los avances que aquí se presentan tienen que ver con el marco
teórico, el cual se construyó de una manera especular, es decir, a partir de las
propias categorías surgidas en el trabajo de campo.
De este modo, presentamos la deconstrucción del concepto de cultura de diseño de Guy Julier,
como punto de partida para describir un marco en referencia a las prácticas y
sentidos que configuran nuestro universo significante. A partir de ese avance,
continuaremos precisando sobre algunos antagonismos discursivos en el campo del
diseño. Esto implica reconocer modelos de disciplina y de profesión, desde el
punto de vista del contexto local, y puesto en relación con lo global.
Estableceremos
vínculos entre esta matriz conceptual y nuestro horizonte epistémico, y
realizaremos nuestro aporte en relación con lo que arroja nuestro contexto
particular y nuestro objeto de estudio.
Para
ello, daremos cuenta de algunas de las culturas del diseño en relación con sus
antagonismos constitutivos. Esto se debe a que entendemos cada perspectiva como
discurso y como identidades, y el otro resulta fundamental
también para definir cada entidad de sentido. De todas formas, entre un
discurso y otro existen muchas similitudes, significantes en pugna y también
pliegues, que como definimos anteriormente, se trata de la existencia de
sentidos contradictorios.
I. ¿Por qué las culturas del diseño?
Algunos antagonismos
Nuestro
problema de investigación, al ser de naturaleza humanística y social, no puede
ser entendido si no es como una complejidad. A su vez, al pensar en desentrañar
concepciones particulares del trabajo profesional, en esencia, sentidos y
prácticas, estamos considerando formas específicas de concebir lo social. Es
importante entender que ciertas concepciones socioculturales se trasladarán a
las formas de concebir la disciplina.
Por
estas razones, entendemos que la mirada de lo sociocultural en Latinoamérica es
una perspectiva esencial para comprender cómo se configuran las universidades,
las disciplinas, las formas de enseñar y de entender el diseño.
Las
prácticas y los sentidos, son capas significantes visibles que responden a un
cúmulo vasto de discursos que las justifican. De este modo, pensar en el
concepto de culturas de diseño resulta adecuado para nuestro estudio.
La
concepción generalizada de la cultura desde una perspectiva antropológica la
considera como los sentidos que la humanidad genera a partir de una relación
con el mundo y con la vida. Esta amplia concepción da cuenta de que la cultura
abarca un abanico de cuestiones, nudos y complejidades como problemas
históricos, territoriales, topologías del poder.
Cuando
pensamos en culturas del diseño entendemos los sentidos y prácticas, asociados
a todas sus concepciones posibles.
Existe una amplia bibliografía que refiere al diseño como una actividad
crítica. Podemos mencionar, como antecedentes de relevancia, trabajos en los
que es considerado una dimensión humana, creativa, y desde la potencialidad de
aportar posibles soluciones a problemas perversos-complejos e indeterminados
(Buchanan, 1990) y más aun precisamente en torno a la potencialidad de la
praxis, en la particularidad de cada contexto territorial y cultural, de
generar sujetos autónomos (Escobar, 2017). Otros abordajes refieren al diseño
como una búsqueda de resolución de problemas sociales, culturales,
demográficos; es decir, como operaciones culturales de influencia en la
habitabilidad, donde el pensamiento del hacer está
indisolublemente ligado con el ser (Ledesma, 2003).
La
concepción de cultura del diseño (Julier, 2010) resulta adecuada para abordar
nuestro problema de estudio, porque implica:
las redes e interacciones que configuran
los procesos de producción y consumo, tanto materiales como inmateriales. Como
tal, se sitúa en el punto de encuentro entre los productos y los usuarios, pero
también se extiende hacia sistemas de intercambio más complejos. Describe las
acciones normativas, los valores, recursos y lenguajes con los que cuentan los
diseñadores, los gestores del diseño y los responsables de sus directrices, así
como el público, en su relación con el diseño. (Julier, 2010, p. 10)
El pensamiento desde una perspectiva cultural efectivamente implica pensar en
procesos de producción, circulación y consumo de signos y sentidos, y donde
existen gramáticas que determinan códigos, normativas, modalidades del decir
que resultan aceptables para ciertos espacios sociales.
El
diseño no escapa a ello: si lo entendemos como una modalidad de producción de
sentido, resulta comprensible afirmar que se trata de una condición humana:
todos y todas podemos diseñar, porque podemos decir algo bajo ciertas
estrategias específicas. Podemos producir semiosis, y del mismo modo, proyectar
ciertos sentidos bajo determinadas modalidades del decir.
Del
mismo modo, es fundamental reconocer la existencia de concepciones múltiples en
torno a lo que es diseñar, y a qué se le llama diseño. Esta variedad de
sentidos es un nudo que nos interesa especialmente abordar. Es por esta razón
que nos referimos a las culturas del diseño en plural. Nos preguntamos, ¿cuáles
son las concepciones más difundidas o hegemónicas? ¿de qué forma se producen
antagonismos con otras perspectivas?
En
La cultura del diseño (2010), Julier revisa
ampliamente la bibliografía, así como distintas concepciones y debates en torno
al diseño desde las dimensiones de producción, circulación y consumo. A su vez,
intentamos capitalizar la riqueza de esta perspectiva al comparar análogamente
con la concepción de discurso de Eliseo Verón (1987) el cual lo describe como
la producción, circulación y consumo de sentidos. Es decir, no se trata
únicamente de una materialidad sígnica o de un producto, sino que más bien lo
entiende como una dimensión absolutamente procesual.
Asimismo,
la perspectiva de la cultura del diseño se posiciona en un mismo horizonte
epistémico antiesencialista. Entendemos también que la perspectiva de discurso
de Ernesto Laclau y Chantall Mouffe (1985) la esgrime como una práctica, donde
lo discursivo es una totalidad insuturada, nunca
acabada, que se define por la existencia de antagonismos, donde ciertos
elementos se definen por ser momentos en el discurso. Esto quiere decir que el
conflicto es una dimensión inherente a toda producción de sentido, y donde las
distintas articulaciones van a configurar las identidades como «lo que son
hoy». En un sentido antropológico, podemos decir que una identidad es «lo que
somos ahora mismo» (Arenas, 1993).
El
concepto de identidad es fundamental también como parte de la cultura del
diseño, no solo desde una dimensión teórica y analítica, sino también porque,
desde la producción, la construcción de identidad(es) es un objetivo nodal del
diseño. Es decir, diseñamos para producir identidades.
Ahora
bien, nuestra intención es estudiar cuáles son esos discursos o identidades que
conforman nuestro universo de sentido, sin ánimos de determinar una descripción
exhaustiva que detalle o liste unas perspectivas u otras. El objetivo es
conocer cómo son esos sentidos y cómo se traducen en prácticas, modalidades del
decir y del hacer que entran en un inevitable conflicto, como parte inevitable
de cualquier práctica articulatoria. Para dar cuenta de la producción de
sentido en la Universidad de la República, es necesario observar también qué se
piensa, qué se escribe sobre el diseño en la academia, como también de qué
forma esos sentidos dialogan con el sistema mundo, y cómo aparece también lo
económico, lo político y lo educativo.
Consideramos
que estos últimos aspectos son nodales, porque las maneras en que se concibe el
diseño están estrechamente ligadas con las formas de pensar en la enseñanza, en
el papel del mercado, y en cómo el diseño puede aportar políticamente como una
modalidad del decir. A continuación, describiremos algunos de esos nudos, o
categorías, también a partir de sus antagonismos. Desde nuestra concepción,
entendemos que cualquier identidad se define como un proceso de construcción
especular, y del mismo modo, un discurso es lo que otro no es. Es decir,
pensaremos lo público en relación a lo privado, a lo académico en relación al
profesionalismo, el modernismo y el posmodernismo, el arte y la metodología.
II.
El modernismo y el posmodernismo
En
los dos paradigmas del diseño, la modernidad es un proyecto de mundo racional y
donde todo es posible; mientras que el posmodernismo es la caída de todos los
relatos. ¿Cómo se configuran en tradiciones diversas del diseño y cómo aparecen
en la conjunción FADU-LDCV (Facultad de Arquitectura,
Diseño y Urbanismo, Licenciatura en Diseño de Comunicación Visual)?
Cuando
hablamos de modernidad y posmodernidad del diseño, estamos pensando en dos
paradigmas en el campo disciplinar. Esto es, formas de pensar, de producir
conocimiento, de formular preguntas de qué diseño para qué sociedad.
Estas modalidades están totalmente condicionadas por los marcos espaciales y
temporales.
Según
la literatura, el diseño moderno corresponde a un marco sociohistórico
específico. Se considera, según diversos autores, que se encuadra en una
modernidad tardía, en un proceso que comienza desde la profesionalización y
separación del diseño a principios del siglo XX,
y que tiene su punto álgido a partir de la aparición de las primeras escuelas
de enseñanza e investigación, como son los Vchutemas en Rusia, y luego las
escuelas de Bauhaus y Ulm en Alemania.
Según explica Raquel Pelta, se forma una concepción del diseño como disciplina
más alejado del arte y más cercano a la ciencia, a lo que agregamos, sería en
términos de una ciencia exacta:
Desde
aproximadamente la década de 1950 —y en especial gracias
a la labor teórica de la Escuela de Ulm—, el diseño —tanto el gráfico como el industrial— se había entendido
como un proceso racional articulado por una serie de fases ordenadas en
secuencia continua que iban desde la recogida de datos hasta la presentación
final del proyecto. Como indicó Jordi Pericot en un artículo de mediados de la
década de 1980, estas fases obedecían al siguiente modelo: «fijación previa de
objetivos, variables y criterios del problema del diseño. Análisis de todas las
premisas. Evaluación de las situaciones parciales o intermedias. Estrategias de
un sistema de desarrollo lineal deductivo, mediante la introducción de operaciones
condicionales y reciclajes». De esta manera, se llegaría supuestamente a una
identificación de soluciones óptimas. (Pelta, 2004, p. 32)
Estas formas de concebir el diseño, con una primacía de la metodología, donde
es fundamental la obtención de fórmulas y pautas estructuradas, lógicamente,
tiene que ver con el contexto sociohistórico que lo enmarca. Estamos hablando
de una sociedad en la que todavía hay una centralidad del positivismo como
paradigma hegemónico. Se trata de una concepción filosófica que propone una
construcción de conocimiento que, por un lado, da cuenta de que «cierta
realidad» puede aprehenderse de manera inmediata por los sentidos y que, por
otro lado, hay una «fe en que los métodos y la forma lógica de la ciencia, tal
como se resumen en la física clásica, se pueden aplicar al estudio de los
fenómenos sociales» (Giddens, 1993, p. 157). Esto es muy importante porque las
primeras concepciones en torno al diseño como disciplina van a concebirlo, tal
y como expresa Pelta en el párrafo anteriormente citado, como parte de un
proceso proveniente de este pensamiento de las ciencias exactas. La perspectiva
de pensamiento positivista es formalizada desde 1830 por Auguste Comte, pero se
origina en una perspectiva filosófica que data de la antigua Grecia, en razón
del empirismo. Se trata de una corriente de pensamiento sustancial en la
historia del mundo moderno y, como tal, no puede ser aplicada tampoco a
reduccionismos por la complejidad de vertientes y posturas que conlleva
(Moulines, 1979), pero sí es importante detectar algunos aportes de sentido que
tienen que ver con las primeras concepciones de la disciplina del diseño y cómo
persisten el día de hoy.
En
particular, como ya hemos mencionado anteriormente, es importante referirnos a
los cruces del diseño con el campo artístico y con la arquitectura. Por un
lado, Buchanan (1990) da cuenta de cómo el campo del diseño surge de las
llamadas «artes liberales», donde el diseño transita por el lado de las «artes
útiles».
Por «arte liberal» yo entiendo una
disciplina de pensamiento que se comparta hasta cierto grado por todos los
hombres y mujeres en su vida cotidiana y que sea dominada sólo por unos pocos,
por aquellos que la practiquen con gran distinción y a veces avancen a nuevas
áreas de aplicación innovadora. (Buchanan, 1990, p. 5)
Buchanan
cita las perspectivas de John Dewey y Herbert Simon, quienes, en cierta forma,
vinculan al conocimiento científico con las artes liberales, y al diseño con el
empirismo y el positivismo. Si bien manifiesta un desacuerdo:
[…] hay una pequeña
razón para estar de acuerdo que todos los hombres y mujeres se puedan
beneficiar de un prematuro conocimiento de las disciplinas del diseño en el
mundo contemporáneo. El comienzo de tal conocimiento ha transformado el estudio
de las artes tradicionales y las ciencias hacia nuevas obligaciones con los
problemas de las experiencias de cada día, evidentemente en el desarrollo de
diversos nuevos productos que incorporan conocimiento de muchos campos de
especialización. (Buchanan, 1990, p. 5)
Esto
quiere decir que el diseño, si bien en sus orígenes como disciplina se
encuentra (obligadamente) ligado a ciertas perspectivas de conocimiento, de
producción de sentido y de mundo, esto promovió también una riqueza y una
especialización del campo en relación a la vida cotidiana.
Retornamos
a un punto que mencionamos anteriormente, que tiene que ver con los vínculos
con la arquitectura. La modernidad en lo arquitectónico es un paradigma muy
interesante de documentar, porque surge de un cruce también entre lo artístico,
la ciencia y el diseño. Por un lado, los modernismos en el campo artístico se
refieren a un amplio abanico de movimientos estéticos, que surgen desde
mediados a fines del siglo XIX, hasta mediados
del siglo XX. Existen distintos criterios para
denominar a estas perspectivas, pero podemos decir que se trata de movimientos
estético-políticos que refieren a un cambio de época (Harrison, 2000). El
sistema del mundo está cambiando, y por consiguiente, estas perspectivas se
pronuncian como proyectos de modernidad.
Podemos
mencionar como rasgo general que estos movimientos surgen en Europa como centro
de conocimiento y luego se difunden para el resto del mundo. Esto no es un dato
menor, ya que da cuenta también de ciertas concepciones hegemónicas que se
traducen en prácticas y sentidos que son también esencia de lo moderno.
En
particular, con respecto a la arquitectura, algunos de esos movimientos
tuvieron un gran esplendor. Nos interesa profundizar en el racionalismo arquitectónico
o modernismo, como una corriente iniciada a principios del siglo XX, que estuvo muy vinculada con la etapa del
florecimiento del diseño como disciplina. Aún así, para hablar de este período
es preciso hacer algunas distinciones, de acuerdo a Torres Cueco:
El término
racionalismo ha sido ampliamente utilizado para designar distintas tendencias
arquitectónicas. Racionalismo es, ante todo, un concepto filosófico que ha sido
comúnmente identificado con la arquitectura del periodo de entreguerras, el funcionalismo,
el Movimiento Moderno o el Estilo Internacional en arquitectura. Tal ha sido el
uso y abuso de este término que se ha vaciado semánticamente: se utiliza para
todo y, por tanto, no significa nada. (Torres Cueco, 2014, p. 1)
En
este sentido, el autor propone reconocer como racionalistas a «determinados
momentos en que el uso de la razón como estrategia de proyecto se impone sobre
toda otra consideración» (2014, p. 1), lo cual es coincidente también con lo
anteriormente expuesto en relación con ciertas concepciones hegemónicas de
producción de conocimiento a partir de la herencia positivista.
Podemos
citar como un referente de esta perspectiva a Le Corbusier, quien desde su
propuesta estético filosófica integra al conocimiento científico y técnico de
una forma artística. Algo muy importante tiene que ver con su propuesta de «el
Modulor»:
Pretende ser un sistema de medidas
superior a los mayoritarios existentes (El Pie-pulgada y el Métricodecimal),
que permita al mundo moderno superar la barrera económica y cultural que supone
coexistir con dos sistemas, como si de dos planetas se tratase. Entre sus
principales objetivos se encuentra la normalización, la prefabricación y la
industrialización. (Franco Taboada, 1996, p. 21)
De
esta forma, Le Corbusier formula un sistema universal de proporciones físicas
para el diseño. La concepción de la persona, desde esta punto de vista, se crea
desde una perspectiva masculina en ciertas «dimensiones promedio», donde
claramente se asienta en formas antropométricas europeas:
Las medidas del Modular [sic] deberían
salir de la combinación de elementos básicos e inherentes a la estructura del
hombre y a la del Universo: La medida del hombre, La sección áurea, El doble
cuadrado, El ángulo recto Las series de Fibonacci y sus posibilidades
combinatorias. (Franco Taboada, 1996, p. 21)
Es
importante dar cuenta de estas perspectivas filosóficas, porque son hechos
fundacionales en la configuración inicial del campo del diseño en la
modernidad. Los universalismos esconden en sí concepciones hegemónicas de
construcción del mundo y, en consecuencia, de cómo producir sentido y cómo
diseñar. Estas cuestiones comenzaron a evidenciar las grietas de un paradigma
que mostró sus límites de respuesta ante los cambios que ocurrirán en el mundo
en las décadas del 60, 70 y 80.
En
torno a los años 70, comienza a surgir una generación de diseñadores que ponen
en evidencia los límites del método cientificista a la hora de poner en
práctica y contrastar con la realidad. De hecho, los mismos defensores del
diseño moderno daban cuenta de estos límites, pero no por responsabilidad de
las fórmulas, sino más bien por la falta de definición de los problemas de
diseño (Pelta, 2004, p. 33). Esto quiere decir que el inconveniente no era el
método o la estructura metodológica, sino más bien que los problemas no se
adaptaban a estos esquemas. Sin duda que este es, correlativamente, el gran
debate de trasfondo entre estructuralismo y posestructuralismo para la ciencia
en general. Jaques Derridá, y luego Michel Foucault, dieron cuenta desde
distintos puntos de vista que el problema de la ciencia estructural en general
tenía que ver con intentar ajustar el objeto de estudio al método y a la
técnica; y que las aporías o «excepciones» eran un problema que podía
resolverse mediante la omisión, el ocultamiento o la manipulación por parte del
investigador. En resumen, el paradigma posestructural propone una investigación
que proceda a partir del propio objeto, y no al revés. Precisamente de esa
forma, y a partir de la flexibilidad del método, es posible generar
conocimiento desde una perspectiva holística, que se aleja de la pretensión de
obtener regularidades y universalismos.
El
diseño posmoderno, en este sentido, parte de este clima de época, y eleva
planteos epistémicos en la misma dirección.¿Cuáles son los vínculos de estas
tradiciones modernas con la facultad? Para responder esta pregunta, es preciso
remitirnos a la historia de la Facultad de Arquitectura, casa de estudios
fundada en el año 1915 a partir de la separación de la Facultad de Matemáticas,
y luego instalada en la sede propia desde 1948. Esta institución consolidará,
de este modo, una tradición que parte desde la hegemonía de la modernidad en la
arquitectura. Con respecto a la licenciatura en Diseño de Comunicación Visual,
carrera que observamos para nuestra investigación, no es una cuestión menor la
pertenencia a un espacio edilicio en común con sentidos e imaginarios tan
estrechamente vinculados a una tradición.
La
enseñanza del urbanismo y del diseño está presente en la carrera de
arquitectura, formalizada en los institutos de Diseño y de Estudios
Territoriales y Urbanismo (ITU), pero no es sino
hasta el año 2015, con el cambio de nombre de la facultad en el año 2015, que
estas perspectivas adquieren una paridad simbólica.
Tanto
el campo del diseño, como el del urbanismo son perspectivas que comprenden
desde su génesis la conjunción de disciplinas diversas como parte del abordaje
de problemas complejos. Son disciplinas que tienen puntos de partida diferentes
al de la arquitectura, pero lógicamente acaban por nutrirse en sus
conjunciones. Dicho de otro modo, son marcos discursivos que comparten
significantes, y donde existen también momentos de disputa.
Con
la posterior creación de la FADU se institucionalizan los campos disciplinares
del diseño y del urbanismo con una equivalencia discursiva a la arquitectura.
El tradicionalismo moderno como perspectiva hegemónica entonces reconoce una
paridad en ese otro discurso. De todas formas, en nuestro análisis
contrastaremos cómo en algunos momentos surgen estos sentidos y cómo se
producen articulaciones específicas y particulares.
Con
respecto al diseño posmoderno, acordamos con la bibliografía en que se
convierte en paradigma, en tanto y en cuanto surgieron generaciones de
diseñadores y diseñadoras que criticaron activamente las metodologías del
diseño moderno. A principios de la década de 1990 se produjo un enfrentamiento
entre aquellos que se denominaban «la vieja guardia» con la nueva generación,
que proponían en cierta forma desacralizar al diseño. Tiene que ver también con
que comienza a asumirse una postura de que la cultura no debe ser entendida a
partir de los aportes de un grupo selecto, sino que el concepto de vida
cotidiana entra al centro de escena. En el diseño posmoderno, al igual que en
las ciencias sociales, ya no interesa buscar fórmulas ni teorías universales,
sino que las individualidades o la mirada hacia minorías entran al centro de
escena (Pelta, 1994).
Entre
otras cosas, el diseño posmoderno promueve una mirada crítica ante los dogmas.
A partir de la deconstrucción como metodología, se propone un proceso de diseño
basado en la crítica de cualquier «verdad inquebrantable». No se trata ya, como
diría Foucault (1969), de encontrar esas «estructuras» como verdades
universales, sino que la búsqueda pasa por reconocer las aporías, o las
irregularidades. Así es como el posestructuralismo llega también al diseño: ya
no se trata de hallar formas y métodos universales para dar con la fórmula del
buen diseño, sino que el objetivo, para estos nuevos diseñadores, tiene que ver
con realizar otro tipo de aporte social y cultural.
III. El arte y la tecnología
Sobre
esta concepción nos referimos también en el fragmento anterior, con respecto al
campo artístico en relación con ciertas concepciones racionalistas. Como bien
explicamos anteriormente, el diseño surge del campo artístico, hasta que
posteriormente en el siglo XX se independiza.
Sin embargo, existen contactos permanentes entre arte y diseño, por diversas
razones.
Por
un lado, la reflexión de la estética es un problema de diseño. Tanto si se
decide «respetarla» o «cuestionarla», implica que el diseñador reconozca la
existencia de ciertos sentidos visuales y realice una toma de partido al respecto.
Por otro lado, los movimientos artísticos estéticos han estado profundamente
ligados al desarrollo social y cultural, a la vez que el campo del diseño
también sufrió transformaciones en razón de los cambios de cosmogonías.
A su vez, el diseño muchas veces «toma prestados» ciertos recursos de estilo, como también formas de decir, del arte, y viceversa. Por ejemplo, lo performático en el arte es un modo de decir que se ha vuelto cada vez más importante para pensar en el diseño de experiencia de usuario. De todas formas:
El diseño tiene un planteamiento de
inicio, una metodología en su proceso de desarrollo y una finalidad diferente a
la obra de arte. Un diseñador hace diseño y un artista arte. Ello no excluye
que las capacidades de ambos, en el dominio del lenguaje visual y creatividad
en este campo de la expresión, favorezca que existan diseñadores que realizan
una actividad artística y artistas que puedan resolver con éxito algunos
proyectos de diseño. […] Los requerimientos profesionales del diseñador son muy
diferentes a los del artista, al que le basta la capacidad de sentir
profundamente aquello que es capaz luego de expresar en su obra. (García
Garrido, 2010, p.5)
Por
otro lado, distinguimos una concepción antagónica en cierto punto, que tiene
que ver con el lugar que ocupa la tecnología en el diseño.
El
arte contemporáneo, sin dudas, toma como propia la producción de contenido a
partir de las nuevas tecnologías de información y comunicación, pero es
importante dar cuenta de un debate que también se traduce en el campo del
diseño, y tiene que ver con el rol del autor.
Vemos
aquí un punto en común con una problemática actual citada por uno de los
docentes entrevistados, que tiene que ver con «la necesidad de dar un debate
sobre el rol de la autoría» ante el avance de la inteligencia artificial. En el
subtítulo V desarrollaremos este aspecto con
profundidad.
En
el diseño actual, el uso de las herramientas tecnológicas se vuelve una
necesidad incuestionable. Y si bien en la LDCV
se enseña a representar mediante el dibujo, especialmente en el tramo Fartes
(Facultad de Artes), es cierto que ya no es totalmente necesario tener estas
habilidades como sí ocurría antes. Esto se debe a que el proceso de diseño ya
es totalmente posible desde los dispositivos digitales.
IV. Lo público y lo privado
Este
binomio representa una distinción antagónica contundente, ya que se trata de
dos universos de sentido que implican distintas miradas de lo político, y de lo
social.
Si
pensamos en relación al diseño, estas perspectivas nos remiten a la pregunta
sobre el rol de la enseñanza pública del diseño y la historia de la
universidad. Entran en juego aquí las concepciones de lo público en torno a lo
burocrático, mientras que, en contraparte, en la enseñanza privada la perspectiva
discursiva se orienta al hacer para aprender la
técnica y tener
éxito en lo profesional (hablaremos de esto en el punto
siguiente). Este es un discurso que también suele estar muy explotado en la
publicidad y difusión de la oferta privada, y que también tiene que ver con
concepciones de disciplina y de profesión.
De
este modo, puede ubicarse a la universidad pública como una dimensión
antagónica al ámbito privado. Entendemos que ese punto de vista representa una
continuidad en el discurso social en torno al neoliberalismo. Esto tiene que
ver con un sentido en defensa de la libertad de empresa, y donde la educación
privada busca solventar las necesidades, profesionalistas, de brindar
soluciones para la inserción en el mundo laboral. Por supuesto que existen
aporías y contradicciones que, como parte de un análisis posestructural del
discurso, intentaremos identificar y dilucidar. Este aspecto se desarrollará en
profundidad en el capítulo «Perspectivas de lo educativo».
En
referencia a la disciplina del diseño entre estas esferas de sentido, en
síntesis, entendemos que existen concepciones en relación a lo público y a lo
privado que distinguen no solo formas específicas de construcción de la
identidad y de la imagen, sino también de cómo esos sentidos se producen,
circulan y se consumen. En otras palabras, distintas formas de pensar el diseño
según el punto de vista.
Como
bien explica Hannah Arendt (1958), la distinción entre estas dos esferas data
desde el surgimiento de la antigua ciudad Estado, con la Polis griega. Esto
corresponde al ámbito familiar, en el seno del hogar, y lo político como el
espacio de interacción para la reproducción de la vida social. En la modernidad
hay un gran enriquecimiento «de la esfera privada a través del individualismo moderno»:
Sin
embargo, parece incluso más importante señalar que el sentido moderno de lo
privado está al menos tan agudamente opuesto a la esfera social —desconocida por los antiguos, que consideraban su
contenido como materia privada— como a la política, propiamente hablando. El hecho
histórico decisivo es que lo privado moderno en su más apropiada función la de
proteger lo íntimo, se descubrió como lo opuesto no a la esfera política, sino
a la social, con la que sin embargo se halla más próxima y auténticamente
relacionado. (Arendt, 1958, p. 62)
Estas
palabras resultan muy valiosas si pensamos en la continuidad del pensamiento
político contemporáneo, donde la concepción de lo privado como oposición a lo
público se asume como parte de la libertad de empresa y la negación de la
política.
Como
dijimos anteriormente, las propuestas formativas del diseño en las propuestas
públicas hacen hincapié en la formación social y política del profesional,
mientras que las propuestas privadas pueden más bien hacer foco en la actividad
técnica, profesional y el perfil empresarial. Nos preguntamos hasta qué punto
esto da cierta continuidad a la oposición con la política. Por supuesto que se
trata de una generalización, pero algunos testimonios de docentes graduados de
universidades de gestión privada nos dan cuenta de que existe esa notable
diferencia con respecto a los perfiles. Así es como se producen prácticas y
sentidos que validan determinados modos de pensar y hacer el diseño, claramente
en consonancia con ciertas perspectivas socioculturales.
Para comprender cómo las culturas del diseño producen legitimidades, Julier
(2010) recopila problematizaciones sobre la circulación de la cultura. Concluye
que la producción de sentido es un proceso circular y especular, donde «tanto
la producción como el consumo denotan identidades sociales, así como la forma
en que se representan los objetos y sus sistemas de regulación» (2010, p. 94),
lo que equivale a lo que indica Angenot (2010) como «lo decible o lo pensable»
en un estado social.
De
esta forma, un sentido nodal en la producción de conocimiento en torno al
diseño en la Udelar tiene que ver con la proyección social. Esto tiene que ver
con el especial interés de la universidad como institución pública que articula
las funciones de enseñanza, investigación y extensión. En este marco de
sentido, se trata de pensar al diseño mucho más allá de una práctica de
producción de bienes de consumo.
Julier recupera una discusión iniciada por Buchanan (1990) en relación al crecimiento de un «cuarto grado» ante las prácticas de gestión, lo cual Julier entiende que se trata de una concepción del diseño como práctica enculturada:
La
cultura del diseño como práctica incorporada culturalmente también puede ir más
allá de la orquestación de las relaciones entre productores y consumidores,
para convertirse en un proceso que transforme la vida pública cotidiana y sus
aspiraciones. (Julier, 2010, p. 248)
En
este sentido, esta concepción propone que el diseño cumpla un rol de extensión
hacia la sociedad, donde «la práctica creativa se implica con la sociedad
mediante actividades centradas en los procesos, y no en los objetos» (Julier,
2010, p. 248). Se trata de enfocar la perspectiva en el trabajo con el
comitente como un proceso iterativo, donde el diseñador no se presente como el
portador de un saber, sino que funcione más bien como un facilitador de
procesos.
Esta
perspectiva es coincidente con las metodologías de investigación acción
educativa, y tiene que ver con concepciones de lo educativo sobre la proyección
social, donde el conocimiento se pone en relación con las prácticas en
territorio no como una imposición, sino como un diálogo y construcción con los
comitentes. De este modo, puede cobrar un interés especial en el trabajo de
campo en el marco de la universidad pública.
La
universidad pública en Uruguay, en coincidencia con otras universidades de la
región, incluye de un modo nodal sentidos relacionados, no solo a la proyección
social de la universidad, sino también algunas concepciones con respecto al
diseño en este marco.
En
Retóricas del diseño social, María Ledesma historiza la denominación del
diseño social. La autora explica que históricamente existieron por lo menos
cuatro denominaciones diferentes:
En la primera, se
aplica para caracterizar la vocación del diseño de ocuparse de toda la sociedad
como un universal; la segunda, usa el concepto como eufemismo para referirse a
la acción a favor de los grupos desposeídos o marginales o a las acciones
militantes de carácter opositor al sistema; la tercera, se refiere a acciones
vinculadas al desarrollo, es decir, al diseño orientado al mejoramiento de la
calidad de vida de una sociedad y la última, postula una línea de investigación
acerca de los efectos de diseño en la sociedad. (Ledesma, 2018, p. 13)
Asimismo,
Ledesma explica que esta concepción del diseño implica «una tenaz oposición al
salvajismo del mercado» y que también algunas líneas de investigación orientan
el término a pensar en la territorialidad o la inclusión, o bien en pensar en
el diseño para la innovación social como una forma de realizar un aporte tanto
para grupos vulnerables como para la sociedad en general. También
posteriormente surgen las concepciones de diseño sustentable y de diseño
participativo (2018, p. 14-15). Todos estos sentidos, en resumen, dan cuenta de
una manera de pensar en el diseño que contempla la horizontalidad, el
empoderamiento del comitente y un sentido de compromiso y responsabilidad por
parte del diseñador.
Esto
es muy importante, porque todas estas concepciones anteriormente mencionadas
contemplan sentidos y prácticas particulares, como también distintas miradas
sociopolíticas. Entendemos que todas y cada una de ellas aparecen en nuestro
universo de sentido, y daremos cuenta a lo largo de nuestro trabajo sobre los
cruces de estas nociones.
A
partir de la enseñanza del diseño, con el horizonte puesto en la investigación
y extensión, cabe destacar que la perspectiva del diseño social es un ethos,
esto es, modalidad del decir.
Esta mirada comprende una frondosa producción académica y bibliográfica, que puede remitirse a la posmodernidad en el diseño (Pelta, 2004). Mencionamos en primer lugar a los aportes de Victor Papanek quien, en este sentido, parte del antagonismo hegemónico en el discurso del diseño de mediados de siglo, que refiere al buen diseño-mal diseño. Su perspectiva no se refiere ya al sentido moderno de lo metodológico o estético, sino que entiende que el diseño debe ser una actividad crítica, responsable con el entorno humano y medioambiental. En este sentido, Papanek (1971):
hizo el llamado a que
los diseñadores presten sus habilidades para los segmentos de la población que
normalmente no pueden permitirse el lujo de ser clientes del diseño. Este
llamado propone diseñar para mejorar la calidad de vida de los que no tienen el
capital financiero para comprar productos de calidad. Orientarse a la calidad,
los nuevos conceptos y una comprensión de los límites de la producción podrían
significar diseñar para la mayor parte de la población del mundo en lugar de
para unos pocos. (Bastidas y Martinez, 2016, p. 94)
También
ubicamos en esta línea a Margolin (2012), quien identifica al diseño social
como aquel que se orienta a las necesidades humanas, ubicándolo en un polo
opuesto respecto al diseño orientado para el mercado. No se trata entonces de
producir puramente artículos de consumo, sino que el diseño debe realizar un
aporte mediante la proyección en el medio.
Sin
embargo otros autores señalan que el componente social es indisoluble del diseño
(Chaves, 2006) o que el activismo debe ser una actitud intrínseca, un
cuestionamiento permanente y que, en definitiva, no puede ser orientado desde
un encargo (Pelta, 2011).
Al
analizar los tópicos de enseñanza en los talleres, nos preguntamos si existe
alguna correlación entre los temas que se tratan, con el hecho de que se trate
de instituciones públicas o privadas. En los próximos capítulos abordaremos
este tema, tratando de observar de qué forma se construyen los problemas de
diseño, y cómo se construyen los tópicos en relación a los discursos
institucionales.
En
el caso de nuestro universo de sentido en análisis, entendemos que las
temáticas y objetos de estudio que se eligen en los talleres de diseño tienen
una perspectiva orientada hacia determinados problemas sociales donde puede
intervenir el diseño. De este modo, no es casual la elección de trabajo en
instituciones sociales, ONG, o en espacios públicos o urbanos,
por ejemplo.
Por
último, en Autonomía y diseño (2017), Arturo Escobar explica que «el
diseño ha sido plenamente integrado en el modelo neoliberal del capitalismo», y
que cualquier:
investigación seria
sobre el diseño contemporáneo debe adentrarse en el análisis de los problemas y
tensiones del capitalismo y la modernidad, desde el nacimiento del
industrialismo hasta las últimas tendencias de la globalización y del
desarrollo tecnológico. (Escobar, 2017, p.96)
Coincidimos
plenamente con esta afirmación y entendemos que en este punto también se tocan
las dimensiones anteriormente mencionadas. Las concepciones de qué mundo definen también qué diseño pensar, y es
indispensable profundizar en estos marcos de sentido para desentrañar las
concepciones de la disciplina en un contexto profundamente marcado por las
intersecciones entre estas dimensiones.
V.
La academia y el profesionalismo
Leonor
Arfuch (1997, p. 140) propone pensar al diseño desde el pensamiento dialógico
de Mijail Bajtin, donde «diversos contextos pragmáticos del diseño (usos,
funciones, lecturas, interpretaciones)» […] podrían considerarse géneros
discursivos. En este sentido, las distintas concepciones de la disciplina
configuran modos de hacer
el diseño más o menos legítimos. Estos géneros del diseño comprenden
temáticas, modos de composición, como así también una «función en una esfera
determinada de la comunicación, sus participantes, [y] la imagen que postulan» (Arfuch et al., 1997, p. 178-179). De esta
forma, la concepción de quién es el destinatario, cómo comunicarle y con qué
compromiso ético va a determinar qué formas diseñar.
La universidad pública, como institución, es un marco indiscutible para
el desarrollo de la teoría y la investigación. En este sentido, existe también
una histórica separación entre teoría y praxis, como si se tratara de dos polos
opuestos disociados. A su vez, la forma histórica de producción y difusión del
conocimiento en estos ámbitos responde a un enciclopedismo acumulativo de
teoría, lo que no permite una integración entre las disciplinas (Bourdieu y
Gros, 1998).
Existe
una concepción dentro del diseño como discurso y como práctica que proviene del
sentido de la praxis. La cultura del proyecto se produce respecto a prácticas y
conocimientos en torno al diseñador (Calverá, 2003; Julier, 2010). En este
orden, entendemos que la práctica en el taller de diseño reproduce esta
perspectiva, donde la noción de proyecto implica modalidades del decir
específicas, en torno al hacer. Este sentido también se disocia de la teoría, y
el taller de diseño puede
ser un ámbito de resistencia a la inclusión de textos y marcos
teóricos.
Al
respecto, coincidimos con Mabel López (2012) en que en estas disciplinas «se
enseña sin enseñar», en el sentido de que no se presenta el contenido en clases
magistrales, sino que el conocimiento se produce, circula y consume
dialógicamente entre docentes y estudiantes (2012, p. 31). El taller como
formato es una modalidad del decir que propicia este tipo de interacciones y de
concepciones de producción de conocimiento.
Como
anteriormente explicamos, se ha identificado en nuestras observaciones y
entrevistas que parte de la cultura institucional de la LDCV
establece vínculos con la tradición de la anterior Facultad de Arquitectura,
como un paradigma del diseño moderno, profesionalista y metodológico, y que es
en sí misma una perspectiva estructurante que perdura en la enseñanza de la
carrera.
En
este orden de cosas, podemos reconocer que existen concepciones propias de la
naturaleza de la institucionalidad de la LDCV,
como es la confluencia FADU-IENBA. En relación a la binariedad
academia-profesionalismo se dan cruces particulares entre modelos diferentes de
enseñanza y de práctica del diseño, donde la práctica desde Bellas Artes da
cuenta de un modelo de enseñanza activa, procesual, con foco en la creatividad,
mientras que en la antigua Facultad de Arquitectura se plantea como centro de
la perspectiva moderna, la enseñanza de la arquitectura como una forma asociada
al buen diseño, en contraposición con la perspectiva posmoderna que tiene que
ver con un análisis crítico y que cuestiona esos valores.
En
este artículo incorporamos dos testimonios de docentes de segundo año del área
proyectual, quienes nos explicaron que muchas veces los estudiantes, al
provenir de un trayecto como de otro, poseen divergencias muy visibles en la forma
de pensar y producir diseño.
Dentro
de este horizonte de sentido ubicamos también la concepción del mercado y de la
globalidad, donde la inserción (o no) en ciertas esferas conlleva también
determinadas formas de pensar en cómo se produce, circula y consume el diseño.
También desarrollamos este punto en extenso en el apartado anterior, al
desglosar la distinción entre lo público y lo privado. Esto deja en evidencia
que estas nociones y estos antagonismos no son estáticos, sino que existen
múltiples capas de sentido que los vinculan y conectan.
VI. Los cruces entre
las concepciones
Como
bien intentamos evidenciar, los antagonismos anteriormente planteados no son
bloques estáticos, sino que son discursos no cerrados, identidades precarias,
que contienen sentidos compartidos y múltiples significantes en disputa.
Es
fundamental, para arrojar una comprensión sobre estos sentidos, entender que la
disciplina del diseño se sustenta en las distintas concepciones de lo social.
Lo
social es un espacio discursivo que sin embargo, no se agota en el discurso. El
discurso es la materialidad, la matriz de sentido en la que se inscriben las
representaciones. Como sujetos sociales, producimos significaciones;
aprehendemos el mundo social a través de esa dimensión simbólica. El
entendimiento de dicha realidad puede darse a partir de una lectura analítica
de los discursos sociales.
Las
diversas formas en que se piensa el campo del diseño dependen de las
concepciones de realidad sobre las cuales nos posicionemos. Y asimismo, la
realidad depende, en sí misma, de su contexto. Coincidimos con Verón (1983) en
que no existe una única realidad, sino que la misma es una construcción de
múltiples realidades. Lo social está atravesado y definido por condiciones
sociohistóricas, las cuales refuerzan sus particularidades. De tal manera,
Laclau y Mouffe entienden que existen lógicas de equivalencia y lógicas de
diferencia: «Los actores sociales ocupan posiciones diferenciales en el
interior de aquellos discursos que constituyen el tejido de lo social. En tal
sentido, ellas son estrictamente hablando, particularidades» (1985, p. 13)
donde hay antagonismos que crean fronteras internas en la sociedad.
Se
afirma la existencia de una relación hegemónica cuando «cierta particularidad
asume la representación de una universalidad enteramente inconmensurable con la
particularidad en cuestión», donde un punto nodal o significante-amo, en tanto
elemento particular, «asume una función “universal” estructurante dentro de un
cierto campo discursivo» (Laclau y Mouffe, 1985, p. 12-15).
Entendemos
que estas tensiones están dadas en el campo de los talleres, en el sentido de
que las distintas concepciones conviven. Es así como el discurso genera estas
polaridades, porque cuando un sentido particular se convierte en un
significante nodal, muchos sentidos y representaciones acaban por incluirse en
esos marcos de discurso.
Según
Laclau, de modo semejante, los sujetos son plausibles de experimentar
identificaciones, las cuales son parciales y precarias, circunstanciales y
contingentes. No hay identidades cerradas y el APD,
desde un proceso deconstructivo, aborda dimensiones sociohistóricas del poder,
a partir de la materialidad del discurso.
Una
estructura discursiva es una práctica articulatoria, que constituye y organiza
las relaciones sociales. De este modo, si desde una cátedra se asume una
determinada postura política con respecto al tratamiento de una temática,
también es el resultado de distintas tensiones, de perspectivas del diseño y de
lo social. Quizás la universidad pública es una institución que permite que lo
político permee, y que evidenciar esas divergencias es lo que resulta en sí
mismo un aspecto enriquecedor.
Palabras
finales
El
presente escrito se orientó a plasmar una serie de antagonismos discursivos que
resultan constituyentes en la configuración de la identidad del diseño en
Udelar. Si bien existen algunas particularidades propias del universo de
sentido aquí analizado, entendemos que este mapa discursivo puede ser
esclarecedor también para pensar a la disciplina en un marco regional.
De
este modo, a lo largo de la tesis doctoral que enmarca este escrito, indagamos
sobre las correlaciones que existen entre la forma de pensar en estos problemas
de sentido, dentro de la particularidad de una carrera dictada en una facultad
con un entrelazado complejo de tradiciones, en una universidad pública,
latinoamericana.
Notas
1. Udelar es la acronomización del término
«Universidad de la República».
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