ARTÍCULO
Imaginación en época de cenizas: figuraciones posthumanas en las obras de Adriana Miranda, Claudia Pérez De Sanctis y Paula Gaetano Adi
Imagination in a time of ashes. Posthuman figurations in the works of Adriana Miranda, Claudia Pérez de Sanctis and Paula Gaetano Adi
MARIANA YANINA OLIVARES | Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Universidad Nacional de San Juan. Argentina
marianaolivarespedrozo@gmail.com
orcid: 0009-0004-2792-9132
doi: 10.33255/26184141/1886
Fecha de recepción: 31/12/23. Fecha de aceptación: 9/4/23. Fecha de publicación:
Resumen
El pensamiento
occidental, arraigado en el humanismo y
antropocentrismo, ha situado al hombre noreuropeo en el centro del universo,
fomentando la idea de superioridad que justifica la dominación y colonización.
Este paradigma, evidente desde la antigüedad hasta la Era Moderna con el cogito
cartesiano, ha generado el control del sujeto moderno sobre todo lo que difiere
de sí mismo. Dicha visión ha conllevado a la crisis climática actual,
denominada como Antropoceno o Capitaloceno.
En el presente artículo el arte se plantea como un dispositivo estético-crítico que configura esquemas de hacer-saber otros, ampliando el campo de lo imaginable y, por ende, de lo posible. Las obras de Adriana Miranda, Claudia Pérez De Sanctis y Paula Gaetano Adi se abordan como prácticas imaginativas que, mediante figuraciones de razas caninas locales, ent(r)es injertados y robots, intervienen en los regímenes de verdad dominante, abriendo camino a mundos más habitables. La imaginación es entonces concebida como una práctica situada que actúa sobre la realidad, transformando la sociedad y creando nuevas ficciones que contribuyen a la construcción de futuros más deseables..
Palabras clave: imaginación, posthumanismo, artes visuales
Abstract
Western
thought, deeply-based in humanism and anthropocentrism, has placed
North-Eurepean man at the center of the universe, promoting the idea of
superiority that justifies domination and colonization. This paradigm, evident
from antiquity to the Modern Era with the Cartesian cogito, has generated the
control of the modern subject over everything that differs from itself. This
vision has led us to the current climate crisis, called the Anthropocene or
Capitalocene.
In
this article, art is presented as an aesthetic-critical device that configures
different schemes of making-knowing, expanding the field of what is
imaginable and, therefore, of what is possible. The works of Adriana Miranda,
Claudia Pérez De Sanctis and Paula Gaetano Adi are approached as imaginative
practices that, through figurations of local canine breeds, grafted
(inter)entities and robots, intervene in the regimes of dominant truth, leading
to more habitable worlds. Imagination is then conceived as a situated practice
that acts on reality, transforming society and creating new fictions that
contribute to the construction of more desirable futures.
Keywords: imagination,
posthumanism, visual art
¿Cómo
activar nuestra imaginación en esta época de cenizas
de las
promesas incumplidas? ¿Cómo soplar los vestigios de
nuestro
presente para que vuelva a arder su peligro?
(Andrea
Soto Calderón, 2022, p.11)
La lucha
por la supervivencia no puede realmente separarse
de la
vida cultural o de la fantasía, y la supresión de la fantasía
–a través de la censura, la
degradación u otros medios- es una
estrategia
para procurar la muerte social de las personas. La
fantasía
no es lo opuesto de la realidad; es lo que la realidad
impide
realizarse y, como resultado, es lo que define los límites
de la
realidad, constituyendo así su exterior constitutivo. La
promesa
crucial de la fantasía, donde y cuando existe, es retar
los
límites contingentes de lo que será y no será designado como
realidad.
La fantasía es lo que nos permite imaginarnos a nosotros
mismos y
a otros de manera diferente; es lo que establece
lo
posible excediendo lo real; la fantasía apunta a otro lugar
y,
cuando lo incorpora, convierte en familiar ese otro lugar.
(Judith Butler, 2006, p. 51).
El pensamiento occidental, constituido a partir del humanismo
y del antropocentrismo, posicionó al hombre europeo (el género aquí es
intencional) y a su cultura como el centro del universo creando una idea de
superioridad que justificó la dominación, apropiación y colonización de otros
humanos y no-humanos. Esta concepción, como afirma Braidotti (2015, p. 25),
puede ya apreciarse en la antigüedad clásica, en la sentencia de Protágoras que
determina que el hombre es «la medida de todas las cosas», y visualizarse en el
hombre de Vitruvio del pintor renacentista Leonardo da Vinci, cuyo modelo
universal será escindido, en la Era Moderna, en mente y cuerpo. Por supuesto
que aquí, nos remitimos a la famosa frase de Descartes «cogito
ergo sum» que marca el valor de la sustancia inmaterial (pensamiento)
por sobre la sustancia material (cuerpo). A partir de aquí el cogito cartesiano
(que es también el cogito conquiro al que hace
referencia Enrique Dussel, 1992), se vinculará con el mundo desde una posición
externa, instrumental y extractivista.
De
este modo, el sujeto moderno —que no es cualquier sujeto, sino un varón,
blanco, noroccidental, heterocis, colonial— mira, nombra, clasifica, domina,
controla y consume la naturaleza en toda su extensión. Aquello que no responde
a su parámetro de humanidad —animales, vegetales, insectos, microbios, etc.
pero también personas— es reducido a puro cuerpo y «transformado en fuerza
productiva, obediente, rentable al máximo e instrumento de consumo» (García
Cortés, 1996, p. 33). En otras palabras, todo lo que no se corresponde con la
representación del humano-hombre es convertido en lo otro y sus vidas son
representadas como superfluas, abandonables e, incluso, eliminables. O como
afirma Braidotti, lo que difiere del antrophos es
sensualizado, racializado, naturalizado y «reducidos al estado no humano de
cuerpos de usar y tirar» (Braidotti, 2015, p. 27).
Dicha
cosmovisión nos ha conducido a la era geológica actual marcada por la crisis
climática, las extinciones masivas de especies, las desforestaciones y
desertificaciones, la desposesión de grandes poblaciones humanas y no humanas,
entre otras catástrofes que hacen peligrar la existencia misma del planeta.
Este periodo ha recibido una multiplicidad de nombres de acuerdo al aspecto que
se considera que es responsable del cambio geológico: el Antropoceno señala a
la actividad humana como fuerza destructora, mientras que, el Capitaloceno, un
poco menos antropocéntrico, sitúa al capital como el responsable. Como menciona
Torrano (2021, p. 45) otras denominaciones propuestas son el Necroceno que
señala la extinción de especies, culturas y lenguas, el Plantacionoceno que
refiere al modo de producción de los alimentos, y el Tecnoceno que alude a la
aceleración del desarrollo tecnológico. Por otro lado, Haraway propone el
término Chthuluceno para referirse a la configuración de los espacios-tiempos,
pasado y presente, pero marcando siempre la apuesta a un mundo por-venir, en
donde la unión de las diferentes entidades terranas podría ser la clave para
«hacer posible una parcial y sólida recuperación y
recomposición-biológica-cultural-política-tecnológica que debe incluir el luto
por las pérdidas irreversibles» (Haraway, 2016, p. 20).
En
este contexto es que los estudios posthumanos han ganado visibilidad ya que nos
incitan a pensar por fuera de la centralidad de lo humano (como hombre y como
antropos). De allí que el continuum entre
naturaleza, cultura y tecnología, propuesto por el posthumanismo, no solo
contraría la idea de un individuo autocentrado, sino que disuelve las fronteras
entre humanos y no humanos, generando un «lazo afirmativo que sitúa al sujeto
en el flujo de las relaciones con los múltiples otros» (Braidotti, 2015, p.
65). Es por ello que Haraway propone las figuras del cyborg
y las especies de compañía para desmantelar la noción de una naturaleza humana
inmutable y esencial, y con ello alejarse del enfoque antropocéntrico a la par
que desbaratar los binarismos tradicionales (Haraway, 2017, p. 4).
El
posthumanismo, dice Braidotti, es un proyecto político afirmativo, crítico al
tiempo que creativo, que incentiva «la búsqueda de esquemas de pensamiento, de
saber y de autorrepresentación alternativos respecto de aquellos dominantes»
(2015, p. 23). En consonancia con esto Haraway (2019) propone generar otros
imaginarios o fabulaciones especulativas que nos inviten a configurar nuevos
mundos (worlding).
Pues las narraciones y las teorías no son solo conceptos abstractos sino
prácticas semiótico-materiales con las que se moldean los ensamblajes de
tiempos-espacios y la multiplicidad de las entidades. Es por ello que
proponemos el arte como un dispositivo estético-crítico,1 que configura esquemas de hacer-saber
otros, con los que se amplían el campo de la fantasía y de lo imaginable, y con
ello el campo de lo posible. Como afirma Soto Calderón (2022) la imagen permite
conocer, sentir, comprender y producir la realidad. De allí que la acción
imaginativa es referida por la misma autora, como un hacer que «[c]rea, regula
y transforma la sociedad, levanta figuraciones, interferencias, restos que
introducen umbrales de variación no como imagen de algo existente, sino que
instituye su ser-ahí» (p. 55). En consecuencia, concebimos la imaginación como
una práctica semiótico material situada, que al generar nuevas ficciones y
nuevas figuras del discurso actúa sobre la realidad (Haraway, 2004). A partir
de esto, abordaremos las obras de Adriana Miranda, Claudia Pérez De Sanctis y
Paula Gaetano Adi como prácticas imaginativas y situadas que valiéndose de
figuraciones de razas caninas locales (Miranda), ent(r)es injertados (Pérez De
Sanctis) y robots (Gaetano Adi) intervienen los regímenes de verdad de la
ficción dominante y dan cauce así a mundos más habitables2.
Figuraciones animales
en el Espacio de Acá (2011) de Adriana
Miranda
Siguiendo
con Haraway, la autora propone generar relaciones de parentescos, no basadas en
lo genético o genealógico, que permitan superar las fronteras entre especies.
Desde esta perspectiva hacer parientes significa «componer-con» la
multiplicidad de entes con quienes co-evolucionamos y co-habitamos (Haraway
2016 y 2019). De allí que Torrano (2021) denomine a esta proposición vincular
como «ontología relacional», ya que los seres no son independientes, no
preexisten a las relaciones, sino que acontecen en ella. Este planteo se vuelve
aún más patente cuando nos referimos a la figura de los perros, pues la
historia de la evolución de los mismos, desde un punto de vista antropocéntrico,
narra cómo ellos fueron domesticados: «el hombre tomó al lobo (libre) y lo
convirtió en perro (servil) y aquello hizo la civilización posible» (Haraway,
2017, p. 27). Este tipo de narraciones quita toda agencia a dichos animales y
niega que tanto el perro como el humano son el resultado de un devenir-con.
La
artista Adriana Miranda con su obra Espacio de acá (2011) señala y problematiza las
vinculaciones co-constitutivas entre humanos, canes y entorno, y a la par,
establece conexiones con las relaciones colonialistas y de clase. Es importante
marcar que el título hace referencia al libro de igual nombre del teórico y
artista chileno Ronald Kay. En este texto (2005) Kay afirma que el paisaje
latinoamericano es el resultado de la fotografía estadounidense, es decir que,
el imaginario construido por el imperio para América Latina da forma y regula
lo real latinoamericano. Lo que está en juego aquí es la producción de
visualidad, es decir, de una: «práctica discursiva que busca dar forma y
regular lo real con efectos materiales concretos» (Mirzoeff, 2016, p. 34).
Basándose en la idea de que la conquista del imaginario es una conquista de lo
real, Miranda formula su obra a partir de dos proposiciones. Por un lado, la
arquitectura local, a la que denomina «rústico-rococó», y, por otro lado, los
perros mestizos sanjuaninos. Mientras la primera, en su combinación del gusto
oligárquico y aristocrático ignora el paisaje desértico local, la segunda
figura co-evoluciona y co-habita en y con él.
La obra fue construida por la artista a lo largo de cuatro años, en los cuales Miranda, partiendo de la idea darwiniana de evolución, siguió a diferentes jaurías de la provincia de San Juan y registró el proceso en notas, dibujos y fotografías. A partir de ello propuso la existencia de dos especies locales: el Delmer andino y el Delafer andino. Posteriormente difundió dichos datos en los medios masivos de comunicación, principalmente los programas más famosos de la televisión del momento. A su vez organizó el Primer Congreso de Perros Delmer Andinos en una de las plazas locales, cuya invitación en una de sus partes anunciaba:
Trayendo a su perro mestizo ayudará a que la
información que nos aporte sobre él se organice en una base de datos a la que
todo interesado podrá acceder y así preservar este grupo canino que, tras
muchos años de evolución sin intervención humana, se ha convertido en una raza
esencialmente virtuosa. Su diversidad genética hace a estos perros fuertes,
longevos, muy inteligentes y afines a las condiciones de San Juan. (Miranda,
2023)
De
dicha manera, la obra se desobjetificaba y adquiría la forma del medio que la
contenía. Ello le permitía a la artista preservar el contenido y, a la vez,
disputar los sentidos que construían los medios de comunicación, para así
combatir sus efectos materiales en el seno de la vida social sanjuanina (A.
Miranda, comunicación personal, 1 de diciembre de 2022).
En su
investigación Miranda postula que el Delmer Andino pesa entre 5 y 12 kilos, y
posee un pelaje corto, mientras que el Delafer Andino, pesa entre 12 y 35 y su
pelaje es un poco más largo. Las denominaciones de estas figuras emulan
burlonamente los nombres de las mascotas domésticas de pedigrí, pero en
realidad hacen referencia en el primer caso a los perros provenientes del
mercado y en el segundo a los de la feria. Este juego irónico con los nombres
de las razas caninas da cuenta del cruel antropocentrismo y clasismo que
durante la época victoriana comienza a crear linajes perrunos para la
estetización de la vida humana. Incluso se fundaron en ese periodo asociaciones
de razas caninas, como la Kennel Club (1873), en cuyo registro era esencial que el
perro estuviera consignado para considerarse miembro de una raza. De hecho, sus
dos antecesores también debían estarlo (Ritvo, 1986). De este modo los canes
que hasta ese momento habían cooperado con los hombres fueron desagenciados y
transformados en una referencia de status y objeto de consumo.
Otro
de los ejes que problematiza la obra es el colonialismo interno3, es decir la continuidad de la dominación colonial en
la contemporaneidad, que lleva a los sanjuaninos y las sanjuaninas a adoptar
especímenes de «raza» —cuya expectativa y calidad de vida se ve disminuida por
las características desérticas de la provincia— y a ignorar, cuando no
eliminar, las formas de vida caninas locales. Por lo tanto, la obra de Adriana
Miranda, que figura los Delmer y Delafer andinos, señala cómo la creación de
las razas de perros en Europa produjo una reorganización de los cuerpos caninos,
que, basándose en un principio estético, jerarquiza sus vidas. A la vez, la
obra marca, que tal valoración estética, importada e impuesta, es tan fuerte
que la aceleración de la caducidad del objeto-animal, por el influjo del
contexto, no es tenida en cuenta.
Volviendo
a la relación con aquel primer elemento que mencionamos, la arquitectura
rústico-rococó, la misma fue construida combinando el gusto oligárquico y
aristocrático con el imperialista. Las
referencias eran tanto la casa de campo de familia oligárquica argentina que
poseía grandes cortinados y muebles Luis xv,
como el chalet californiano con sus techos a dos agua y tejas. Si los estilos
arquitectónicos configuran estilos de vida, entonces el rústico-rococó
construía un modo de vida muy alejado de las necesidades de un contexto árido.
Es decir que los techos de dichas viviendas nunca sostuvieron nieve, mientras
que sus paredes de ladrillo (no de adobe) sí mantuvieron el calor desértico.
Calor que a su vez aumenta año a año y demanda mayor gasto energético. De allí
la contraposición que la artista establece con la forma de habitar de los
Delmer y Delafer, quienes, sin ignorar el entorno, aprovechan la gigantesca red
de acequias, los rayos ultravioletas (por su asepsia), la sombra de los árboles,
los diferentes lugares estratégicos para alimentarse y la colaboración mutua4, logrando de dicho
modo sobrevivir con prosperidad y sin injerencia humana. En otras palabras,
Miranda compone una antítesis con la cual señala, por un lado, cómo aquel tipo
de edificación, ajena a la vida local, responde a un espacio imaginario de allá,
y por el otro cómo el perro mestizo y callejero, que aprendió a vivir-con y morir-con
de manera recíproca, deviene-con el espacio de acá. De este modo, la obra adquiere tanto
un carácter crítico como propositivo, des-figura y con-figura la mirada de los
y las espectadoras, proponiendo otros modos de habitar más cercanos a lo animal
no-humano, más alejados del animal humano, y más situado aquí que allá.
Figuraciones de
ent(r)es e injertos en el Libro de los
experimentos (2018) de Claudia Pérez De Sanctis
Como plantea Foucault se puede utilizar la ficción para provocar efectos de verdad, es decir ficcionalizar lo que todavía no es para que sea. Escribe el autor: «Se “ficciona” historia a partir de una realidad política que se hace verdadera, se “ficciona” una política que no existe todavía a partir de una realidad histórica« (Foucault, 1972, p. 172). De igual forma val flores5, en su texto Industrias del cuerpo (2011), plantea que la realidad es una fabulación moldeada por diversas ficciones, ficciones entre las cuales se encuentra la teoría. Afirma flores:
La teoría también es una ficción que se
convierte, por efecto performativo, en normativa. Son ficciones armadas sobre o
contra otras ficciones, que proveen los presupuestos epistemológicos e
iconográficos para pensar los cuerpos, las sexualidades y los deseos, al amparo
de las regulaciones del poder estatal, religioso y del mercado. (flores, 2011,
p. 4)
Nos interesa la dicotomía ficción/realidad, o también podríamos nombrarla
como ficción/verdad o ficción/teoría, para acercarnos a una de las
problemáticas abordadas por la obra que en este apartado nos compete. El libro de los
Experimentos (2018) es una bitácora ficcional de Vicente López,
un bioquímico italiano, que a comienzos del siglo xx
migra a Argentina y desarrolla investigaciones, botánicas y genéticas, en las
que produce ent(r)es híbridos a partir de injertos que combinan el cabello de
su difunta esposa, partes humanas, vegetales y organicismos varios. Pérez De
Sanctis plantea en su libro-obra que los registros y archivos de dichas
experimentaciones llegaron a ella, después de haber permanecido guardados
durante casi un siglo, de manos del sobrino de uno de los mejores amigos del
susodicho científico, quien a la par sería su bisabuelo.
A partir de lo dicho, y retornando al campo de las artes visuales, podemos
afirmar que la obra está inscripta en el género de arte contemporáneo
denominado fake
(palabra anglosajona que se traduce como falso, falsificación o engaño). El
mismo refiere a un tipo de producción artística que emplea los códigos propios
de una institución, o discurso legitimado socialmente, para cuestionar sus
estándares de veracidad y con ello su legitimidad. En relación a ello, el
historiador de arte Jorge Luis Marzo (2020) afirma que el término fake es
ambiguo, ya que abarca tanto un artificio creativo como un engaño con fines
económicos, por ello propone la denominación «veroficción». Dicho término, según el autor, refiere
expresamente a los discursos artísticos que mediante el camuflaje de su
procedencia problematizan los parámetros actuales de veridicción (2020, p. 31)6. Por tanto, a partir del contenido de El libro de los
experimentos, y del cómo se construye ese contenido,
podemos afirmar que la obra, por un lado se vale de la «veroficción» para
problematizar el régimen político de producción de verdad, y por el otro, se
vale de las figuraciones de ent(r)es para desafiar la concepción monolítica de
identidad.
En relación a la problemática alrededor de la dupla ficción/verdad, la artista problematiza dos tipos de discursos que pertenecen a los saberes dominantes, tanto el de las ciencias sociales como en de las ciencias llamadas exactas. Con respecto al primer campo, Pérez De Sanctis encuadra su relato bajo un marco histórico, inventando una genealogía para su personaje. Genealogía que es tanto social, porque apela a la historia de las inmigraciones de europeos y europeas a la Argentina del siglo xx, como personal, pues se vincula con su propia historia de vida y la de sus antepasados. En el prólogo del libro-obra se describe:
La parva, como la había bautizado Julio [el
nieto del amigo de López] en aquel mail, es un compendio de documentos que a
simple vista parecen de una naturaleza de más heterodoxa. Cartas de amor
escritas en italiano antiguo, poemas, páginas sueltas de libros y revistas de
ciencia, dibujos, cintas super 8 mm y material ligado a lo que parecía algún
tipo de investigación científica con extrañas intenciones. Los papeles, estaban
muy degradados y costaba mucho entender los textos, ya que todos estaban
escritos a mano.
Me llamó la
atención una serie de hojas que permanecían atadas con un cordel. El paso del
tiempo las había tornado ilegibles. Durante
un buen lapso he intentado transcribirlas, aunque solo lo he logrado con unas
pocas. Esos escritos, titulados como Archivos: de imposibilidades; de
incertidumbres; de cosas que no pasaron o de curiosidades eran
las memorias que escribía mi bisabuelo. Según lo que he podido investigar el
material estaría producido entre 1925 y 1935. (Pérez De Sanctis, 2018, pp. 5-6)
La artista parece valerse, para otorgarle veridicción a su discurso, de lo
que de Certeau (1993) denominaría una «operación historiográfica». La misma
está compuesta por tres fases que se manifiestan en el relato que conforma la
bitácora: la fase documental de los archivos, expuestos en el libro
con ilustraciones y fotografías aparentemente antiguas, y las fases
explicativa/comprensiva y literaria escritural que
aparecen tanto en las reflexiones y apuntes de Vicente López como en la voz de
la misma artista que se muestra en el prólogo. De este modo, el trabajo
artístico revela la historia como un «artefacto literario» (White, 2003), cuyos
recursos retóricos construyen su veridicción.
Por otro lado, con respecto a las ciencias exactas, la obra combina
diversos registros de pruebas de laboratorio, como ilustraciones, fotografías,
esquemas y notas. Esta heterogénea, e incluso disparatada, documentación está
constituida a partir de la representación de ciencia que está enraizada en el
sentido común. Es decir, la ciencia como un conocimiento metódico, racional,
objetivo, preciso, verificable y totalmente alejado del conocimiento «vulgar»
(Bunge, 2001, p. 11). Por lo tanto, otras de las operaciones que construye el
efecto de verdad de este proyecto artístico son: el bosquejo de un tipo de
discurso valorado: el científico; el esbozo de técnicas y procedimientos
socialmente ponderados para la obtención de la verdad: el método científico; el
delineado de sujetos del enunciado «autorizados» para formular la verdad:
doctores/científicos/investigadores de las ciencias «duras» (el género aquí
otra vez es intencional); y también por cierta estética de la razón (Olivares,
2021). Sin embargo, todo ello es intercalado con reflexiones de tono poético,
como puede apreciarse en los títulos de los diversos apartados: Archivo de
imposibilidades, Archivo de incertidumbres, Archivo de curiosidades, Catálogo
de cosas que no pasaron, etc. Estos nombres, y sus narraciones
divagantes en primera persona, contrarían el ideal de científico como «testigo
modesto», ya que rompen con la búsqueda de la verdad científica mediante una
posición descorporalizada y libre de emociones subjetivas asociadas a lo
femenino (Bunge, 2001).
Dicha contradicción, la ciencia dura «ablandada», señala el carácter
ficcional del dispositivo creado por Pérez De Sanctis. Si bien la obra juega
con los elementos referidos y construye un artefacto artificioso, no es de
ninguna manera solo un juego o un artificio, sino que todos estos componentes
nos sitúan en el centro mismo del problema, como diría Foucault
(2000): el combate por la verdad7. De este modo, la artista, señala cómo la ciencia
moderna, producida por el Occidente patriarcal, imperialista y colonial, se
autoidentifica como el único modo válido de obtener conocimiento universalmente
verdadero. Esta concepción jerarquizada y jerarquizante designa quién es un
sujeto de conocimiento y qué es un objeto de conocimiento, a la vez que niega y
desvaloriza otros modos del conocer (Sousa Santos, 2010). La literatura
científica y su doctrina de la objetividad crea un efecto de poder tras lo cual
oculta su especificidad histórica y parcialidad, este paradigma es contra lo
que crea sus figuras Claudia Pérez De Sanctis.
Por otro lado, los ent(r)es creados en aquel laboratorio de Vicente Santos
son producto de la práctica del injerto, en el sentido del jardín de la abuela
con sus rosales, cactus y frutales. El injerto es una técnica de reproducción
vegetal en la que se promueve la propagación asexual de las plantas mediante la
unión de una porción de tejido de una planta existente con otra ya establecida,
de tal modo que la conjunción de ambas crece como un solo organismo. Este
«vivir con» del injerto, que puede contener incluso vegetales de diferentes
familias, es un «hacer parientes» (Haraway, 2019) y a la par un deshacer
fronteras. Los ent(r)es injertados, quiméricos, frankensteinianos, de Vicente
López (o tal vez debiéramos decir de Pérez De Sanctis) desafían los límites tan
claros que el lenguaje logofalocéntrico, exacto y lineal nos ha heredado.
Muchachitas con cabeza y pies humanos unidas por un solo cuerpo plantoide,
plantas de diferentes especies con tres pies humanos y artefactos de
laboratorio, animales diversos con un cuerpo de doce patas y varios ojos. La
operación del injerto, que genera ent(r)es que son una especie y dos (o más) al
mismo tiempo, nos permite apreciar otros saberes que nos develan que los
sujetos no son un ente cerrado siempre igual a sí mismo, y que la
realidad es un fenómeno múltiple, contradictorio y no sintetizable (Anzaldúa,
2016: 136 y Rivera Cusicanqui, 2015, p. 295).
De
este modo, la obra de Pérez De Sanctis, nos insta a criticar la lógicas
monolítica e instrumental del pensamiento patriarcal, colonialista y
capitalista, y a la par a imaginar, como menciona la misma artista, «un futuro
en el que el con-tacto, la mutación e incluso la simbiosis entre las diversas
especies puedan hacer prosperar nuevas formas de habitar» (C. Pérez De Sanctis,
comunicación personal, 29 de noviembre de 2023). Formas de habitar los
unos con los otros, los unos en los otros, los otros en uno, o finalmente
devenir ent(r)e todo eso.
Figuraciones robóticas
en el Manifiesto Robocalíptico (2020) de Paula
Gaetano Adi.
En el
video ensayo Manifiesto
Robocalíptico (2020), de aproximadamente 11 minutos, Paula
Gaetano Adi figura el robot como un potencial aliado en la liberación de la
opresión y la desigualdad. La obra, construida a partir del collage de
diferentes found footage y producciones de la
artista, está dividida en tres actos o capítulos. En el primero titulado
«Robots en huelga: robocalípsis reinterpretado», la artista se concentra en
imágenes hollywoodenses para dar cuenta de la construcción de un imaginario
apocalíptico en donde las máquinas toman el control. El segundo episodio,
«Robots más allá de la instrumentalización: la humanidad reconquistada», está
enfocado con imágenes provenientes de laboratorios tecnológicos que muestran
cómo la racionalidad instrumental ha construido los robots a imagen y semejanza
de la humanidad, incluso en el diseño de su esclavitud. Por último, en «Robots
en el pluriverso: animismo recargado» Gaetano Adi trabaja con audiovisuales
propios en donde se visualizan quimeras robóticas frutos de un hacer-pensar
mestizo y ch´ixi8.
El
primer acto comienza con una imagen del gigante robot alienígena del film El día que la tierra se
detuvo (Wise, 1951). Esta película, producida en medio de
la guerra fría, narra la historia de Klaatu, un extraterrestre de fisonomía
humana, quien llega a la tierra acompañado de un enorme robot, para solicitarle
a los humanos que pongan fin a su estilo de vida destructivo, ya que el mismo
amenaza tanto a la existencia humana como a la de otras especies. Este film del
50, del que se apropia la artista, ya advierte como el capitaloceno es tanto un
modo de producción como un modo de destrucción. En la escena referida se nos
muestra al robot disparando, por sus ojos, rayos que deshacen las armas de los
militares allí dispuestos: tecnología que deshace otra tecnología: un llamado
al (des)arme material, conceptual y espiritual. Esta primera escena pareciera
plantear el eje que atraviesa toda la obra: un estallar, un desaprender y
desmontar para confeccionar nuevos imaginarios y con ello potenciales futuros.
En
una entrevista Gaetano Adi afirma que «si el apocalipsis robótico, tan
tematizado por Hollywood, acaba con la humanidad como la conocemos, entonces hay
que abrazar esa destrucción» (Gaetano Adi, 2022). A partir de esto Olivares y
Torrano (2023) proponen interpretar la obra en la intersección ente lo
apocalíptico y el apocalipsis que como declara Héctor Schmucler en Elogio del apocalipsis no denominan lo mismo. El autor
asevera que el adjetivo «apocalíptico» ha impuesto su significado catastrófico
al término «apocalipsis», que en su origen griego significa revelación y
«anuncia la más alta esperanza imaginable: el triunfo para siempre de la
justicia, el final de los tiempos de desamparo» (Schmucler, 2019, p. 439). De
modo que lo que las autoras, Olivares y Torrano (2023), sostienen es que el
video-ensayo trabaja con y desde ambos sentidos, señalando los efectos
catastróficos del capitaloceno y a su vez conjurando revelaciones que promuevan
la unión de las diferentes entidades, humanas y no humanas, para levantar
figuraciones que apuesten a un mundo por-venir.
Como
más arriba afirmamos, el humanismo y el antropocentrismo pautaron las
características que definen la humanidad. El humano, dentro de este paradigma,
es un varón euroccidental, blanco, hetero-cis sujeto a la racionalidad
instrumental, extractivista, colonial y capitalista. Todo lo que no cumple con
dicho modelo es convertido en lo otro y minorizado: las feminidades son
convertidas en minoría de género, las personas de color en minoría de raza, el
proletariado en minoría de clase, los no humanos en minorías de especie, etc.
De allí que el Manifiesto robocalíptico equipara los
robots, cuya función es servir al hombre, a las subjetividades subalternizadas:
la racionalidad instrumental explota a ambos y los convierte en esclavos del
sistema. Es así que, a la lucha, en una de las escenas del audiovisual, entre
humanos y robots, la artista superpone la imagen de los cuerpos geometrizados
de los y las obreras de Metrópolis (Lang, 1972),
quienes avanzan con movimientos casi robóticos hacia la fábrica. Bajo el
paradigma antropocéntrico, humanos (no el Hombre como medida de todas las
cosas) y robots son considerados, como asevera la voz en off del video ensayo,
«no humanos, menos que humanos, inhumanos, infrahumanos» y por tanto son
transformados en objetos disponibles y desechables.
Ante
ello, la obra nos invita a asumir nuestro parentesco y generar alianzas que
imaginen potenciales futuros por fuera del mito moderno. En este sentido,
Gaetano Adi llama a un alzamiento de las máquinas, una huelga que detenga todo
tipo de producción hasta que se le devuelva «la
capacidad de agencia a todos los no-humanos y cosas» (2023). A la par, propone liberar las entidades robóticas de los
propósitos con las que fueron programadas, desactivar así su función
utilitaria, volverlas inoperantes e ineficaces. «En otras palabras, abrir sus
códigos y dejarlos en disponibilidad como potencia no de ser una sola cosa sino
múltiples cosas» (Olivares y Torrano, 2023, p. 11). En este sentido, afirmamos
que el uso de materiales descartables y precarios, con los que la artista
construye sus propios robots (en el tercer acto), es una proposición
desobediente y creativa, que no busca ser una práctica neoliberal para extender
la productividad de las cosas, sino una estrategia para destrabar las fijezas y
generar nuevos usos.
Los
robots de este tercer acto son, como la voz en off del video anuncia, «robots
barrocos, seres artificiales vernáculos, ensamblajes tecnológicos« (2023) inspirados en quienes han sido considerados y
consideradas como «lo otro» desde el paradigma de la humanidad blanca,
occidental, hetero-cis, propietaria y masculina; es decir aquellos y aquellas
catalogadas como negros/negras, mestizos/mestizas, indígenas, ch’ix y creoles.
De este modo, las entidades tecnológicas creadas por Gaetano Adi, procuran
romper con los «organizadores sociales de la desigualdad» (Platero Méndez, 2014)
propios del pensamiento euronoroccidental, al tiempo que buscan re-conectar con
cosmogonías y epistemologías no hegemónicas. Así emergen en la pantalla
ensamblajes de materias orgánicas e inorgánicas, humanas, vegetales, robóticas,
cósicas, con máscaras indígenas o sin rostros. Con esos diversos materiales la
artista «compone un cuerpo fronterizo en términos epistémicos y ontológicos;
vale decir, impuro, complejo, atravesado por simultaneidades (imaginarios y
materiales locales y globales, “hi” y “low”, artificiales y naturales) que expone, provocando la
tensión entre paradigmas» (Martín, 2021, p. 72). A su vez, dichas quimeras, al
igual que las figuraciones de Claudia Pérez De Sanctis, desbordan la concepción
antropocéntrica de la identidad esencialista: ¿son humanas? ¿son animales,
robots, cosas? Los y las espectadoras, acostumbradas a un régimen visual de lo
uno o lo otro, procuran, desde su mirar, restablecer las fronteras físicas y
conceptuales, pero estos cuerpos fantásticos que danzan en la pantalla nos
presentan formas de visión y subjetivización ch´ixi y mestizas. De este modo
las fabulaciones maquínicas de Gaetano Adi nos plantean ficciones, que ya no
ignoran, en palabras de Jane Bennett (2022, p. 18), el poder cósico, y a la par
nos proponen alianzas con esos otros para con-figurar nuevas formas de
fantasear, y por tanto de ser, estar, pensar y sentir.
Algunas conclusiones
La
fantasía, como la práctica artística, «nos lleva más allá de lo que es
meramente actual o presente hacia el reino de la posibilidad, lo que no está
todavía actualizado o lo que no es actualizable» (Butler, 2006, p. 51). Es por
ello que consideramos que tanto la fantasía como el arte son herramientas
indispensables para encausar la reparación (por supuesto siempre parcial) de
nuestro mundo dañado. En dicho sentido, afirmamos que el arte es un dispositivo
estético-crítico con capacidad de con-figurar imaginarios y realidades
ampliando el campo de lo posible. Por lo que, las prácticas artísticas son
fundamentales para generar nuevas ficciones y figuras del discurso, que actúen
sobre las realidades. A partir de lo dicho, aseveramos que las obras de Adriana
Miranda, Claudia Pérez De Sanctis y Paula Gaetano Adi son prácticas
imaginativas y situadas que intervienen en los regímenes de verdad de la
ficción dominante y dan lugar a mundos más habitables. Dichas producciones
artísticas nos han permitido reflexionar sobre el paradigma antropo, andro y
euronorcentrado, sus lógicas de separación y jerarquización, y proyectos de
conocimiento, afectación y sensibilidad que ese paradigma ha instaurado.
En Espacio de Acá
(2011), Miranda problematiza las relaciones entre humanos, canes y el entorno
desértico de San Juan, evidenciando la clasificación y jerarquización de las
vidas y proponiendo los perros mestizos locales como una figuración, y ejemplo,
para aprender a vivir-con y morir-con el ensamblaje de espacio-tiempo en que
habitamos. Por otro lado, en Libro de los
experimentos (2018), Pérez De Sanctis utiliza la veroficción para
cuestionar la legitimidad de los discursos académicos/científicos e imaginar
ent(r)es, compuestos a partir de injertos, que nos permiten pasar de una mirada
antropocéntrica a una multiespecie. En el Manifiesto robocalíptico
(2020), Gaetano Adi desde una alianza imaginada entre robots y humanos, nos
convoca a pensar, desde una conciencia mestiza y decolonial, sobre el continuum naturaleza-cultura-tecnología y las «ontologías
relacionales». Por tanto, aseveramos que estas tres obras nos instan a
reflexionar sobre los vínculos constitutivos que se establecen entre la ficción
y la realidad, y cómo ello configura nuestra comprensión del mundo. Pero
también, y esto es lo poderoso, nos invitan a imaginar políticas afirmativas,
múltiples y heterogéneas en una «época de cenizas», y así nos incitan a «soplar
los vestigios de nuestro presente para que vuelva a arder su peligro» (Soto
Calderón, 2022, p. 11).
Notas
1. Utilizamos
el término dispositivo estético-crítico aludiendo al concepto de régimen
crítico-estético del arte de Nelly Richard (2006). Este último combina críticas
formales propias del campo artístico con reflexiones sobre el espacio político
que rodea a la expresión artística. Escribe Richard en su artículo «El régimen
crítico-estético del arte en el contexto de la diversidad cultural y sus
políticas de identidad [...] Conciliar con esta doble necesidad supone, desde
ya, rechazar el binarismo de una oposición simple entre, por un lado, la
autorreferencia del arte y, por el otro, el arte socialmente comprometido […] son
aquellas que, sin perder de vista la criticidad del lenguaje artístico como
“forma”, llevan la mirada del espectador a preguntarse, al mismo tiempo, por
los usos políticos del significado cultural que ideologizan o desideologizan la
mirada» (2006, p. 125).
2. Las
tres artistas analizadas en el presente artículo son oriundas de la provincia
de San Juan, Argentina.
3. La
socióloga Silvia Rivera Cusicanqui adoptó el concepto «colonialismo interno»
para señalar y analizar la continuidad de la dominación colonial que configura
las subjetividades del pueblo boliviano. En dicho sentido Rivera Cusicaqui
afirma que: «en la contemporaneidad boliviana opera, en forma subyacente, un
modo de dominación sustentado en un horizonte colonial de larga duración, al
cual se han articulado, pero sin superarlo ni modificarlo completamente, los
ciclos más recientes del liberalismo y el populismo. Estos horizontes recientes
han conseguido tan solo refuncionalizar las estructuras coloniales de larga
duración, convirtiéndolas en modalidades de colonialismo interno que continúan
siendo cruciales a la hora de explicar la estratificación de la sociedad
boliviana y los mecanismos específicos de constitución identitaria en el ámbito
político» (Rivera Cusicanqui, 2010, pp. 36-38). Si bien el «colonialismo
interno» es un concepto construido para analizar la sociedad boliviana, la
autora aclara que puede ser aplicable a las sociedades del resto de la región.
4. En
una conferencia realizada el 20 de septiembre de 2023, Miranda refiere cómo los
perros colaboran entre sí de diversas maneras, una de las más significativas es
el reconocimiento olfativo, al que denominó «saludo protocolar». La artista
afirma: «El saludo protocolar es muy importante. Se huelen los sacos
perianales, que son a los perros lo mismo que las huellas digitales de las
personas, en segundo lugar, se huelen los hocicos, intercambiando así
cuestiones tan importantes como qué comieron y dónde. Este código de
intercambio de información es más importante que las rivalidades y competencias
individuales. Lo convertí en un símbolo porque lo seguí mostrando pues es el
símbolo del instinto más básico para la supervivencia que es ayudarse entre
ellos intercambiando información» (Miranda, 2023).
5.
Respetamos la autodenominación de la autora, quien escribe su nombre con
minúsculas, siguiendo el gesto ideológico de bell hooks.
6.
Marzo afirma que las prácticas artísticas y activistas que trabajan desde la
veroficción son aquellas que «utiliza[n] artificios de apariencia para
infiltrarse bajo camuflaje en contextos determinados a fin de operar en ellos
sin revelar su identidad ni su objetivo ulterior, los cuales se desvelan al
final del proceso, exponiendo la condición de los mecanismos sociales
habituales en la construcción de sentido mediante el cortocircuito generado por
el engaño». (2020, p. 31)
7.
Afirma Foucault sobre el concepto de verdad: «por verdad no quiero decir “el
conjunto de cosas verdaderas que están por descubrir o que hay que hacer
aceptar”, sino “el conjunto de reglas según las cuales se distingue lo
verdadero de lo falso y se aplica a lo verdadero efectos específicos de poder”
(…) no se trata de un combate “a favor” de la verdad, sino acerca del estatuto
de la verdad y del papel económico-político que juega» (2000, p. 144).
8. Lo «ch’ixi»refiere a algo gris jaspeado, algo
que contiene infinidad de puntos negros y blancos que a la vista se unen en un
gris pero que continúan siendo colores separados. Escribe Rivera Cusicanqui:
«Es un modo de pensar, de hablar y de percibir que se sustenta en lo múltiple y
contradictorio, no como un estado transitorio que hay que superar (como en la
dialéctica), sino como una fuerza explosiva y contenciosa, que potencia nuestra
capacidad de pensamiento y acción» (2015, p. 295).
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