Ficciones deseadas, ficciones posibles: Colaboraciones entre artistas e ingenieros durante la Guerra Fría
Desired Fictions, Possible Fictions:
Collaborations between Artists and Engineers during the Cold War
Jazmín adler | Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Universidad Nacional de Tres de Febrero. Argentina
orcid: 0009-0003-6179-2312
doi: 10.33255/26184141/1865
Fecha de recepción: 18/12/23. Fecha de aceptación: 8/3/24. Fecha de publicación:
Resumen
Este artículo analiza determinadas obras artístico-tecnológicas exhibidas en los Estados Unidos en el contexto geopolítico de la década del sesenta, cuyos procesos de concepción y creación fueron posibles mediante la colaboración de artistas, ingenieros y científicos. El trabajo interdisciplinario entre los campos del arte, la ciencia y la tecnología adquirió un notable protagonismo en dicha coyuntura, signada por la carrera espacial iniciada con el lanzamiento del Sputnik en 1957, las fricciones entre los Estados Unidos y la antigua Unión Soviética durante la Guerra Fría, la expansión de los medios de comunicación masiva y el crecimiento de grandes corporaciones, industrias y universidades consagradas al desarrollo científico-tecnológico. El trabajo examina las modalidades de intercambio configuradas en cada caso entre las metodologías y herramientas de sus respectivos ámbitos, el rol desempeñado por artistas e ingenieros en la construcción de ficciones artístico-tecnológicas implicadas en el acto inventivo y las formas en que las experiencias de trabajo conjunto, en su vocación de especular con otros modos de producir conocimiento práctico y teórico, impulsaron la emergencia de nuevos campos del saber que desbordaron considerablemente los límites disciplinarios hasta entonces conocidos. El artículo fue desarrollado como parte de mi investigación en conicet, luego de una estadía de investigación posdoctoral en el Getty Research Institute (Los Angeles, eeuu). La beca fue otorgada por la Fundación Bunge y Born y el Centro Espigas.
Palabras clave: arte, ingeniería, Guerra Fría
Abstract
This article analyzes certain artistic-technological works exhibited in the United States in the geopolitical context of the 1960s, whose conception and creation processes were made possible through the collaboration of artists, engineers and scientists. The interdisciplinary work between the fields of art, science and technology acquired a remarkable prominence at that moment, marked by the space race initiated with the launching of Sputnik in 1957, the tensions between the United States and the Soviet Union during the Cold War, the expansion of mass media and the growth of large corporations, industries and universities devoted to scientific-technological development. The paper studies the modalities of exchange configured in each case between the methodologies and tools of their respective fields, the role played by artists and engineers in the construction of artistic-technological fictions involved in the inventive act and also the ways in which the experiences of working together, in their vocation to speculate with other ways of producing practical and theoretical knowledge, promoted the emergence of new fields of knowledge that considerably overflowed the disciplinary limits known until then.
Keywords:
Art, Engineering, Cold War
Tecnofilia e interdisciplinariedad
En julio
de 1967, el artista y crítico estadounidense Douglas Davis publicó un artículo
en The National Observer, titulado The Expanding Arts: Drawing On Technology, en cuyas
primeras líneas planteaba que prácticamente ya no existía una escultura que no
incorporara luz, sonido o movimiento. Si bien las aseveraciones de Davis
resultaban algo extremas —en efecto, numerosos artistas todavía permanecían
ajenos a la exploración tecnológica—, el objetivo de la nota consistía en
destacar que la histórica rivalidad entre el arte y la tecnología era
finalmente sustituida por el «matrimonio» entre ambas esferas (Davis, 1967). Años después, Machado (2000, p. 236)
diría que esta unión efectivamente puede ser entendida como un matrimonio,
aunque marcado por repetidas «crisis conyugales».
En la
década del sesenta del siglo pasado, la colaboración interdisciplinaria entre
los campos del arte, la ciencia y la tecnología adquirió un notable
protagonismo alrededor del mundo. Mientras que estos terrenos habían registrado
escasos puntos de conexión entre la Revolución Industrial y los inicios del
siglo xx, hacia aquella época comenzaban a aparecer
nuevas instancias de encuentro dirigidas a religar prácticas artísticas, medios
tecnológicos y conocimientos científicos con cierta sistematicidad. Todo ello
acontecía en el contexto de la carrera espacial iniciada con el lanzamiento del
Sputnik en 1957, las fricciones entre los Estados Unidos y la antigua Unión
Soviética durante la Guerra Fría, la expansión de los medios de comunicación y
el crecimiento de grandes corporaciones, industrias y universidades consagradas
al desarrollo científico-tecnológico (Máquina de Negocios Internacionales o
International Business Machines Corporation (ibm),
Laboratorios Bell, el Massachusetts Institute of Technology, la Universidad de
Illinois, la Universidad Estatal de Ohio, etcétera). De acuerdo con la hipótesis
de Bishop y Beck (2020, p. 1), en los años sesenta convergieron dos impulsos de
vanguardia que resultaron de la Segunda Guerra Mundial, tuvieron proyección
internacional y apostaron al futuro. Por un lado, en el ámbito de las artes,
las neovanguardias gestadas en los Estados Unidos de la posguerra e influidas
por el ímpetu experimental que llegó de la mano de los artistas que habían
logrado escapar de la guerra; por otro, el complejo militar-industrial
integrado por una red de instituciones privadas y estatales también alimentada
por científicos, ingenieros y tecnólogos europeos exiliados a Norteamérica.
Artistas como John Cage, Robert Rauschenberg, Andy Warhol, Lillian Schwartz,
Stan VanDerBeek, James Tenney y Deborah Hay, entre muchos otros, desarrollaron
«prácticas híbridas» (Cateforis, Duval y Steiner, 2019) en proyectos
colaborativos e interdisciplinarios que vincularon la producción artística
contemporánea con la innovación científica, tecnológica e industrial en los
Estados Unidos.
Si bien el
florecimiento de las plataformas destinadas a las confluencias del arte y las
tecnologías no fue privativo de la escena estadounidense,1 la tecnofilia provocada por la Guerra Fría ante
la amenaza de la antigua Unión Soviética aceleró la aparición de diversas iniciativas.
En respuesta a las tensiones entre Oriente y Occidente, la educación
estadounidense hizo especial hincapié en la ciencia y tecnología, mientras que
teóricos influyentes como C. P. Snow, Reyner Banham y Marshall McLuhan
destacaron la necesidad de generar interconexiones entre estos campos (Collins
Goodyear, 2008, p. 169). A su vez, el arte permitía matizar el discurso y la
práctica científico-tecnológica en el contexto bélico para contrarrestar el
carácter radical de sus desarrollos con fines destructivos (Collins Goodyear,
2019, p. 26). En un lapso de pocos años surgieron proyectos tales como
Experiments in Art and Technology (eat);
el programa de Arte y Tecnología creado en 1967 por Maurice Tuchman en Los
Angeles County Museum of Art (lacma); y el Center
for Advanced Visual Studies (cavs) fundado por
György Kepes en 1968 en el Massachusetts Institute of Technology (mit). El primero consistió en una organización sin
fines de lucro sobre la cual volveré más adelante, orientada a promover
intercambios entre artistas, ingenieros, científicos y la industria, fundada
por Billy Klüver, Robert Rauschenberg y otros artistas e ingenieros de los
Laboratorios Bell. Su principal objetivo era que actores significativos, tanto
del terreno de las artes como de la ciencia y la ingeniería, desarrollaran
proyectos conjuntos motivados por la incorporación de conocimientos,
herramientas, medios y metodologías de sus respectivos ámbitos de trabajo. Por
su parte, el programa ideado por Tuchman aspiró a conectar artistas con
empresas del sector de la industria, principalmente del sur de California, y el
cavs buscó propiciar un espacio de encuentro y
producción colaborativa entre artistas, científicos e ingenieros en el mit, de cara a desarrollar diferentes proyectos que
investigaran nuevos principios de la física2. Los
artistas eran integrados al cavs como becarios
durante períodos de entre dos y tres años (Lindgren, 1969, p. 50), entre ellos
William Garnet (fotografía aérea), Takis (esculturas y objetos cinéticos
controlados por imanes), Harold Tovish (esculturas ópticas), Otto Piene
(esculturas lumínicas y performance multimedia), John Whitney (films por
computadora) y Jack Burnham (escultura cinética y lumínica).
Motivados
por el optimismo tecnológico propio de la época y en sintonía con el flamante
matrimonio del arte y la tecnología identificado por Davis, también fueron
publicadas otras notas en la prensa que buscaron definir el modo en que dichos
intercambios eran puestos en práctica. Stanley Klein escribió que la tecnología
estaba «invadiendo» las artes, dado que todas las disciplinas artísticas se
encontraban atravesadas por el fenómeno tecnológico —«haciendo uso de
herramientas computacionales, imitando las relaciones matemáticas y
geométricas, empleando nuevos materiales y el último hardware,
explotando técnicas de fabricación tecnológica, e incluso plagiando su
imaginario» (1968, p. 37)—; Glueck (1966, p. 29) jerarquizó el hecho de que la
ingeniería podía «contribuir» con las artes y, para demostrarlo, ofreció el ejemplo
de las 9 Evenings: Theatre and Engineering, un
evento impulsado por Billy Klüver y Robert Rauschenberg, integrado por
performances tecnológicas realizadas conjuntamente por diez artistas y treinta
ingenieros de los Laboratorios Bell3; Snyderman
(1966, p. 6) señaló que la «mezcla» entre estos campos, así como el desarrollo
de las tecnologías modernas, estaban provocando un desplazamiento de ingenieros
desde disciplinas ajenas a las propias, e inclusive alejadas del conocido arte
moderno; y Gruen (1966, p. 22) subrayó el carácter revolucionario del
«encuentro» entre arte y tecnología a la hora de producir obras que combinaban
los «descubrimientos tecnológicos más avanzados con las ideas creativas más
atrevidas y escandalosas que un artista es capaz de imaginar».
Efectivamente,
la posibilidad de imaginar nuevos campos de acción desde el terreno de las
artes, pero también de la ciencia y la tecnología, fue uno de los principales
motivos que incentivó la interacción entre dichas esferas. En una de las
conferencias impartidas por Klüver, difundida como Interface:
Artist/Engineer, el ingeniero planteó una analogía entre la actividad
del artista y del científico al señalar que tanto uno como otro debían evitar
trabajar con ideas preconcebidas sobre aquello que el arte y la ciencia eran o
debían ser. En la misma conferencia, impartida en marzo de 1967 en el mit, Klüver (1967, p. 7) aseveró que la exploración
del artista contemporáneo había conducido a su trabajo hacia un «enorme
castillo fortificado llamado tecnología» cerrado con una «pesada puerta de
hierro» que aquel quería a toda costa franquear. Añadía que la llave para
ingresar al castillo parecía ser el ingeniero, cuya colaboración podía
proporcionar la oportunidad de formar parte del mundo del futuro. Inversamente,
tanto la creatividad como la libertad de pensamiento por parte de los artistas
contribuirían con el desarrollo tecnológico y científico, y posiblemente
permitirían acelerar el ritmo de las innovaciones. Por ejemplo, la invención
del láser data de los años sesenta del siglo xx,
pero tanto la tecnología como su principio de funcionamiento ya se encontraban
disponibles en la década del veinte: « ¿Qué habría pasado si una artista
hubiera solicitado un delgado haz de luz? » (Klüver, 1967, p. 8). El objetivo
de eat consistía en actuar como interfaz
entre ambos campos de cara a promover vinculaciones desde el arte a la
ingeniería y desde la ingeniería al arte, con la intención de propiciar nuevas
modalidades de interacción humana. Si la fantasía de los artistas permitía a
los ingenieros adquirir e implementar metodologías, por lo general ajenas a los
terrenos de la ciencia y la tecnología, así como encontrarse con la necesidad
de diseñar soluciones para problemas que no surgirían en el ámbito del
laboratorio4, los artistas tendrían finalmente la
oportunidad de que sus sueños se convirtieran en «proyectos técnicos reales»
(Klüver, 1967, p. 8).
En las
próximas páginas focalizaré en determinadas obras artístico-tecnológicas
exhibidas en los Estados Unidos en el contexto geopolítico de la década del
sesenta, descrito con anterioridad, cuyos procesos de concepción y creación
fueron posibles mediante la colaboración de artistas, ingenieros y científicos.
Analizaré las modalidades de intercambio configuradas en cada caso entre las
metodologías y herramientas de sus respectivos ámbitos, el rol desempeñado por
artistas e ingenieros en la construcción de ficciones artístico-tecnológicas
implicadas en el acto inventivo y las formas en que las experiencias de trabajo
conjunto, en su vocación de especular con otros modos de producir conocimiento
práctico y teórico, impulsaron la emergencia de nuevos campos del saber que
desbordaron considerablemente los límites disciplinarios hasta entonces
conocidos.
Del ingeniero al artista: tecnologías para la
vida del futuro
Billy
Klüver nació en Mónaco y tempranamente se radicó en Estocolmo. Estudió
Ingeniería Eléctrica en el Instituto de Tecnología de la capital sueca, al
mismo tiempo que se incorporó a la Sociedad Cinematográfica de la Facultad de
Humanidades de la ciudad. La voluntad de integrar sus dos vocaciones fue
anticipada en un film animado sobre el comportamiento de los electrones en
campos eléctricos y magnéticos que produjo con motivo de su tesis. El ingeniero
emigró a los Estados Unidos en 1954, realizó su tesis de doctorado en la
Universidad de Berkeley y, finalmente en 1958, consiguió trabajo en el
Departamento de Investigación de Comunicaciones de los Laboratorios Bell en
Murray Hill (Nueva Jersey), donde se abocó a la investigación sobre
magnetrones, tubos lineales y teoremas de conservación de la energía (Miller,
1998, p. 23). Desde 1960, a partir de la colaboración con Jean Tinguely en su
obra Homenaje a Nueva York, diferentes artistas
convocaron al ingeniero para colaborar en sus proyectos, los cuales requerían
de la implementación de baterías, la utilización de micrófonos de contacto, el
empleo de células fotoeléctricas y otras tantas tecnologías que expandían las
alternativas creativas al ampliar los materiales, medios y soportes disponibles
en el campo artístico de la época.
Klüver y Tinguely habían entrado en contacto en la década del cincuenta en París y se reencontraron en 1960 cuando el artista suizo llegó a Nueva York. El curador Peter Selz le ofreció el jardín de esculturas del Museo de Arte Moderno (moma) para albergar una de sus obras en marzo de ese año, aunque seguramente la institución no imaginó que se trataría de una obra autodestructiva concebida como una gran máquina efímera integrada por diferentes componentes como ruedas, motores, bocinas, radios, una máquina de escribir y líquidos químicos. La instalación fue construida durante tres semanas y estaba diseñada para autodestruirse enteramente —«suicidarse» (Tinguely, 1982)— al cabo de 27 minutos de funcionamiento. De esa manera, Tinguely transgredía toda posibilidad de museificar a la obra como objeto y, en cambio, exaltaba el carácter perecedero y caduco de una experiencia cercana a otras manifestaciones contemporáneas como happenings y performances. La colaboración de Klüver no solamente consistió en recorrer las calles de Nueva York para recoger chatarra que pudiera resultar útil para la pieza (35 ruedas de bicicleta, un globo meteorológico, tuberías de acero, herramientas y otros componentes), sino, sobre todo, en brindar los conocimientos técnicos imprescindibles para concretar la empresa:
Con la ayuda de Harold Hodges en los Laboratorios Bell, construimos un temporizador que controlaba ocho circuitos eléctricos que se cerraban sucesivamente, desencadenando un evento que contribuía con el destino de la máquina. Los motores arrancaron; el humo generado por mezcla de tetracloruro de titanio y amoníaco salía de un mueble; un piano empezó a sonar y más tarde se incendió; máquinas más pequeñas salieron disparadas de la escultura y corrían hacia el público. Cuando los circuitos se cerraban, las resistencias sobrecalentadas derretían el metal de Wood y los miembros se derrumbarían. Todo el asunto terminaba en veintisiete minutos. (Klüver, como se citó en Miller, 1998, p. 22)
Poco tiempo después de la presentación de Homenaje a Nueva York, Klüver (1969) comentó que los primeros dibujos de Tinguely poco tuvieron que ver con el resultado final de la máquina. Esta brecha entre lo anhelado y lo finalmente posible, asimismo caracterizó al proceso creativo de otras piezas realizadas en colaboración, en el que la participación del ingeniero inclusive alteró las propias formas y características de las obras (Kuo, 2017, p. 3). En todos los casos, Klüver recibía los pedidos de los artistas y buscaba alternativas razonables que cumplieran con los objetivos planteados, aun cuando dichas soluciones implicaran cierto desplazamiento con respecto a las ideas iniciales. Jasper Johns, por ejemplo, quería incorporar un cartel de neón en el centro de una de sus pinturas con la condición de que no hubiera cables a la vista. Este fue el punto de partida de Field Painting (1963-1964), un óleo sobre lienzo que combina partes pintadas, manchadas y chorreadas —aspectos presentes en otras obras de Johns asociadas con el expresionismo abstracto— con diferentes objetos como latas de café Savarin y cerveza Ballantine, un pincel, un interruptor de luz, letras dispuestas de manera perpendicular a sus dobles pintadas, las cuales componen los nombres de los tres colores primarios (red, yellow blue), y la R de neón que fue el motor del trabajo de Klüver junto a sus compañeros Harold Hodges y Richard Payne. En función de cumplir con los requisitos del artista, los ingenieros necesitaban:
un suministro de alto voltaje alimentado por baterías, pero apilar baterías conectadas a 700 V habría sido desordenado, peligroso y poco práctico. Empezamos entonces con 12 V de pilas recargables. Un circuito multivibrador convertía la tensión continua de las pilas en corriente alterna. Transformada en 700 V y luego rectificada, alimentaba la letra de neón. Todo el equipo técnico estaba montado detrás del cuadro. Pudimos suministrar energía suficiente para alimentar la letra, pero había que rehacerla. Yo la había hecho azul y Jasper insistió en que la R era una letra roja. (Klüver como se citó en Miller, 1998, p. 24)
Un desafío
semejante había sido enfrentado por Klüver en una pieza previa de Johns,
titulada Zone (1962).
Si se utilizaba mercurio, la letra podría verse transparente al quedar apagada,
pero necesariamente la luz tendría que ser azul. Con otro color era preciso
emplear un material fosforescente en el interior del tubo de vidrio para
producir el tono. Sin embargo, al dejar de funcionar se percibiría blanco y opaco.
Johns pidió que la letra fuera roja al estar encendida y transparente al ser
apagada; finalmente, encontraron la forma de hacerlo. Si bien Johns, en su rol
de artista, determinó las características funcionales y materiales de sus
proyectos, es interesante destacar el hecho de que el proceso de producción de
las obras tomó distancia del modo frecuente de resolver problemas tanto en la
esfera estética como en la tecnológica (Kuo, 2017, p. 26). El resultado de este
proceso fue la construcción del primer cartel de neón portátil de la época
(Klüver, 1966, p. 3).
También At My Body ́s House (1964), performance de Yvonne
Rainer, y Silver Clouds (1966), instalación realizada por Andy Warhol, demandaron una
negociación entre lo imaginado y lo posible en función de los medios
tecnológicos disponibles en la época. Para la primera de ellas, la bailarina,
coreógrafa y fundadora del Judson Dance Theater, quería transmitir el latido de
su corazón, lo cual no era factible con las tecnologías existentes. A través de
un proceso de trabajo conjunto con Klüver y Hodges, Rainer optó por magnificar
el ruido de su respiración, para lo cual se sirvió de un micrófono de contacto
ubicado en su cuello y un transmisor emplazado en un cinturón que retransmitía
los sonidos al parlante que los amplificaba ante el público. Por su parte, dos
años más tarde, Warhol convocó a Klüver con el deseo de realizar un foco de luz
flotante. Cuando el ingeniero hizo algunos cálculos con sus compañeros de los
Laboratorios Bell, descubrieron que no era posible concretarlo con las baterías
existentes en los años sesenta: realizadas en vidrio u otro material serían
demasiado pesadas para poder flotar. Como alternativa, ofrecieron al artista un
nuevo material producido por 3M Corporation, conocido como Scotchpak, que
admitía ser termosellado y que había sido utilizado por el ejército
estadounidense para envasar sándwiches al vacío. Cuando Warhol conoció el
material, decidió realizar unas formas semejantes a almohadones a los cuales
designó como «nubes de plata» y rellenó de oxígeno y helio a los fines de que
flotaran en diferentes puntos de la sala de la galería Leo Castelli, donde la
obra fue exhibida en 1966 5. El gradiente de calor
entre el suelo y el cielorraso creaba una pequeña diferencia de presión. Provistas
de clips de papel como contrapeso, las nubes fueron equilibradas para que
pudieran flotar a medio camino entre ambos polos (Klüver, como se citó en
Miller, 1998, p. 25). Los ingenieros supervisaron todos los aspectos técnicos,
entre ellos la reflexión de la luz en la superficie de los objetos, un nuevo
aspecto a considerar al trabajar con un material como el Scotchpak, cuyo
comportamiento dependía de fenómenos físicos específicos6.
Otro caso
similar fue el de Oracle (1962-1965), una instalación sonora que implicó la primera
colaboración entre Billy Klüver y Robert Rauschenberg, desarrollada en un
extenso proceso de trabajo a lo largo de tres años 7.
Inicialmente, el artista invitó al ingeniero a realizar un entorno interactivo
cuya temperatura, sonido, olor y luces variarían en función del recorrido del
público (Klüver como se citó en Miller, 1998, p. 23). La propuesta tuvo que ser
ajustada y devino en una instalación integrada por cinco objetos construidos a
partir de chatarra que Rauschenberg había recogido en la calle: la puerta de un
auto montada sobre una estructura semejante a una mesa; un recipiente para
mezclar cemento provisto de un conducto de aire acondicionado por el que manaba
un chorro de agua, unida a través de una cadena a un cesto de alambre; un marco
de ventana elevada por ruedas y adosada en uno de sus lados a un conducto de
ventilación industrial; una gran tubería flanqueada por dos grandes ruedas; y
una escalera de aluminio que albergaba un panel de control inalámbrico, cinco
radios y transmisores. Dado que el artista no quería que hubiese cables a la
vista conectando cada una de las piezas, los cuatro objetos restantes contaban
con un receptor, un amplificador de diez vatios y un altavoz. El aspecto
interactivo proyectado por Rauschenberg se mantuvo a la hora de involucrar al
público en el entorno sonoro. Los visitantes podían modificar los sonidos
mediante diez diales ubicados en la unidad de control contenida en la escalera
y, de esa manera, eran convocados a alterar el volumen y la velocidad de
búsqueda de la banda AM de cada radio. Esto fue posible gracias la idea de
Harold Hodges de incorporar un pequeño motor de corriente continua al dial de
sintonía. Recién en 1964, luego de haber fracasado al intentar poner en marcha
sistemas que resultaron técnicamente inadecuados (Miller, 1998, p. 28), los
ingenieros adquirieron uno de los primeros sistemas de micrófonos inalámbricos
totalmente transistorizados —con transmisores y receptores más potentes— y lo
conectaron al sistema motorizado de Hodges (Kuo, 2017, p. 54).
Probablemente
una de las obras más complejas de la época haya sido Variations V (1965),
una performance audiovisual de John Cage realizada con la cooperación de Billy
Klüver y Robert Moog —ingeniero, pionero en el campo de la música electrónica e
inventor del primer sintetizador comercial—, junto con Merce Cunningham
(coreografía), Stan VanDerBeek (video), Nam June Paik (distorsión de imágenes
televisivas), Gordon Mumma y David Tudor (sonido). Siete bailarines8 danzaban alrededor de doce varas sensibles al sonido,
semejantes a antenas, equipadas con radios sonoras esféricas colocadas en el
escenario con el objetivo de detectar el movimiento de los performers.
Klüver desarrolló una segunda fuente de sonido con células fotoeléctricas
—componentes electrónicos destinados a transformar la energía lumínica en
energía eléctrica— que permitían activar diferentes sonidos cuando las fuentes
de luz eran alteradas por la sombra de los bailarines. Por su parte, Cage y
Tudor controlaban osciladores, grabadores y radios de onda corta y así
modificaban, repetían, acortaban o diferían los sonidos en tiempo real. A su
vez, eran proyectadas distorsiones televisivas de Paik e imágenes de
VanDerBeek, filmadas durante los ensayos de los bailarines en el estudio de
Cunningham, así como secuencias videográficas sobre la cultura popular, viajes
en avión, mujeres maquillándose, dibujos animados, trabajo en las fábricas,
etcétera.
Variations V, la quinta obra
audiovisual de la serie que Cage desarrolla en el lapso de veinte años
comprendido entre 1958 y 1978, evidencia el deslizamiento a través de
diferentes medios artísticos que, en 1966, sería conceptualizado por Dick
Higgins en «Intermedia», originalmente publicado en Nueva York como boletín
informativo en el primer número de The Something Else
Newsletter. Allí el artista y
teórico de Fluxus señalaba que «el sello de nuestra nueva mentalidad está dado
por la continuidad más que por la categorización» (Higgins como se citó en
Mayer, 2019, p. 79) y, al hacer un recorrido por algunas prácticas artísticas
de la época como el happening, las ambientaciones,
el teatro y las artes visuales, explicaba que «cada obra determina su propio
medio y su propia forma de acuerdo a sus necesidades», es decir que «el concepto
se comprende mejor a partir de lo que no es, más que de lo que sí es» (Higgins
como se citó en Mayer, 2019, p. 78). Poco tiempo después, en 1969, el teórico
estadounidense Gene Youngblood, quien en 1970 acuñaría la categoría de cine
expandido para referir a los nuevos rumbos adoptados por el campo
cinematográfico con la emergencia del arte contemporáneo, publicó en Los Angeles Free Press un artículo también titulado
«Intermedia». Al aludir allí a los artistas que comenzaban a hacer uso de las
tecnologías con fines artísticos, por ejemplo, Robert Whitman y otros creadores
vinculados a EAT, Scott Bartlett y el programa dirigido por Tuchman, el autor
sugería que, desde su función catalizadora de lenguajes alternativos desde los
cuales entablar nuevas relaciones con el entorno, aquellos enseñarían al
público a dejar de temer a los medios tecnológicos y conducirían así a adoptar
una nueva sensibilidad (Youngblood, 1969, p. 27). Porque si hay algo que
caracteriza al proceso de investigación artístico —al igual que el científico—
es la poca certeza sobre la posibilidad de alcanzar resultados significativos.
Este fue uno de los temas que planteó Billy Klüver en la conferencia The Northeastern Power Failure, impartida en enero de
1966. Una de sus conclusiones sostenía que los artistas se estaban acercando a
las tecnologías porque estas habían devenido en una parte sustancial de la
vida. Mientras que la sensación de temor frecuentemente radica en la
incertidumbre ante lo desconocido, las relaciones entre el arte, la ciencia y
la ingeniería permitirían estimular nuevas formas de aproximarse hacia las
tecnologías y de lidiar con la vida del futuro (Klüver, 1966, p. 6).
De la artista al ingeniero: sobre lo anhelado y
lo factible
Las
conexiones entre el arte y la vida fueron precisamente el punto de partida del Minuphone, obra desarrollada por Marta Minujín en Nueva
York en 1967, con la asistencia de Per Biorn, ingeniero de los Laboratorios
Bell, y el financiamiento otorgado por la Beca Guggenheim. Encontrándose en
Times Square, o en cualquier otro lugar público de la ciudad estadounidense
como un hospital o una estación de tren, la artista recuerda que veía filas de
personas esperando para hablar por teléfono, aun en aquellos sitios donde el
ruido de las calles atiborradas de gente dificultaba la conversación.
Inclusive, en ciertas ocasiones la cabina telefónica se transformaba en un
recinto dedicado a albergar problemas personales y transmitir malas noticias.
En este sentido, como argumentan Longoni y Carvajal (2010, pp. 28-29), el Minuphone surgió de un doble propósito directamente
conectado con la vida de los años sesenta: por un lado, fue concebido como un
dispositivo urbano y público, provisto de su propio drama al estar destinado a
contener toda clase de conflictos. Su instalación masiva podría eventualmente
transformar la experiencia cotidiana en el espacio público9;
he allí su dimensión utópica. Por otro lado, la obra recibió la influencia del
arte psicodélico ligado a la cultura hippie y las ambientaciones sonoras y lumínicas
de los light shows que posiblemente Minujín había
conocido en la Nueva York de la época.
El Minuphone consistía
en una réplica de una cabina telefónica construida a partir de una estructura
metálica erigida sobre una plataforma de madera, provista de tres paneles de
acrílico y puertas plegadizas. En sintonía con la noción de escultura en el
campo expandido, formulada por Rosalind Krauss (1979) hacia fines de la década
del setenta, para referir a la ampliación de las posibilidades artísticas registradas
durante los diez años previos a la redacción de su artículo, Minujín calificó a
su proyecto como una «construcción espacial realizada como un objeto» a ser
recorrido por el público (Minujín como se citó en Longoni y Carvajal, 2010, p.
136). Sobre una de las paredes de la cabina se presentaba un teléfono de
marcación por tono (con botones) que el visitante era invitado a utilizar de
acuerdo con instrucciones precisas: «Espere para discar», «Disque ahora», «Mire
hacia abajo» y «Quédese quieto». Estas indicaciones se encendían en diferentes
momentos de la experiencia que duraba tres minutos en total. Al cabo de ese
lapso, la comunicación era interrumpida. Cada uno de los números discados
determinaban los diferentes efectos producidos por la obra: una máquina de humo
llenaba la cabina de neblina, líquidos de color verde y negro subían por las
paredes, luces de colores ubicadas en el techo se iluminaban de acuerdo a la
intensidad de la voz (luces rojas si la voz era elevada, azules si era
moderada), una máquina de viento generaba una sensación de turbulencia mientras
que otra eyectaba pedazos de papel picado desde el techo, una cámara filmaba al
visitante y proyectaba su imagen en un monitor de televisión emplazado en el
suelo, una luz ultravioleta permitía imprimir la silueta de la persona que
interactuaba con la obra sobre un papel fotosensible, un reverberador generaba
eco de la voz, la conversación era grabada durante veinte segundos y luego
pasaba a ser reproducida, y una cámara Polaroid tomaba una fotografía que podía
ser adquirida a cambio de pocos centavos de dólar.
No era la primera vez que Minujín incursionaba en la experimentación tecnológica, ni en las relaciones entre el arte y la comunicación —en sus palabras, en «darle una nueva forma a la información» (1967)10—. Para ese entonces, la artista ya había presentado La menesunda (1965) en el Centro de Artes Visuales del Instituto Torcuato Di Tella de Buenos Aires, una ambientación multisensorial realizada junto con Rubén Santantonín e integrada por diferentes espacios recorribles. En algunos de ellos eran ofrecidas algunas experiencias mediadas por tecnologías11. Un año más tarde, Minujín creó Simultaneidad en Simultaneidad, una obra que buscó poner en escena el protagonismo de los medios de comunicación en los años sesenta, valiéndose de imágenes televisivas, llamadas telefónicas y telegramas 12. La convergencia de diferentes medios de difusión fue, asimismo, el aspecto central de una pieza realizada en 1967, durante los meses en que Minujín ya se encontraba en Nueva York trabajando en el Minuphone, titulada Circuit Super-Heterodyne, presentada en la Expo 67 en Montreal (en el mismo viaje en que visitaría a Marshall McLuhan). El proyecto reunió a diferentes grupos de personas mediante una convocatoria pública con cuestionarios publicados en diferentes periódicos. Una computadora realizó la selección y clasificación de los participantes en función de su aspecto físico, quienes posteriormente fueron invitados a comunicarse e interactuar. Si bien esta obra fue realizada en colaboración con Horacio Szwarcer, los desafíos técnicos y artísticos presentados por el Minuphone posiblemente hayan superado a las obras antecesoras. En efecto, Minujín decidió entrar en contacto con eat para lograr concretar sus objetivos. Fue allí donde Klüver conectó a la artista con Per Biorn13, quien aceptó el reto de construir la cabina que finalmente sería materializada ocho meses más tarde. En el segundo número del primer volumen de eat News, boletín informativo de la organización, Per Biorn explicaba:
El objetivo de los circuitos electrónicos del Minuphone es controlar nueve funciones diferentes en una
secuencia aleatoria. En cada llamada se producen solamente siete de las nueve
funciones y la secuencia cambia cada vez que se cuelga el teléfono. El circuito
se activa cuando se levanta el tubo del teléfono y un amplificador de radio y
acciona un conmutador. Cuando se pronuncia la primera palabra, después de los
siete tonos de discado, la secuencia comienza. Cada una de las nueve funciones
se desarrolla durante un tiempo determinado y genera un pulso de apagado.
Cuando la conversación telefónica termina, la secuencia se detiene y, después
de la última función, el circuito se reinicia. (Biorn, como se citó en Longoni
y Carvajal, 2010, p. 18)
También en
este proceso creativo, sustentado en las relaciones del arte y la tecnología,
fue modulado a través de una negociación necesaria entre la imaginación
tecnopoética y las posibilidades materiales. En la carta que Minujín envía a la
Fundación Guggenheim en abril de 1967 a los fines de informar los avances del
proyecto, menciona que el número uno del teléfono provocaría el calentamiento
de un recipiente eléctrico que contendría mercurio. El efecto de calor haría
subir el elemento químico entre las planchas de acrílico de las paredes
tiñéndolas de un tono plateado. Finalmente, no pudo implementar el mercurio
dado el riesgo de explosión, del mismo modo que luego del primer día se vio
obligada a quitar el gas helio, prohibido por su efecto nocivo para la salud.
Tampoco fueron incorporados el aire frío que sería propulsado por un refrigerador colocado en la parte superior de la estructura, los
olores, la proyección de un film desde un visor o el giro de la cabina sobre su
propio eje, identificados en la carta a la Fundación Guggenheim con los
números tres, seis, ocho y nueve respectivamente.
La obra fue exhibida en la galería Howard Wise durante un mes, en el verano de 1967. Luego de permanecer un tiempo en los Estados Unidos14, regresó a la Argentina para ser expuesta en el Instituto Di Tella hacia 1970, aunque finalmente dicha exhibición no pudo ser concretada. Cuarenta años después, en 2010 15, el Minuphone comenzó a ser restaurado por el equipo técnico del Espacio Fundación Telefónica, liderado por Marcelo Marzoni, y en 2012 fue presentado en dicha institución al lado de una copia realizada con tecnologías contemporáneas. La decisión de realizar una copia de la obra fue tomada en conjunto con el Departamento de Conservación y Restauración del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía con la intención de obtener una nueva versión funcional, considerando que los diferentes efectos del Minuphone constituyen aspectos sustanciales de la obra/experiencia. El artista argentino Leo Nuñez, involucrado en la construcción de la copia de exhibición, explicó las adaptaciones requeridas en los siguientes términos:
Las líneas telefónicas antes funcionaban con otra tecnología, con lo cual descubrir cuándo se iniciaba la comunicación era sencillo: hoy las líneas son digitales. ¿Cómo sabés que alguien te atendió del otro lado? Fue necesario usar una línea tipo locutorio e interpretar los bits digitales de las líneas. Los que fabricaban locutorios no me querían decir su secreto. Entonces inventé un locutorio, para poder llamar e interpretar los bits, para así saber cuándo alguien atendía del otro lado de la línea. Ejemplos como éste sucedían todo el tiempo. Nosotros utilizamos las mismas medidas, todo igual, las mismas botoneras, lo único que incorporamos es el software para que el control no fuera todo mecánico y para que fuera lo más compatible posible con las futuras posibles computadoras, porque sino, creamos otra vez el mismo problema. La idea fue hacer un software abierto desarrollado por nosotros y que fuera compatible con Microsoft para que en la próxima pc también funcione. (Núñez, 2019, pp. 53-54)
Resulta
interesante destacar que los desafíos enfrentados en la recreación de la pieza
original y su adecuación al funcionamiento digital de las líneas telefónicas actuales
trajo aparejadas nuevas instancias de conciliación entre los comportamientos de
la cabina de los años sesenta y las posibilidades existentes en la
contemporaneidad. Hoy, en esta segunda fase de la negociación entre lo
imaginado y lo factible, aparece la perspectiva del porvenir en la necesidad y
responsabilidad de que la obra siga siendo operativa en un futuro cercano,
continuamente acechado por la obsolescencia tecnológica.
Intercambios entre el arte y la ingeniería en
proyectos curatoriales
Las colaboraciones
interdisciplinarias entre artistas e ingenieros fueron el eje de algunas
iniciativas curatoriales impulsadas en la década del sesenta en torno a eat. En ellas, las convergencias de los respectivos
campos constituyeron el punto de partida de las exhibiciones. A diferencia de
los casos previamente analizados, donde los artistas se pusieron en contacto
con ingenieros para la materialización de sus proyectos, la condición de la
propuesta conceptual de las exposiciones aquí referidas fue el desarrollo de
obras nacidas del intercambio entre el arte, la ciencia y la tecnología.
Una de las exhibiciones
paradigmáticas en este sentido fue Some More Beginnings,
inaugurada en noviembre de 1968 en el Brooklyn Museum, como una sección dedicada a la presencia de las
nuevas tecnologías en el campo artístico en la muestra The
Machine as Seen at the End of the Mechanical Age, curada por Pontus
Hultén en el mom16. La selección de obras —alrededor de
140— resultó de una competencia internacional organizada por eat para el desarrollo de proyectos colaborativos
entre artistas e ingenieros, y constituyó un antecedente significativo para
ulteriores concursos especializados en el terreno de las artes tecnológicas.
Antes de esta exposición, en octubre de 1966, ya habían tenido lugar las 9 Evenings: Theatre and Engineering, un evento
multidisciplinario acogido por el 69.th Regiment Armory, en Nueva York, cuya programación
constó de diez performances tecnológicas realizadas por treinta ingenieros y
diez artistas durante nueve meses de trabajo conjunto. La iniciativa recibió un
número importante de visitantes y tuvo una amplia repercusión en la prensa.
Además de instalar un modelo de producción novedoso a través de los
intercambios entre la práctica artística y la labor ingenieril, las 9 Evenings motivaron una transformación contundente en las
maneras de entender la práctica de la performance en particular y las fronteras
disciplinarias en general (Kuo como se citó en Sherman, van
Dijk y Alinder, 2013, p. 270). Si bien Some More Beginnings también fue alentada por la
colaboración de artistas e ingenieros, como veremos a continuación, los
objetivos del concurso y la muestra evidenciaron algunas diferencias con
respecto al evento anterior.
En las bases de la convocatoria de la competencia se
informó que serían premiadas las tres obras que dieran cuenta de los usos más
inventivos de las nuevas tecnologías, a través de la colaboración entre arte e
ingeniería: «computadoras, nuevos materiales electrónicos e ingeniería
estructural» (eat, 1968, p. 7). A su vez, el equipo
de eat aclaró que toda clase de productos
comerciales como carteles, modelos arquitectónicos, iluminación de discotecas y
equipamiento técnico que no pudiera ser reconocido como obras de arte por
aquellos «familiarizados con el campo» (eat,
1968, p. 7), quedarían automáticamente excluidos de la convocatoria. De esta
manera, el evento buscaba legitimar la práctica artística asociada con las
esferas de la ciencia y la tecnología, no solo afirmando la previa existencia
de este campo específico, sino también diferenciándolo de otra clase de
producciones que, si bien se valían de medios tecnológicos, lo hacían por fuera
del ámbito de las artes. La gran cantidad de obras recibidas incorporó las
tecnologías de maneras diversas, de modo que la curaduría de la muestra
clasificó a las piezas de acuerdo con cinco categorías y atributos. Las
primeras fueron consignadas como «imagen plana», «relieve», «construcción»,
«ambientación», «proceso» y «performance», mientras que los segundos incluyeron
«fuente de energía perceptiva», «incorpora partes móviles», «imágenes generadas
electrónica, fotográfica u holográficamente», «interactiva con el espectador o
el entorno», «con las personas». Además de la información sobre la
convocatoria, los criterios de evaluación de las propuestas y el listado de las
obras participantes, el catálogo incluyó las fotografías de todas las piezas
junto a sus respectivos créditos y una breve descripción técnica tal como fue
enviada por sus autores a la competencia.
Según Patterson, Some More
Beginnings propuso un modelo de arte que no fue concebido como una forma
expresiva perfeccionada en términos idiosincrásicos, sino como un medio activo
y continuo de investigación que entretejía distintos conocimientos y ámbitos
disciplinares. En efecto, estas exposiciones marcaron un hito en el proceso de
institucionalización de nuevas prácticas artísticas basadas en el uso y la
experimentación con las máquinas informáticas que representaban un aspecto
sustancial del paisaje empresarial y científico en los años sesenta (Patterson
como se citó en Breitwieser, 2015, p.
150). Los principales objetivos del concurso apuntaban a estimular la
colaboración entre científicos e ingenieros profesionales y artistas
contemporáneos, difundir en la comunidad técnica el amplio interés de los
artistas hacia la experimentación con nuevas tecnologías, promover la
importancia de la contribución técnica para la realización de una obra de arte
tanto en el campo de las artes como la ingeniería, e incrementar las
posibilidades de acceso de los artistas a las últimas tecnologías (eat, 1968, p. 7).
Cabe señalar dos aspectos peculiares del concurso:
el jurado estuvo íntegramente conformado por cinco ingenieros y científicos
ajenos al campo artístico, y el premio no fue otorgado al artista, sino al
ingeniero del proyecto colaborativo, cuyo nombre no fue revelado al comité
evaluador durante el proceso de revisión de la obra para garantizar su
transparencia. Los principales criterios al momento de definir la calidad de
las piezas fueron los niveles de invención e imaginación en el uso de las
tecnologías y los grados de colaboración entre los artistas e ingenieros, bajo
la premisa de que las obras no podrían haber sido realizadas prescindiendo de
la labor conjunta. El ganador del primer premio fue Ralph Martel, quien
colaboró con el artista Jean Dupuy en Heart Beats Dust,
una instalación integrada por una vitrina contenida en una caja rectangular
provista de una ventana transparente que contenía un pigmento colorado que
podía permanecer suspendido en el aire durante largo tiempo. Un altavoz montado
debajo de una membrana de goma, esta ubicada en la base sobre la cual se
asentaba el polvo, tenía la misión de amplificar los latidos del visitante
(captados con un estetoscopio), o bien reproducir la grabación de estos sonidos
previamente registrados. Como efecto de las vibraciones de la membrana, cada
uno de los latidos provocaba explosiones de los pigmentos dentro del entorno
paulatinamente teñido de rojo.
Las modificaciones de la obra provocadas por
estímulos externos, asimismo, constituyeron un aspecto central de la pieza que
obtuvo el segundo premio. Cybernetic Sculpture fue
realizada por Frank Turner junto al artista pionero en el ámbito del arte
cibernético e interactivo, Wen Ying Tsai. La instalación constaba de un
conjunto de varillas de acero inoxidable, de formas y tamaños diferentes, las
cuales vibraban a treinta ciclos por segundo mientras eran iluminadas por luces
estroboscópicas de acuerdo con el ritmo determinado por los sonidos del
ambiente (voces, gritos, aplausos, etcétera). La propuesta exploraba así las
posibilidades de la retroalimentación entre el sistema de la obra y el público,
mediante inputs y outputs
acontecidos en tiempo real. Por su parte, el tercer premio distinguió al
ingeniero Niels Young, autor de Fakir in ¾ Time, realizada en colaboración con Lucy
Jackson Young e integrada por un sistema destinado a propulsar una cinta a 160
kilómetros por hora mediante un motor eléctrico y una polea. A causa de la
velocidad de la fuerza motriz, la cuerda textil dibujaba formas curvas que se
mantenían en el espacio; de esta manera, la obra escenificaba un comportamiento
paradójico dado por la acción de un desplazamiento en reposo.
Además del carácter inventivo, señalado por el
equipo organizador de la competencia como uno de los aspectos que serían
mayormente valorados, en las tres obras premiadas puede identificarse el papel
protagónico desempeñado por los efectos ilusorios producidos por los
movimientos de sus elementos constitutivos, mediante el funcionamiento de los
medios tecnológicos comprometidos: las vibraciones del polvo generadas por la
amplificación de los latidos en la obra de Martel y Dupuy, las oscilaciones de
las varillas según el principio del movimiento armónico en la onda estacionaria
del proyecto de Turner y Tsai y las ondulaciones estáticas de la cuerda en el
caso de Young y Jackson Young. Ciertamente, en el dictamen redactado por los
cinco jurados, donde fundamentaron los criterios implementados a la hora de
tomar la decisión final, los ingenieros subrayaron las dimensiones de lo
inesperado y lo extraordinario experimentadas por el público al interactuar con
las obras. En su statement escribieron que dichas
condiciones no habían sido estimuladas por la «fuerza bruta de la complejidad
técnica», sino por una profunda investigación sobre el funcionamiento de las
leyes naturales (eat, 1968, p. 114), aporte que procedía
del campo científico e ingenieril. En este sentido, es posible arriesgar que la
convocatoria del concurso que dio origen a Some More
Beginnings incitó un cambio de rango en la labor de los ingenieros. Al
premiar la mejor colaboración científica y tecnológica, el ingeniero ya no era
concebido como un mero asistente en la construcción de una ficción artística
ajena, quien debía adaptarse pragmáticamente a los requerimientos externos,
sino que devenía en un coautor17 creativo de proyectos que combinaban ilusión e
imaginación sostenidas en resoluciones técnicas inventivas de base científica18. Desde este punto de vista, la exposición inaugurada en el Brooklyn
Museum en 1968, puede ser pensada como una muestra bisagra entre las 9 Evenings (1966) y el Pabellón Pepsi (1970), producido
por eat para la Exposición Universal de
Osaka. Mientras que en el primer evento los ingenieros cumplieron la misión de
integrar las tecnologías en una serie de prácticas performáticas
contemporáneas, en función de las propuestas, necesidades e inconvenientes
formulados por cada uno de los artistas, en el segundo caso, 63 artistas e
ingenieros estadounidenses y japoneses trabajaron a la par en el diseño de un
entorno inmersivo19. La noción de coautoría creativa de artistas e
ingenieros, quienes se desempeñaron equitativamente en un proyecto donde
ninguna de las partes demostró mayor protagonismo que la otra, fue plasmada en
el modo en que fueron comunicados los créditos de la obra. Allí se enuncian los
diferentes roles como «artistas responsables del diseño general», «artistas a
cargo de una sección específica», «artistas asistentes», «ingenieros
supervisores», «ingenieros consultores» y «arquitecto» (eat,
1969, p. 3). Así como el Pabellón fue ejecutado por artistas principales y
asistentes, también hubo un equipo de ingenieros que ofició como coordinador
del área técnica y otro grupo que eventualmente fue invitado a investigar y
brindar asesoramiento sobre temas particulares. Así, el proyecto de Osaka
parecía cumplir con la misión proclamada por eat
de mantener un clima constructivo para el reconocimiento de las nuevas
tecnologías en el arte, mediante una «colaboración civilizada» entre grupos que
de otro modo tendían a trabajar aisladamente. A fin de cuentas, se trataba de
acelerar un acuerdo mutuo para «impedir el fracaso de una revolución cultural»
(eat, 1969, p. 6).
Conclusiones
La capacidad
especulativa es inherente a la imaginación de mundos. En el proceso de
elaboración de conjeturas sobre aquello que no se conoce con certeza son
formuladas metodologías alternativas de trabajo que conducen hacia la emergencia
de nuevos conocimientos, saberes y herramientas. En el caso de la práctica
artística, las suposiciones devienen en formas de ficción. Jorge Glusberg,
fundador y director del Centro de Arte y Comunicación (cayc) —institución argentina creada a fines de la década
del sesenta para propiciar intercambios entre el arte, los medios tecnológicos
y el entorno social20— argumentaba que el
descubrimiento de nuevos materiales, técnicas y procedimientos de las artes
tendría consecuencias explícitas a la hora de fundar «las ciudades del futuro»
(Glusberg, 1968, p. 57). En particular, Glusberg aludía a las vinculaciones
entre el objeto estético y el objeto técnico encarnadas por ciertas prácticas
artístico-tecnológicas como el arte cinético y lumínico. Argumentaba que dichas
conexiones jugaban un papel fundamental para la cultura contemporánea, no
solamente en relación con el pensamiento especulativo, sino también en el orden
práctico: «como materialización de una conducta que va a orientar el futuro, en
un campo de indiscutible trascendencia social» (Glusberg, 1968, p. 58).
A la luz
de los casos examinados a lo largo del artículo, podríamos objetar que la
especulación no se encuentra escindida de la práctica desde el momento en que
la primera mueve los hilos del quehacer artístico. El trabajo colaborativo
entre artistas e ingenieros en la década del sesenta motivó un cambio de
paradigma. Esta integración no se encontraba desprovista de ambivalencias en
pleno contexto de la Guerra Fría (Bishop y Beck, 2020, p. 4). Pese a que la
ciencia contemporánea resultaba compleja para quienes provenían de otros
ámbitos disciplinares y que sus desarrollos eran implementados con fines
destructivos, aun así, el método científico y el predominio de la razón
constituían componentes esenciales para garantizar la imparcialidad,
objetividad y estabilidad del sistema democrático. Por otro lado, la expansión
tecnológica encarnaba un símbolo del cambio social propio de la época, a su vez
que evocaba un aspecto de alienación en la vida cotidiana. Como proponen Bishop
y Beck (2020, p. 4), el nuevo protagonismo de la ciencia y la tecnología
alcanzó al ámbito de las artes, donde fue verificada la necesidad de
colaboración e interdisciplinariedad entre las ciencias humanas, las ciencias
exactas y las artes. Para asegurar la eficacia de la democracia en la coyuntura
de la guerra, la integración de enfoques y modos de hacer representaba la
puesta en práctica de los principios de la democracia. En desmedro de la
autoría individual y la especificidad del medio artístico, fueron promovidas la
práctica colectiva, la confluencia de saberes y la desarticulación de las
fronteras entre el arte y la ciencia, así como entre el arte y la vida.
Al
contribuir a imaginar otros procedimientos e intercambios metodológicos, las
producciones analizadas forjaron herramientas para la transformación sobre las
formas de producir conocimientos simultáneamente teóricos y aplicados. Fue allí
donde las conjeturas se cristalizaron como configuraciones de ficción. Mientras
que los artistas construyeron ficciones en torno a lo anhelado en proyectos
artísticos que aspiraban a producir determinados efectos y comportamientos
mediados por las tecnologías y sustentados en la potencia de la imaginación,
los ingenieros cooperaron con la concreción de estas ficciones insuflándoles la
dimensión de lo posible. En el primer caso, la actitud especulativa se sostuvo
en la libre invención; en el segundo gravitó sobre el pragmatismo. Actuando en
conjunto, incitaron el surgimiento de obras que, por primera vez en la
historia, emergieron del intercambio sistemático entre el arte y la ingeniería
mediante un trabajo colaborativo que sentaría precedentes para las generaciones
siguientes.
A
propósito de la construcción de ficciones, la actividad imaginativa y la
proyección de futuro, tiempo después de la inauguración del Pabellón Pepsi,
Klüver (1970, p. 48) especuló: «No soy un historiador del arte, pero estoy
dispuesto a apostar que la participación de Pepsi-Cola en la Expo 70 será leída
en libros de historia del arte en el año 2100». Aunque todavía es temprano para
asegurarlo, probablemente su profecía no estaba equivocada.
Notas
1. Algunos
eventos y plataformas institucionales destinados a impulsar producciones
conjuntas entre artistas e ingenieros durante las décadas del sesenta y setenta
en los Estados Unidos, Europa y Latinoamérica han sido relevados en: Adler
(2023).
2.
Para ampliar sobre las características de cada uno de estos programas, véase:
McCray (2020).
3.
El evento tuvo lugar entre el 13 y el 23 de octubre de 1966 en el 69th Regiment
Armory, en Nueva York. Participaron
Per Biorn, Cecil Coker, Larry Heilos, Harold Hodges, Peter Hirsch, Jim McGee,
Béla Julesz, Max Matthews, Herb Schneider y Fred Waldhauer, entre otros
ingenieros. Por su parte, los artistas convocados fueron John Cage, Lucinda Childs, Öyvind
Fahlström, Alex Hay, Deborah Hay, Steve Paxton, Yvonne Rainer, Robert
Rauschenberg, David Tudor, y Robert Whitman.
4. Un
ejemplo claro de esta situación fue el descubrimiento del fósforo como
resultado del proceso de trabajo de Jim McGee y Larry Heilos con Robert Whitman
para la performance Two Holes of Water (1966). El
hallazgo contribuyó con las investigaciones realizadas en la época sobre el
láser infrarrojo y fue difundido en el artículo científico publicado en 1967,
en ieee
Journal of Quantum Electronics, bajo el título
«Visual Display of Infrared Laser Output on Thermographic Phosphor Screen».
5.
Posteriormente, en 1968, el coreógrafo Merce Cunningham utilizó Silver Clouds para una performance de danza titulada Rainforest. David Tudor produjo la música para la pieza y
Jasper Johns estuvo a cargo del vestuario.
6.
La imposibilidad de controlar cabalmente los devenires de la obra, cuyas
características estéticas, formales y funcionales quedan sujetas a las
transformaciones provocadas por fenómenos físicos, químicos, biológicos,
etcétera, se encuentra en parte asociada a las teorizaciones de la época en
torno al carácter sistémico de las piezas. En 1968, Jack Burnham adoptó la
noción de arte de sistemas en el artículo titulado “Estética de sistemas” y
publicado en la revista Artforum. Allí identificó a
un conjunto de proyectos contemporáneos que ponían de manifiesto el reemplazo
del aspecto objetual por un nuevo protagonismo de las interacciones de las
obras con el entorno.
7.
Antes de Oracle, Rauschenberg ya
había demostrado interés por la incorporación de los medios tecnológicos en
determinadas obras tales como Broadcast (1959), Money Thrower for
Tinguely 's htny. (1960) y Pantomime (1961). Sin embargo, Oracle supuso un proyecto de mayor envergadura y
complejidad técnica. Desde la perspectiva de Rauschenberg, era importante que
el artista pudiera abandonar aquellos modos de trabajo que le resultaban
cómodos para asumir el riesgo implicado en la exploración de nuevas
metodologías y herramientas (Lindgren, 1969, p. 56).
8. Merce Cunningham, Carolyn Brown,
Barbara Lloyd, Sandra Neels, Albert Reid, Peter Saul y Gus Solomons Jr.
9.
La intención de transformar la percepción cotidiana mediante la experiencia
artística constituyó un rasgo recurrente en el campo artístico de la década del
sesenta. Entre muchos otros ejemplos, cabe mencionar proyectos del grav como Un día en la calle,
los «elementos para probar» desarrollados por Julio Le Parc, las máscaras
sensoriales de Lygia Clark, ambientaciones como Cosmococa
de Hélio Oiticica, los Penetrables de Jesús Rafael
Soto y los happenings de Allan Kaprow, Alison Knowles, Yoko Ono y la propia
Minujín, solo por mencionar algunos artistas.
10.
La bibliografía sobre las convergencias entre el arte, la
ciencia y la tecnología en Argentina, tanto en relación con la obra de Marta
Minujín como con otros artistas de la época, es extensa y excede los límites
del presente artículo. Entre otras referencias, véase: Adler (2020), Alonso
(2015), Herrrera (2012), Herrera y Marchesi (2013), Kozak (2012).
11.
El circuito cerrado de televisión, los tubos de neón, la cámara frigorífica y
el dial telefónico.
12. En
una de las partes de la obra, titulada Simultaneidad envolvente,
la artista convocó a personalidades mediáticas para ser invadidas por imágenes
televisivas, emisiones radiales y otros medios en el auditorio del Instituto Di
Tella. En la segunda parte, conocida como Invasión
instantánea, un grupo de personas recibió insistentemente llamadas
telefónicas y telegramas. Para ampliar sobre la obra, véase: Minujín (2015, p.
82).
13.
De acuerdo con el testimonio de Minujín, más allá de esta conexión inicial con
Biorn propiciada por Klüver, este último nunca manifestó demasiado interés por
su obra por ser mujer y
sudamericana (Minujín, en Longoni y Carvajal, 2010, p. 127).
14.
En 1968, el Minuphone participó en la muestra Directions 1: Options 1968 en el Milwaukee Art Center, Wisconsin.
15.
La obra original restaurada conservó los mismos materiales y estructura de la
década del sesenta y formó parte de la retrospectiva de Marta Minujín,
inaugurada en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (malba) en 2010.
16.
The
Machine as Seen at the End of the Mechanical Age reunió una serie de obras realizadas en el mundo occidental
que discurrieron sobre la presencia de la máquina desde el ámbito de las artes.
Según Hultén (1968, p. 3), la exhibición no buscaba trazar una historia
ilustrada de la máquina durante las distintas épocas, sino una colección de
«comentarios de los artistas sobre las tecnologías» en un momento de transición
clave de la era mecánica a la era electrónica. En esta nueva etapa, la máquina
mecánica –asociada con el funcionamiento de los músculos humanos– era
sustituida por dispositivos electrónicos que replicaban el comportamiento del
sistema nervioso.
17.
En efecto, en el texto de presentación del catálogo, Billy Klüver agradece a
los “artistas e ingenieros por su contribución a la exhibición: más importante,
por sus obras (...)” (eat., 1968, p. 5). El otorgamiento del
premio a los ingenieros en lugar de a los artistas despertó algunos
descontentos y tensiones. Wen
Ying Tsai, por ejemplo, exigió que la pieza fuera retirada de la
exhibición hasta que eat. le diera
crédito por haber sido creador de la obra.
18.
El nuevo status del ingeniero en la colaboración con
los artistas fue anticipado en una carta enviada en abril de 1968 por Per Biorn
a John Taylor, director del centro de arte de Wisconsin donde el Minuphone fue
exhibido. Allí, Biorn solicitaba figurar en los créditos de la obra como autor
del diseño técnico y de la construcción de la cabina, en lugar de asistente
técnico (Biorn en Longoni y Carvajal, 2010, p. 220). Inversamente, cabe
destacar la participación de ciertos artistas en ámbitos destinados a la
investigación y el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Un caso
paradigmático en este sentido es el de Lillian Schwartz, quien desarrolló la
obra Proxima Centauri junto a Per Biorn para la competencia
organizada por eat. en 1968 y
finalmente fue seleccionada por Hultén para ser exhibida en moma en The Machine as Seen at the End of the Mechanical Age. El científico Leon D. Harmon,
quien también había formado parte del concurso trabajando con Ken Knowlton en Studies in Perception N.° 1, se vio cautivado por la obra
de Schwartz, al punto que invitó a la artista a conocer los Laboratorios Bell.
Poco tiempo después, Schwartz se sumó al equipo de trabajo de los Laboratorios,
donde permaneció más de treinta años, y se consagró como pionera de la historia
del arte por computadora.
19.
El proyecto consistió en una
gran cúpula geodésica diseñada por John Pearce, cuya morfología replicó los
pliegues del origami. El edificio se encontraba envuelto por una escultura
de niebla de Fujiko Nakaya, era iluminado por luces de xenón de alta intensidad
creadas por Forrest Myers y estaba rodeado de esculturas cibernéticas
producidas por Robert Breer. Al ingresar al Pabellón, los visitantes debían
atravesar un túnel que los conducía a la Clam Room,
diseñada por Robert Whitman. Un sistema de deflexión láser era activado por el
sonido e iluminaba al público con patrones móviles de luz de unos tres metros
de diámetro. Lowell Cross encontró la manera de dividir el haz en cuatro
colores para enviarlos a espejos montados en ángulo recto que vibraban, creando
los patrones visuales. Finalmente, se ascendía al espacio principal conformado
por una sala circular cubierta de un gran espejo esférico que generaba al
público una sensación de flotación en el ambiente. La investigación óptica fue
desarrollada por la física Elsa Garmire. El suelo de la sala circular ascendía
suavemente hacia el centro, donde una inserción de cristal permitía a los
visitantes asomarse al túnel de entrada con sus luces láser. Otras partes del
suelo estaban revestidas de distintos materiales y texturas, como piedra,
plástico y madera. A medida que el visitante se desplazaba, a través de los
auriculares podía escuchar distintos sonidos asociados con dichos materiales.
Para ampliar sobre las características del Pabellón Pepsi, véase: Klüver,
Martin y Rose (1972).
20.
Jorge Glusberg tomó a la plataforma de eat.
como modelo interdisciplinario y colaborativo para
impulsar las relaciones entre el arte, la ciencia y la tecnología en el cayc. Mas
aún, el fundador de la institución argentina estuvo en contacto con Klüver y
manifestó su intención de convertirla en una sede local de la organización
estadounidense. Las cartas entre los
miembros del cayc
y los representantes de eat. integran
la colección de Experiments in Art and Technology Records alojada en el Getty
Research Institute (gri, caja 30 / carpeta 3).
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