La crisis
ecológica es una crisis de relaciones
Interview with
Daniel López del Rincón: "Ecological crisis is a crisis of
relationships"
LUCÍA
STUBRIN | Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de Entre
Ríos. Argentina
lucia.stubrin@uner.edu.ar
| orcid: 0009-0002-2743-7993
Recepción: 11/5/2023. Aceptación:
31/5/2023. Publicación: 6/7/2023
Introducción
El Dr. Daniel López del Rincón es, de formación,
historiador del arte, pero también es un lúcido investigador sensible a las
transformaciones que las tecnologías de lo viviente han producido en el
universo de las experimentaciones visuales y los imaginarios culturales del
mundo occidental. El aporte de sus reflexiones ha servido para instalar temas
de discusión dentro de la academia iberoamericana tales como el propio bioarte que hoy conocemos y continuamos profundizando,
gracias a la relevante contribución que significó su libro Bioarte.
Arte y vida en la época de la biotecnología (Akal,
2015). Asimismo, sus líneas de investigación han ido ampliándose hacia el
estudio interdisciplinar de la temporalidad; un tema que atraviesa las
reflexiones contemporáneas marcadas por los cambios tecnocientíficos
en su cruce con las discusiones sobre el Antropoceno.
En marzo de 2023, López del Rincón estuvo de visita en
las ciudades de Santa Fe y Paraná, con motivo de un intercambio docente entre
la Universidad Nacional de Entre Ríos y la Universidad de Barcelona. La agenda
de trabajo durante esas semanas fue intensa y consistió en brindar la
conferencia de apertura del año académico en la Facultad de Ciencias de la
Educación titulada Tiempos postnaturales.
Apocalipsis, ruinas y jardines (disponible en el canal de YouTube de la fcedu-uner);
realizar la segunda parte de las i Jornadas
Internacionales Imaginarios Críticos de la Temporalidad entre el Grupo de
Estudio Biosemiótica, Arte y Técnica (gebat-uner),
dirigido por quien escribe, y el grupo de investigación tiempha (ub), dirigido por López del
Rincón; y, finalmente, dictar un seminario de doctorado sobre Bioarte. Imaginarios, diagnósticos y ecologías,
que contó con una significativa cantidad de asistentes.
La forma de pensar y de producir interrogantes de
López del Rincón resulta original y necesaria en tiempos de actualizaciones
metodológicas, donde la convergencia ontológica entre seres y dispositivos
técnicos reconfiguran los límites de lo conocido. Volver a las imágenes
artísticas para encontrar allí preguntas, temas de agenda, propuestas de
abordajes originales a problemáticas sociales, es quizás uno de los elementos
de mayor interés en este diálogo con el profesor.
Por otra parte, reconocemos también dentro de la
trayectoria de López del Rincón una apertura al trabajo por fuera de la
academia, en el ámbito de los museos y la gestión cultural, como un aspecto
destacable de su forma de investigar. La interdisciplina
no es solo una postura enunciativa, en su caso, sino que se hace cuerpo en el
trabajo conjunto en el territorio, junto a distintos tipos de especialistas y
espacios: desde científicos en el laboratorio de biología molecular hasta
mediadores en el museo de bellas artes.
Apertura, sensibilidad e inclinación al pensar-con
conforman parte de su perspectiva epistemológica y, desde ahí nos interesó
conversar con él en esta entrevista sobre bioarte,
gestión cultural y su extrañeza en territorio argentino.
—¿Cómo
relacionarías la mirada del historiador del arte con la crisis ecológica
actual?
—Desde
mi punto de vista, la crisis ecológica es fundamentalmente una crisis de
relaciones, y, particularmente una crisis de la relación entre el ser humano y
la naturaleza. Si afináramos más, esta crisis ecológica es en realidad una
crisis de la sensibilidad y, si profundizamos más aún, una crisis de los
imaginarios de la naturaleza. Es ahí donde creo que entra el historiador del
arte como aquel que es capaz de diagnosticar estos imaginarios y también
generar los espacios para articular nuevos imaginarios. Creo que hay un matiz
que es importante, que es la distinción que establezco entre imágenes e
imaginarios, ya que desde mi punto de vista las imágenes describen el mundo
mientras que los imaginarios, que son las codificaciones culturales que hacemos
de las imágenes, no solo describen la realidad, sino que la conforman. Los imaginarios
de la naturaleza tienen agencia, en la medida en que accionan o inhiben modos
de relacionarnos con ella. Por tanto, analizar los imaginarios para
diagnosticar ausencias y generar estos espacios para articular nuevos
imaginarios nos brinda la oportunidad de volver a un lugar desde el cual
replantearnos nuestras relaciones con la naturaleza.
—¿Cuáles
son los conceptos más potentes que elegirías hoy para pensar la crisis de los
imaginarios de la naturaleza y por qué?
—Si
tuviera que escoger dos conceptos, estos serían el concepto de «postnaturaleza» y el concepto de «presente denso».
En el primer caso, el término postnaturaleza abre un
espacio crítico y discursivo para poner el interrogante sobre la naturaleza
misma, qué es la naturaleza hoy y de qué modo nos relacionamos con ella. El
término postnaturaleza creo que también se emparenta
con otros conceptos, como por ejemplo el de «naturoculturas»,
que abre un terreno para poder pensar la naturaleza no como un concepto
escindido del ser humano, idealizado, romantizado o exotizado
como si lo viéramos desde fuera, sino como una realidad compleja, que permite
entender las interrelaciones entre la naturaleza y la cultura, superando esa
concepción, profundamente antropocéntrica, que separa naturaleza y cultura. En
definitiva, para mí, el término «postnaturaleza»
introduce la pregunta que restaura ese continuum entre naturaleza y
cultura, y que nos permite situar las responsabilidades de lo humano en la
relación con la naturaleza. Como te decía antes, creo que la crisis ecológica
fundamentalmente es una crisis de relaciones y por tanto hay que atender a
conceptos que relacionen las cosas, en este caso naturaleza y cultura.
Otro concepto que encuentro muy útil es el de
«presente denso», porque permite superar esa visión lineal basada en una
temporalidad del progreso que escinde pasado, presente y futuro, como si estos
fueran independientes entre ellos, para en cambio empezar a entender una
concepción integrada de estos tiempos. Esta concepción integrada, densa, del
tiempo, promueve una activación del presente y una responsabilidad de los
tiempos pasados y futuros.
Esto es así porque el paradigma hegemónico de la
temporalidad, el del capitalismo, promueve esa escisión: el pasado pertenece a
un mundo que ya no existe; el futuro, igualmente, pertenece a un horizonte que
en muchos casos se asocia a la esperanza, que desplaza los problemas y sus
soluciones bien lejos del presente. El presente se queda desactivado, como un
zombi, habitando entre la nostalgia de un pasado que ya no volverá y la
esperanza de un futuro que nos anima a esperar, más que a actuar. Desde mi
punto de vista hay que invertir esta huida del presente y empezar a entender
que somos herederos del pasado, que las ruinas son hoy nuestros jardines, como dice
Anna Tsing, y también responsables de él. Y, por otro
lado, también hacernos cargo del futuro, no como espacio de huida, sino como
espacio de responsabilidad, entendiendo que el presente es la causa material
del futuro.
—En
tus discursos el capitalismo ocupa un lugar central. ¿Cómo actualizás
un concepto tan polisémico en el contexto de la aparición y consolidación del bioarte desde 1990 al presente?
—Cuando
pienso en el capitalismo en relación con el arte se me viene esa conocida frase
atribuida a Frederic Jameson
que sostiene que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del
capitalismo, y que nos conecta con esa imposibilidad que tenemos de imaginar
fuera de la conformación actual del mundo. Es lo que Mark Fischer llama
«realismo capitalista», ese espejismo según el cual no existe nada fuera de él.
Es ahí donde se impone la importancia del arte como herramienta política, y la
necesidad de imaginar, como manera de escapar a ese realismo capitalista: la
necesidad de imaginar es la condición previa para generar mundos futuros desde
el cuestionamiento de mundos presentes. Es ahí donde yo creo que el bioarte puede tener la función («puede», y me parece que el
énfasis es importante), precisamente, de generar nuevos modelos de
coexistencia, nuevos imaginarios que codifiquen otras maneras de concebir el
mundo al margen de estos sistemas heredados que configuran nuestra relación con
él. Creo también que la práctica artística puede ser perfectamente cómplice de
estos sistemas y reforzarlos, de ahí el énfasis en el «puede». En este sentido,
creo que siempre hay que pensar que todo arte es político, bien porque modifica
el statu quo o bien porque no lo hace y, por tanto, contribuye de manera
conservadora a reforzarlo.
—Además
de ser docente e investigador universitario, te interesan otras formas de
mediación cultural: ¿Qué tipos de propuestas te seducen? ¿Cómo combinás los perfiles? ¿Cómo considerás
que es valorado el trabajo por fuera de los circuitos académicos? ¿Cómo lo sentís
a nivel personal y profesional?
—Efectivamente
el lugar desde el que parto es la universidad, donde desempeño tareas de
investigación y docencia, y concibo que este lugar no es solo un punto de
partida, sino un punto de llegada para mí. Las clases, el grupo de
investigación, los proyectos de investigación en los que participo, son un
lugar en el que generar preguntas para pensar el mundo e intervenir en
distintas activaciones de mediación cultural, como puede ser el comisariado de
exposiciones o actividades de educación y museos. Pero también es un punto de
llegada en el que recoger estas experiencias y trasladarlas a los eventos de
aprendizaje en el aula, en la relación con los alumnos y los debates que se
producen en el marco de las distintas asignaturas que imparto en la
universidad. En este sentido, el tipo de propuestas externas a la universidad
que me suelen apetecer son aquellas que me permiten trabajar con otros
lenguajes, con otras formas de comunicación y mediación que son más difíciles
de encontrar dentro de la universidad. Destacaría los proyectos editoriales,
pero también las activaciones en museos y talleres en relación con otras
plataformas y colectivos. ¿Cómo lo siento a nivel personal y profesional? Quizá
aquí diría que creo que no solo es saludable, sino muy necesario que los
perfiles universitarios podamos desarrollar también tareas profesionales para
vincularnos con otras maneras de trabajar, y seguir formándonos desde el
aprendizaje que viene de la comunicación con contextos que no están presentes
dentro de la academia. Creo que la universidad debe aspirar a una mayor
porosidad entre el adentro y el afuera, sin renunciar, sobre todo en el caso de
la universidad pública, a su autonomía para plantear debates y preguntas al
margen de los ritmos y exigencias del mercado.
—Siendo
esta tu tercera visita a Argentina, y teniendo en cuenta que has trabajado en
distintas universidades y espacios culturales, ¿qué es lo que te atrae de la
escena local, tanto artística como académica?
—Mi
vínculo con Argentina parte, digamos, de un lugar muy concreto, que es el
estudio del bioarte, al que yo dediqué mi tesis
doctoral, a la que me dediqué entre 2009 y 2014. Con el tiempo supe que, en
paralelo a mi trabajo, había diversos artistas, investigadores, académicos,
instituciones, laboratorios, que estaban trabajando en la estela del bioarte en Argentina. Y eso me atrajo muchísimo, por lo que
tomé la iniciativa de viajar a Argentina por primera vez en 2016. Me entusiasmó
ya en esa primera vez la fertilidad del contexto argentino, así como la
permeabilidad para organizar actividades de todo tipo, desde seminarios a
presentaciones y colaboraciones con museos. Desde este punto de vista lo que me
atrajo precisamente es esta manifestación artística del bioarte,
que a la vez es complementaria a otras prácticas artísticas y culturales. A su
vez también estas manifestaciones funcionaban a muchísimos niveles con personas
implicadas en la universidad, con espacios culturales, con artistas, y en
circuitos institucionales y no tan institucionales.
Desde mi primera llegada en 2016 a esta última en el
2023, han ido cambiando las cosas que he hecho y también las experiencias han
sido distintas, y eso ha dependido fundamentalmente de cómo aquellas relaciones
que establecí en el primer viaje han ido madurando, me han llevado a conocer
personas nuevas que van haciendo que mi red en Argentina crezca más y más,
configurando a su vez una cartografía de múltiples centros del bioarte en Argentina que excede, sin quitarle su capitalidad,
la ciudad de Buenos Aires, hasta lugares como Santa Fe y Paraná. No puedo
disociar mi imaginario del país de las relaciones que he ido estableciendo y
que, a la vez, me parecen muy representativas de la capacidad activadora de los
contextos argentinos, en donde la voluntad personal suple muchísimas veces con
un gran talento y entusiasmo otras limitaciones y condicionantes.
—Apelando
a tu sensibilidad, ¿cómo experimentás la tensión
centro-periferia de un lado y del otro del océano?
—Me
resulta complejo responder a esta pregunta, creo que por mi doble condición de
viajero y de español en Argentina, ya que implica unas invisibilidades y unos
privilegios que sin duda distorsionan mi percepción sobre el tema, por lo que
creo que a lo más que me puedo aventurar es a compartir sensaciones. Dicho
esto, mi sensación cuando vengo a Argentina y visito ciudades como Buenos Aires
o, en este último caso, Santa Fe y Paraná, es la de que vengo claramente a una
capital del conocimiento, especialmente en lo que respecta a mis temas de
investigación, con profesionales de un altísimo nivel, que están trabajando en
proyectos de investigación y con preguntas muy situadas. Es ahí donde,
volviendo a la pregunta, encuentro que se materializa esa tensión de la que me
hablas de una manera muy generativa: la conciencia de trabajar desde el sur,
con un punto de vista crítico, situado, que permite abordar estas
problemáticas, estas preguntas que compartimos desde los dos lados del
Atlántico, desde unos marcos de pensamiento que enriquecen muchísimo el
diálogo. Si tuviera que sintetizar esta sensación, creo que Argentina cuenta
con un doble anclaje, la de ser capital de muchos temas que a mí me interesan
(como es el caso del bioarte), pero también la de
enunciarse como periferia, lo que aumenta esa tensión crítica que permite
elaborar diálogos muy ricos y generativos.
Referencias bibliográficas:
López Del Rincón, M. (2015). Bioarte. Arte y Vida en la era de la
biotecnología. Ediciones AKAL