Salud,
consumo de sustancias y educación popular
BRUNO HENNIG | Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Universidad Nacional de Lanús. Argentina.
orcid: 0000-0002-5165-3955
doi: 10.33255/26184141/1549e0014
Recepción: 16/2/2023. Aceptación: 16/5/2023. Publicación: 6/7/2023
Resumen
Este artículo consiste en
una elaboración teórica con potencial heurístico, en la que se ha realizado un
análisis bibliográfico desde un enfoque crítico y transdisciplinario basado en
la epistemología de la complejidad. El objetivo es resaltar algunas diferencias
entre el modelo prescriptivo, por un lado, y el modelo participativo, por otro,
en relación con el uso de sustancias ilícitas y, a su vez, esbozar algunas
conexiones entre la pedagogía y el campo pluridisciplinar de la salud. La
hipótesis es que las huellas de Paulo Freire se podrían encontrar en el
paradigma participativo. Se concluye que las prácticas de cuidado en general,
las prácticas desde el paradigma participativo, el modelo de reducción de
riesgos y daños en particular, y las prácticas de educación popular son una
forma de practicar la contrapedagogía.
Palabras clave: consumo de drogas, salud, educación popular
Health, substance use and popular education
Abstract
This
article consists of a theoretical elaboration with heuristic potential, in
which a bibliographic analysis has been carried out from a critical and
transdisciplinary approach based on the epistemology of complexity. The aim is
to highlight some differences between the prescriptive model, on the one hand,
and the participatory model, on the other hand, in relation to the use of
illicit substances and, in turn, to outline some connections between pedagogy
and the multidisciplinary field of health. The hypothesis is that the traces of
Paulo Freire can be found in the participatory paradigm. It is concluded that
care practices in general, practices from the participatory paradigm, the risk
and harm reduction model in particular, and popular education practices are a
way to practice counter-pedagogy.
Keywords: consumption of drugs,
health, popular education
Introducción
En principio,
cabe expresar que este texto emerge como forma de intento de respuesta por el
lugar que pueden tener las contrapedagogías en espacios no circunscriptos
formal ni necesariamente al campo de la educación propiamente dicho. Con el
término contrapedagogías, aludimos a las pedagogías críticas que inició el
maestro Paulo Freire (1975) hace más de 40 años con la denominada educación
popular, en oposición a la educación bancaria.
Parcialmente, este artículo se desprende de un trabajo presentado en tanto
instancia de evaluación de un Seminario doctoral en el marco del doctorado en
Salud Mental Comunitaria (Universidad Nacional de Lanús, Argentina).
El eje en torno
a las denominadas drogas —término que denota una
mirada despectiva sobre ciertas sustancias y no otras— constituye un asunto de
salud pública en general y de salud mental en particular y no de seguridad. Sin
embargo, la temática se presenta tensionada entre dichos polos, y existen
dificultades, desaciertos, miradas superficiales y prejuiciosas cuando no se
abordan desde la complejidad y solo atisban a obtener respuestas que implican
una criminalización y mayor control sobre los sectores vulnerados (Cucchi,
2022). Según Romina Cucchi (2022), el consumo problemático —muy diferente es
considerarlo como patología— es una cuestión de salud, aunque no tan
lejanamente comenzó a ser concebido así, ya que fue en el año 2010 en Argentina
que se sancionó la Ley Nacional de Salud Mental N.° 26657 y que considera el
consumo problemático como elemento integrante de las políticas de salud mental,
donde los sujetos con uso problemático de drogas, ya sean legales o
ilegalizadas, poseen todos los derechos y garantías establecidas en la
mencionada ley. Además, acorde a la misma autora, la decisión de consumir
drogas debe ser pensada también desde el respeto hacia la autonomía personal
respecto de la vida personal y del propio cuerpo (Cucchi, 2022). Lo que no
excluye la necesidad de buscar comprender la problemática de drogas —donde no
todo consumo es problemático— desde una dimensión del autocuidado, y en este
punto las políticas de educación y promoción de la salud resultan una instancia
primordial (Cucchi, 2022).
El objetivo en esta
producción escrita consiste en poner en diálogo discusiones, legislaciones y
experiencias en materia de drogas, con un anclaje en un prisma
transdisciplinario basado en salud y educación, sustentado en un paradigma de
la complejidad (Morin, 2007).
Una las hipótesis consiste
en expresar que las huellas de Paulo Freire se podrían encontrar en el
paradigma participativo, que desarrollaremos más abajo. Otra de las hipótesis en
este trabajo radica en sostener que el paradigma prohibicionista/abstencionista
trabajaría con un enfoque centrado en el individuo, mientras que el paradigma
participativo se centraría en la relación intersubjetiva en una trama
colectiva.
Algunas
legislaciones y experiencias en materia de drogas
Existen diversas
legislaciones en relación al fenómeno drogas que enfatizan la cuestión del
consumo en tanto problemático y por ello en este artículo preferimos hablar de
consumo a secas, ya que no todo consumo es problemático. En Argentina, por
ejemplo, existe la Ley N.° 23737, que fue sancionada en el año 1989, y que
penaliza no solo el tráfico de sustancias ilegalizadas, sino también el
autocultivo de ciertas plantas y la tenencia para el consumo personal. Podría
expresarse que la Ley N.° 23737 operaría como uno de los efectos de la
Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes, adoptada en Viena, preocupada por la salud física y moral, y que delineó un programa para los países parte —presionados por
Estados Unidos de América del Norte—, entre ellos, la Argentina, para combatir el mal que representa la toxicomanía, y que forma
parte de la política prohibicionista (Romaní, 2008).
La Ley N.° 23737
ha sido puesta en juego en el debate contemporáneo sobre la despenalización o
—lo que no es igual— la legalización de la marihuana con particularidades que
veremos más abajo. Una de las problemáticas que se desprenden de la mencionada
ley es su concepción punitivista y moralizante del consumo, además de que
resitúa el fenómeno en el ámbito securitario y no en el marco de la salud. Al
mismo tiempo, esta ley patologiza el consumo y penaliza al usuario de drogas al
establecer en su artículo 16 que «Cuando el condenado por cualquier delito
dependiera física o psíquicamente de estupefacientes, el juez impondrá, además
de la pena, una medida de seguridad curativa que
consistirá en un tratamiento de desintoxicación y rehabilitación por el tiempo
necesario a estos fines, y cesará por resolución judicial, previo dictamen de
peritos que así lo aconsejen» (Ley N.° 23737, Argentina, el destacado en
comillas nos pertenece).
Sin embargo, en la
actualidad han existido avances en materias de drogas, aunque el espíritu de la
Ley N.° 23737 continúa sobrevolando en ciertos sectores (que incluyen a algunos
jueces, fiscales y policías) de Argentina y en la imaginación social dominante
que no comprenden o no quieren comprender que la legalización es un golpe
directo al narcotráfico, además de que el Estado podría regular no solo la
cantidad, sino también la calidad de las sustancias. Finalmente, la Ley N.°
23737 ha dificultado por décadas la implementación de las estrategias de
reducción de riesgos y daños, que veremos más abajo.
Uno de los avances a los
que hacíamos referencia lo constituye la Ley N.° 26934, que plantea un plan
integral para el abordaje de los consumos problemáticos, sancionada en
Argentina en el año 2014. Entre uno de sus puntos se destaca la mención sobre
el debido respeto a la autonomía individual y la singularidad de los sujetos
que demanden asistencia, apoyado en una concepción de derechos humanos y que
procura evitar la estigmatización. Otro de sus elementos fundamentales se apoya
no solo en incorporar una perspectiva transdisciplinaria e interjurisdiccional,
sino que también busca incorporar el modelo de reducción de daños, a la vez que
pretende relacionar los efectores sanitarios con la integración educativa y
laboral. Finalmente, otro de sus ejes consiste en establecer un puente con la
Ley Nacional 26657 de Salud Mental que mencionamos más arriba, estipulando que
los consumos problemáticos deben ser abordados en tanto parte integrante de las
políticas de salud mental. Ésta es, al mismo tiempo, una arista débil por
cuanto vincula al consumo solo en tanto problemático y no sobre el consumo a
secas.
Otro de los posibles
aportes a la discusión consiste en la experiencia de Mamá Cultiva Argentina,
una organización no gubernamental (ong)
autogestiva, que tiene como uno de sus objetivos procurar un marco legal para
el cultivo de cannabis con la perspectiva en la calidad de vida. En su página
web resalta la existencia de una reciente ley, específicamente la Ley 27350,
sancionada en marzo de 2017 y reglamentada en su totalidad en el año 2020,
basándose en la investigación científica y médica del uso medicinal de la
planta de cannabis y sus derivados, que habilita el cultivo de plantas a partir
de la indicación médica (Mamá Cultiva Argentina, sitio web, s. f.). Justamente,
uno de sus aspectos a considerar refiere al hecho de limitarse solamente al
cannabis y a la prescripción médica. En la misma sintonía existe el reprocann, un programa que pretende mejorar el acceso
a quienes poseen indicación médica arraigada en la evidencia científica
disponible, a un producto en tanto especialidad medicinal; se trata de que se
inicie un cultivo controlado de la planta de cannabis efectuado por los
pacientes para sí, por terceros, o por una red de pacientes asistidos por
organizaciones no gubernamentales (ong)
autorizadas por el Programa por medio del Registro del Programa de Cannabis (reprocann).
Otra experiencia para el
debate consiste en la Asociación de Reducción de Daños de Argentina (arda), que desde 1999 agrupa a organizaciones,
usuarixs de drogas de todo el país y profesionales que trabajan para procurar
la difusión e implementación de políticas de drogas basadas en los derechos
humanos, la salud y la evidencia científica. Uno de sus propósitos
fundamentales es el de promover la participación ciudadana y el diálogo
alrededor de la temática de drogas, para crear conciencia sobre la necesidad de
enfoques anclados en los derechos humanos y en la salud pública en la política
de drogas en Argentina. También, acorde a su sitio web (arda,
sitio web, s.f.), procuran colaborar con organizaciones de la sociedad civil,
instituciones gubernamentales y académicas con el fin de desarrollar programas
de trabajo y proyectos que aporten al a reducción de los daños vinculados al
uso de drogas.
A su vez, otra
organización existente es Intercambios, una asociación civil para el estudio y
atención de problemas relacionados con las drogas, que pretende realizar un
aporte en el marco de los derechos humanos, a la construcción y ejecución del
conocimiento de las problemáticas vinculadas con las drogas, desde una perspectiva
de gestión de riesgos y reducción de daños y vulnerabilidades (Intercambios,
sitio web, s.f.). De acuerdo a su página web oficial, uno de sus objetivos
consiste en propiciar el desarrollo de estudios e investigaciones desde una
perspectiva interdisciplinaria, ética y científica. Otro de sus objetivos es el
tender a la formación de recursos humanos especializados y de agentes
comunitarios y operadores sociales, además de difundir información argumentada
y rigurosa que propenda a consolidar una opinión pública responsable y
reflexiva. Al mismo tiempo, propone fomentar la asistencia integral de sujetos
en situación de vulnerabilidad social, a través de la creación, apoyo,
fortalecimiento y acceso a diversos servicios. Finalmente, esta asociación
civil se propone impulsar el intercambio constante, la cooperación recíproca y
la colaboración entre investigadores, instituciones y otros actores sociales
(Intercambios, sitio web, s.f.).
Por último, también cabe
mencionar la existencia de la Red Puentes, perteneciente al Movimiento Popular
La Dignidad, que emerge en el año 2012, una experiencia comunitaria que aborda,
de modo libre y gratuito, el tratamiento de los consumos problemáticos de
sustancias en niños, jóvenes y adultos de los sectores populares. Se trata de
una herramienta de salud popular que comprende al consumo problemático en tanto
un problema colectivo y no individual, apoyado desde un modelo económico en una
sociedad de consumo. Lo que vuelve interesante y vital a esta experiencia es
que consideran que, si bien cada persona mantiene una singular relación con la
sustancia, comprenden que en los territorios vulnerables el consumo
problemático emerge desde una trama compleja de injusticias estructurales y
precariedades, donde el consumo aparece vinculado a diversas problemáticas
sociales como la falta de vivienda digna, la experiencia de vida en calle, la
pobreza y la discriminación, la falta de educación y de salud, entre otras
(Czernikier, Escobar y Pinto Venegas, 2017).
Paradigma
prescriptivo/prohibicionista, paradigma participativo, y educación popular
Respecto a los
procesos de salud-enfermedad-cuidado-atención, y específicamente en cuanto a la
dimensión del cuidado —fundamental en el campo de la salud—, ésta puede ser
abordada desde una perspectiva intraindividual, que fue desarrollada en base a
cuestiones que focalizan en la psicogénesis del proceso de salud-enfermedad
como, por ejemplo, las teorías de personalidad que asocian ciertos tipos de
personalidad a ciertas enfermedades, o bien desde un modelo psicosocial
construccionista (Paiva et al., 2018). Esta última corriente, que comprende el
proceso salud-enfermedad en el marco de los Derechos Humanos y la
vulnerabilidad, se diferencia al tomar una concepción de la persona en interacción y a pensar cada una en tanto parte
de la vida cotidiana y comprendida en la vida social, esto es, en las
relaciones raciales, en las relaciones de género, en los procesos de
discriminación y estigmatización que constituyen la vida cotidiana de los
sujetos (Paiva et al., 2018). El eje en las interacciones de la vida cotidiana
necesariamente resalta el dominio psicosocial, donde «las interacciones
cotidianas producen la trayectoria, la socialización y la sociabilidad
de cada persona a lo largo de la vida» (Paiva et al., 2018, p. 72). Se trata de
un enfoque opuesto al primero, ya que se considera al sujeto en tanto agente
activo y no como paciente pasivo en la interacción con los servicios de salud
(Paiva et al., 2018). Estos dos modelos diferentes
operarían también en los dos paradigmas opuestos que trabajaremos en cuanto a
la concepción sobre lxs usuarixs y las drogas.
Respecto a la
problemática que nos ocupa específicamente, también la discusión se halla
anclada en cuanto a la legalización o no de ciertas sustancias, y al negocio
millonario que implica el narcotráfico, donde entonces legalizar y regular la
venta de ciertas sustancias conllevaría un golpe a este último. Los debates no
están saldados, y existen miradas punitivistas y otras, completamente
distintas, más progresistas.
Si bien en materia de
consumo de sustancias ilegalizadas existen una cierta gama de posibilidades en
su estudio y tratamiento temáticos, en general y a grandes rasgos, existen dos
paradigmas en pugna en relación a ello. Se trata del paradigma prescriptivo,
por un lado, y el paradigma participativo, por otro. En el primero, una persona
legitimada por un saber que le otorga un poder social y en tanto profesional
indica lo que hay que hacer, donde la población debe asumir lo que dice el
especialista (Romaní, 2008). Se trata de un paradigma basado en consejos
dirigidos por entendidos y en campañas globales que expresan explícitamente
«drogas, no», sustentado en el prohibicionismo, y en el que opera como
principio y como meta la abstención absoluta de sustancias. En cambio, en el
paradigma participativo es propuesto incorporar el conjunto de necesidades de
la población e identificar con estas las problemáticas y los criterios de
abordaje. Este paradigma se apoya en la educación integral por medio de las vías
habituales de socialización y desarrolla metodologías dialógicas, como por
ejemplo la discusión grupal (Romaní, 2008).
En este
paradigma, se prioriza el conjunto de esfuerzos que una comunidad realiza para
reducir, de modo razonable, la probabilidad de que emerjan problemáticas
relacionadas con los consumos de drogas, sin caer en el planteo dicotómico
«bueno-malo», «drogas no-drogas sí», como difunde el prohibicionismo (Romaní,
2008). Se trata de asumir un posicionamiento más realista, reconociendo que drogas han existido siempre en la humanidad, y que se debe
atender ya no solo a qué tipo de sustancia y uso en particular se hace de ella,
sino también qué sentidos activa y habilita para cierto grupo en determinado
tiempo y espacio, es decir, contextualizar ya no solo el objeto-sustancia, sino
complejizar las problemáticas que aparecen relacionadas al consumo de ciertas
sustancias. Por ello, de lo que se trata es de considerar las políticas de
reducción del daño como forma de trabajar en la disminución de problemáticas
vinculadas al consumo de cierto tipo de sustancias. Este paradigma consiste en
trabajar con la cultura y el conocimiento de grupos específicos, reconociendo
como vital la existencia de los saberes que cada persona ejerce o puede hacerlo
en su vida cotidiana, y a la vez la posibilidad de abordar la problemática a
partir de sus intereses.
El presente
trabajo parte del reconocimiento de la insuficiencia e injusticia provocadas
por el paradigma prohibicionista/abstencionista/represivo (Galante et al., 2009) no solo en cuanto al uso de sustancias
ilegalizadas y la persecución a usuarixs de drogas por tenencia para consumo
personal por parte de algunas políticas públicas, sino también al sentido común
hegemónico que se pronuncia de manera despectiva sobre usuarixs de ciertas
drogas, con una connotación negativa aplicada a esa última palabra.
Desconociendo u omitiendo así la problematización respecto a quién consume, qué
consume, cuánto, dónde y cuándo (Di Iorio, 2015), además de los sentidos otorgados,
en el marco de la estructura socio-política y las diversas dinámicas y niveles
que se ponen en juego.
En esta
sintonía, es válido interrogarse: ¿qué sentidos tiene el uso de ciertas
sustancias ilegalizadas, en el marco del capitalismo, del mercado y del consumo
en general en una sociedad mercantilizada? ¿Hay acaso una despolitización
generalizada respecto a la problemática en el tratamiento de la información (fogoneada además por los medios masivos de comunicación
hegemónicos)? Nótese que utilizamos el término «sustancias ilegalizadas», con
el fin de enfatizar la producción activa en ese proceso
ideológico-político-social de transformar ciertas sustancias en ilegales para,
además, comenzar a desnaturalizar la problemática.
A su vez, señalamos la
importancia de situar, por un lado, que no todo consumo de sustancias es
problemático y, por otro lado, que la problemática del uso o abuso de
sustancias debe ser (re)codificado como asunto de salud pública, sustrayéndolo
así del Modelo de Seguridad. Esta lucha lleva décadas en el mundo.
Una de las primeras
consideraciones a tener en cuenta es que el modelo de Reducción de Riesgos y
Daños (en adelante rryd),
que es replicado por el paradigma participativo, no se reduce necesariamente al
acto técnico en la cuestión drogas, sino que puede remitir a un prisma más
amplio y abarcador desde el cual pensar la reducción de riesgos y daños en
general, esto es, pensar las dinámicas estructurales de la sociedad, las
condiciones materiales de existencia y su relación con la salud. Es decir, es
necesario plantear el desafío de cómo reducir riesgos y daños frente a la
extrema pobreza, frente a la violencia estructural de la inequidad, frente a la
violencia clasista, a la opresión heteropatriarcal y racista, la exclusión, la
criminalización de la pobreza, la violencia y abuso policial, el extractivismo
y la destrucción de la naturaleza, la concentración de la riqueza, la
mercantilización de la vida y las relaciones desiguales de poder, ya que todas
estas son formas que conllevan, en distintos niveles, dolor, sufrimiento,
enfermedad y/o muerte, y lxs trabajadorxs de la salud no deberían permanecer
indiferentes. Todas estas cuestiones recién mencionadas afectan de manera
no-saludable a grupos y sujetos, debiendo destacar que lo no-saludable no
corresponde necesariamente a la enfermedad, ya que existen condiciones de vida
en las que los sujetos no están enfermos, pero se encuentran bajo condiciones
destructivas (Breilh, 2015).
Así, muchas veces lo
problemático del consumo de drogas no es el uso de sustancias, sino las
condiciones materiales y simbólicas en las que la gente vive, que puede o no
estar agravado por un consumo, debiendo considerar que no todo consumo es
problemático. El correlato de esto (acerca de las condiciones sociales) puede
ser hallado en que la discusión acerca de la importancia de respuestas
integrales en las problemáticas relacionadas al uso de ciertas sustancias y
específicamente las políticas prohibicionistas de drogas «ha[n] llevado a una
esfera oculta el debate por la transformación de las condiciones sociales»
(Goltzman y Di Iorio, en Goltzman y Amorin, 2013). Específicamente, en materia
de sustancias ilegalizadas, el modelo de Reducción de Riesgos y Daños emerge
hacia mediados de la década de 1980, cuando especialistas en drogas y gestores
políticos se hallaron en la necesidad de obviar los aspectos más restrictivos
de las leyes sobre drogas para poder solucionar algunas problemáticas reales,
sociosanitarias, especialmente cuando fue elevada una alarma alrededor de la
expansión del vih, y que llevó a propiciar
alternativas que fueron formuladas y luego finalmente llevadas a cabo en tanto
políticas de reducción de daños y riesgos (Romaní, 2008).
Se trata de
estrategias políticas que se desarrollan en el ámbito social, terapéutico y
sanitario dirigido a minimizar los efectos negativos vinculados con el consumo
de drogas, donde algunos de sus objetivos son: a) promover el desarrollo de una
política social y sanitaria con una red de asistencia para las personas con consumo
problemático de sustancias ajustada a sus demandas y necesidades, a la vez que
aumentar su posibilidad de acceso al sistema sociosanitario; b) ayudar en la aceptación de que el consumo
problemático puede consistir en una realidad que al menos provisoriamente no
dejará de existir, y propulsar un conjunto de ayudas sociales que aminoren la
marginalidad y la exclusión social (Romaní, 2008). Históricamente, por aquella
época, se trató de crear centros de encuentro y acogida, donde lxs usuarixs de
drogas podían acudir a diversos servicios como por ejemplo comer, lavarse y
conversar un rato, además de la creación de asociaciones de usuarios, comités
de apoyo de familiares, programas de testeo de sustancias en las fiestas,
programas de educación, comunicación e información sobre características de
ciertas drogas y sus condiciones de utilización (Romaní, 2008). Además, también
se trató del intercambio de jeringas; sin embargo, lo fundamental consistió en
considerar al usuario de drogas en tanto un ciudadano como los demás, sin
cuestionar su derecho a continuar consumiendo (Romaní, 2008).
Dicho todo esto, si bien
expresamos que el asunto del consumo de sustancias atañe a la salud y no a
seguridad/sistema penal, ello reside en una opción ideológico-política asumida
respecto a esta materia. Sin embargo, ¿qué sucedería si, desde una mirada
transdisciplinaria, involucramos también a la discusión el prisma de la
educación para continuar reflexionando?
Desde el paradigma
prohibicionista/abstencionista, se trabaja con la concepción de enfermedad,
donde incluso prima la perspectiva sobre lxs usuarixs de drogas en tanto
delincuentes-enfermos (Di Iorio, 2019), con la cura (abstención como principio
y horizonte), tomando como anclaje la biología, predominando el Modelo Médico
hegemónico (Menéndez, 2005; 2015) y especialmente trabaja desde la manera
prescriptiva de acercarse al otrx, donde el único saber que cuenta es el del/de
la especialista, otorgándole un papel pasivo al usuarix de drogas, sin
considerar su voz, su historia y sus decisiones.
En cambio, desde una
perspectiva crítica, y como aporte al paradigma participativo, planteamos que
puede ser interesante recuperar la noción de malestar, pues rompe con el par
dicotómico sano-enfermo o normal-patológico, ya que el malestar implica pensar
en otros términos. La noción de malestar es una categoría entre objetiva y
subjetiva (implica tomar la palabra de quien padece) y refiere a considerar
sensiblemente las condiciones de vida y su relación con el sufrimiento, a la
vez que su utilización, enunciación y operacionalización epistémica contribuye
a despatologizar la sociedad, ya que no todo malestar es patológico (Burin,
2010) y además no todo malestar es por enfermedad. De este modo, el malestar es
considerado en términos de conflicto, debiendo atender a los orígenes en los
procesos socio-políticos que imponen condiciones opresivas a determinados
grupos de sujetos. Además, tal como sostiene Zemelman (2005) estamos desafiados
a construir nuevas categorías, algunas como el sufrimiento, por ello, se trata
de ampliar la categoría salud y de realizar entonces el estudio de los procesos
de salud/sufrimiento/enfermedad/cuidado. En este sentido, cabe reflexionar
acerca de si lxs usuarixs de drogas manifiestan algún tipo de sufrimiento o no
en general, sufrimiento a la vez que puede estar relacionado o no al consumo
específico de cierta sustancia (legal o ilegal). En todo caso, se tratará de no
realizar generalizaciones, sino de atender a cada sujeto y a cada situación, en
contexto.
Retomando un
punto anterior, expresábamos que el paradigma
prescriptivo/prohibicionista/abstencionista se centra en el sujeto individual,
pero no toma en cuenta su voz y su historia (al menos no de manera crítica ni
profunda), porque el único saber válido es el del/de la especialista. Mientras
que para el paradigma participativo un aporte posible lo constituye la idea de
que «la persona que se venía a atender, con su experiencia, con su conocimiento
de vivir, construiría con nosotros su proyecto terapéutico. Era una ruptura del
dominio de un saber único sobre la vida del otro» (Merhy, 2016). Esta manera de
percibir y trabajar por un lado rompe fuertemente con el Modelo Médico
hegemónico (Menéndez, 2015) que solo considera el saber del especialista y, por
el otro lado, posibilita la articulación con el pensamiento-acción de Paulo
Freire, quien toma la historia y los saberes de la gente, es decir, la
apreciación de que el vivir produce un cierto conocimiento, legítimo y
necesario: «en mis relaciones político-pedagógicas con los grupos populares no
puedo de ninguna manera dejar de considerar su saber hecho a partir de la
experiencia» (Freire, 2015, p. 77). Además, el reconocimiento de los saberes de
los sujetos resulta fundamental para la concepción de sujeto desde el paradigma
participativo, concepción clave para reflexionar sobre la dimensión política de
la reducción de daños (Goltzman y Di Iorio, en Goltzman y Amorin, 2013).
A su vez, las metodologías
dialógicas con las que propone trabajar el paradigma participativo resuenan en
las prácticas de educación popular con las que Freire históricamente discutía y
ponía palabras y acciones a circular en rondas, rompiendo así con el modo
prescriptivo/unidireccional y asimétrico del modelo bancario en la educación.
También, es importante
reconocer que existe una fuerte tensión entre lo colectivo y lo individual en
la práctica de cuidado, «y los trabajadores de la salud, con el manejo que
tenemos del proceso relacional, nos podemos implicar de una manera muy fuerte
con la vida del otro, pero también podemos apartarnos y decirle al otro “este
es su problema, a mí no me interesa”» (Merhy, 2016). Es en este sentido que se
torna importante interpelar a lxs trabajadorxs de la salud, ya que en sus
prácticas se (re)actualiza una dimensión relacional del acto en salud, en el
sentido de que las intervenciones se realizan en una relación con el otro, y el
marco, el tono, los gestos, las palabras, la escucha (o no) y la disposición
pueden ser muy diferentes según los modos de intervenir. Se trata de reconocer
que en la tarea de cuidar lxs trabajadorxs de salud toman decisiones que
determinan la calidad de la atención que brindan. En este sentido, es
fundamental recuperar la idea de la dimensión subjetiva de la producción de la
salud, o bien la producción subjetiva del cuidado (Merhy y Franco, 2011).
De este modo, se
llama la atención acerca de que los cuidados en salud se producen en una
relación intersubjetiva, y para ello resulta fundamental construir vínculos
donde haya empatía, respeto, una mirada abierta, inclusiva, una disposición
atenta y una sensibilidad viva para con el semejante, donde se produzca un
vínculo de acogimiento, debiendo para esto desmontar la mecanización, la
burocratización, la mercantilización, el productivismo, el acartonamiento y las
relaciones asimétricas propias todas ellas de una salud
tecnocrática/positivista/eficientista. Ello impacta en las formas de atención a
sujetos con consumo problemático, dependiendo del paradigma desde el cual se lo
efectúe. Se trata de considerar que cada trabajadorx pone en acción su
subjetividad, «su producción subjetiva en acto, que produce el cuidado en salud
y, al mismo tiempo, produce al propio trabajador en tanto sujeto en el mundo»
(Merhy y Franco, 2011, p. 10). El trabajo en salud es un trabajo vivo, en el
sentido de que en la producción de salud intervienen atributos como la
libertad, la creación y la inventiva (Merhy y Franco, 2011). El trabajo vivo en
salud refiere a la importancia de reconocer «la posibilidad que tienen los trabajadores
de realizar su trabajo con un alto grado de libertad» (Merhy y Franco, 2011, p.
13). A su vez, el trabajo vivo refiere a que se trata de una relación de
acogimiento, a la potencialidad de creación de vínculos y de mayores grados de
autonomía en el modo de las personas de andar la vida (Zaldúa y Bottinelli,
2010). Justamente, pensamos que la clave está en el término portugués de acolhimento (Petuco, 2008), término que se sitúa entre el
abrigo, el acogimiento y el refugio, en tanto disposición de lxs trabajadorxs
desde el paradigma participativo, más allá de que lxs usuarixs no dejen de
consumir ciertas sustancias.
Por otro lado,
el Modelo Médico hegemónico (Menéndez, 2005; 2015) opera solo en la dimensión
técnica del saber, en donde se reduce el acto en salud a un momento mecánico,
operativo, burocrático, más allá de las buenas intenciones. Se puede realizar
aquí una equiparación con la dimensión técnica del saber para la educación bancaria (educación formal) (Freire, 1975) en la
cual opera un puro adiestramiento técnico y mecanicista (Freire, 2015).
Retomando, el
trabajo en salud es un trabajo siempre relacional, porque es en relación con
otrxs, y nuestra relación con lxs otrxs es la expresión de nuestra relación con
el mundo. Se trata de una relación fundamental, porque el encuentro entre
personas es el encuentro de los mundos, es el encuentro de la co-producción y
despliegue de «los posibles» —y no solo de «lo dado», de lo que ya es—, es el
encuentro de aperturas, de flujos, de diálogos e intercambios mucho más allá
del capital. Se trataría de ensanchar cualitativamente esa relación, de
ampliarla con valores como la libertad y la igualdad, de producirla y recrearla
como relación viva, debiendo cuidar esa relación para que no muera bajo la
normativización, la burocratización, la automatización mecánica, la
mercantilización y la rigidez del sistema capitalista de salud. En este
sentido, en relación a la atención mecánica de usuarixs, puede trazarse un
paralelismo con la educación mecánica que refería Freire (1975) respecto a la educación bancaria (educación formal), una educación que
solo enseña a memorizar y repetir rituales, conceptos y fechas como si fueran
cosas.
Además, en
cuanto a los procesos de salud/sufrimiento/enfermedad/cuidado, desde el paradigma
participativo en drogas se torna vital practicar un ejercicio del cuidado hacia
el/la otrx, debiendo escuchar su voz y su historia, que no se reducen al acto
de consumir solamente. De este modo, resulta sustancial resaltar que referirse
a la dimensión del cuidado posibilita extrapolarla y llevar la misma a la
esfera cotidiana de los sujetos, los grupos y sus relaciones interpersonales,
sin la necesidad de hablar del ámbito institucional de atención ni de lxs
trabajadores de salud. Tal como expresa Menéndez es importante «reconocer que
las explicaciones y las acciones sobre el proceso salud/enfermedad no solo
incluyen al personal de salud, sino también a los grupos sociales,
posibilitando la legitimación de una visión no profesionalizada» (2005, p. 10).
Así, el cuidado es mucho más amplio que la atención y es plausible extenderlo a
las relaciones interpersonales en las prácticas cotidianas de existir, a cómo
nos cuidamos y nos desprotegemos o dañamos intersubjetivamente en nuestras
esferas cotidianas. En este sentido, las relaciones horizontales de confianza,
de solidaridad, abrigo, acogimiento, refugio, afecto y respeto son también
relaciones de cuidado. Sin embargo, se trata de ejercitar la dimensión del
cuidado de unxs con otrxs, recíprocamente y de manera horizontal, debiendo
desnaturalizar y desarmar el mandato patriarcal que asigna el papel del cuidado
solo a las mujeres (Zaldúa y Bottinelli, 2010). Además, tener en cuenta y
practicar la dimensión del cuidado intersubjetivamente es un fuerte componente
en el modelo de rryd (Di
Iorio, 2015).
En este sentido, y
sosteniendo que los vínculos son una apuesta política, la propuesta en este
trabajo consiste en postular la necesidad de superar el caleidoscopio
individualista, salir de la retórica de uno mismo, es decir la vida
individualizada que es afirmada constantemente por el capitalismo, y
co-construir contrapedagogías participativo-dialógicas desde y hacia un prisma
relacional. Para ello, las prácticas y dinámicas de la educación popular
(Freire, 1975) son una posibilidad, ya que se centran en la relación y no en el
sujeto individual. La propuesta de Freire (1975; 2014; 2015) es claramente una
contrapedagogía, pues plantea la importancia de romper con la automatización y
domesticación de la educación formal o educación bancaria
(Freire, 1975). El trabajo de Freire apunta a trabajar en ronda, construyendo
horizontalidad entre los grupos oprimidos que han sido silenciados por la
cultura dominante, donde todxs tienen algo para decir si hay quien escuche.
Además, los ejercicios de problematización de la realidad en dinámicas de
educación popular del trabajo de Freire (1975) propician extrapolar dichos
ejercicios al modelo de rryd, para desarmar la naturalización, los
prejuicios, estereotipos y moralidades que atraviesan a los cuerpos pensantes.
Así, desde el modelo de rryd se ponen en juego prácticas pedagógicas
problematizadoras en un proceso participativo (Di Iorio, 2015).
Además, los procesos
dialógico-participativos trabajados por Freire posibilitan ser extrapolados a
las prácticas de rryd, para romper con el monólogo de especialistas
que prescriben lo que hay que hacer sin alojar a los sujetos involucrados,
propio del paradigma prescriptivo, en contraposición al modelo participativo
(Romaní, 2008). De este modo, construir el pasaje del paradigma prescriptivo
(Prohibicionista/abstencionista) hacia un paradigma participativo posibilita
resituar la problemática en las relaciones interpersonales, que son las que nos
constituyen como seres humanos complejos.
Actualmente, el
modelo de rryd está
orientado a la asistencia de un amplio abanico de problemáticas vinculadas con
los procesos de vulnerabilidad social a partir de la intervención comunitaria
(Galante et al., 2009). Así, vemos que las
problemáticas relacionadas al consumo de ciertas sustancias van mucho más allá
del sentido común hegemónico acerca de las drogas,
sentido común que parte de representaciones sociales dominantes y estereotipos.
A su vez,
apostar a los vínculos que se puedan ir co-construyendo aporta un componente
fundamental a la (re)creación de lazos sociales, centrales no solo frente a
problemas relacionados al uso de drogas, sino también frente a un sistema
destructivo como el capitalismo que insiste con el individualismo. En esta
sintonía, el modelo de rryd
también puede ser pensado como contrapedagogía, ya que plantea la importancia
de trabajar de un modo diferente (Goltzman, 2016), que es tal respecto al
instituido dominante (paradigma prohibicionista/abstencionista, en la que
impera el Modelo Médico hegemónico). El modelo de rryd es una contrapedagogía porque supone romper con el
sentido común hegemónico, con la mirada profesional-técnico-prohibicionista y
con la perspectiva unidisciplinar del Modelo Médico hegemónico (Menéndez, 2005;
2015), además de que implica desaprender y reaprender prácticas que se hallan
ancladas en la trama socio-comunitaria. Asimismo, el modelo de rryd plantea la
necesidad de trabajar desde la interdisciplina o la transdisciplina, «en una
posición más igualitaria, flexible y participativa en la toma de decisiones»
(Goltzman, 2016, p. 9). De este modo, el modelo de rryd apunta a superar la clásica separación entre
conocimiento científico y saber popular, detectando que la complejidad de la
problemática necesita de la integración de saberes de diversas disciplinas y de
los saberes y experiencias de lxs usuarixs de drogas (Galante et al., 2009).
|También, una
aproximación a la relación entre educación popular y el modelo de rryd es esbozada en el
texto de Galante et al. (2009), al
mismo tiempo en el de Dênis Petuco, y en el de Roxana Fernández (Goltzman,
2016), para quien la construcción de vínculos es fundamental.
Palabras
finales
En el presente trabajo se
trató de esbozar y dejar asentado, de manera breve, una articulación posible
entre el paradigma participativo, el modelo de rryd y las prácticas de educación popular en tanto
contrapedagogías. A su vez, se mencionó la hipótesis que sostiene que el
paradigma prescriptivo/prohibicionista/abstencionista trabaja con el individuo
como centro, mientras se situó que el modelo de rryd (y las prácticas de educación popular) se enfoca en la
relación, en la trama intersubjetiva. Construir este pasaje del individuo hacia
la relación implica ejercitar una pequeña revolución epistémico-política, pues
el mundo capitalista está pensado para y desde el individuo.
En esta
producción escrita se desplegaron algunas discusiones y reflexiones sobre la
dimensión del cuidado, la cual resulta fundamental para incluir en los debates
desde el campo de la salud, pero también de la educación, desde una trama
transdisciplinaria, ya que el cuidado puede estar ya sea explícita o
implícitamente operando tanto en el paradigma prescriptivo como en el paradigma
participativo, pero desde modelos de comprensión diferentes. Cuidar al sujeto
que consume es concebirlo como sujeto de derechos y en igualdad de condiciones,
con una voz e historia propias que deben ser alojadas y, en caso que así se
pretenda, sean problematizadas no solo por otrxs sino por el sujeto en tanto
ser activo en el mundo.
También, se trabajó de
manera sucinta la cuestión de la producción del cuidado en las prácticas
cotidianas de existir, más allá de la esfera institucional y profesional,
resituando así la responsabilidad en los vínculos que co-construimos y
sostenemos durante el curso de la vida. Además, en este trabajo se intentó
construir una respuesta al interrogante de cómo propiciar una contrapedagogía,
a saber, las prácticas desde el paradigma participativo, el modelo de Reducción
de Riesgos y Daños en particular y las prácticas de educación popular son una
manera de ejercitar contrapedagogías, además de la importancia de seguir
apostando a las relaciones intersubjetivas.
En otro orden de ideas, se
abordó cómo la reducción de riesgos y daños puede ser pensada en términos
generales, planteando el desafío de cómo reducir daños ante la violencia
estructural de la inequidad, la violencia y abuso policial, la opresión
heteropatriarcal y racista (entre otros mencionados). Por último, se postuló la
idea de recuperar el concepto de malestar/sufrimiento, que rompe con la clásica
dicotomía salud-enfermedad.
Por último, la
dimensión de la conciencia —sobre las drogas, por ejemplo— podría ser abordada
en un trabajo posterior, en relación a los procesos de concientización
que Freire (1985) ligaba a proyectos críticos desde la educación popular y
desde una dimensión colectiva, relacional. Retomando el modo crítico de
comprender al cuidado, se trata de abordarlo en tanto las acciones que abarcan
lo que hacemos para mantener, continuar y reparar el mundo en el que vivimos de
la mejor manera posible. Estas actividades deben envolver nuestro ser, nuestro
cuerpo y nuestro medio ambiente.
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